Rumores

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EFEYL 2009

Las montañas de Arkásh


El viento invernal golpeaba con fuerza las ventanas del estudio del venerable Obispo de Belmosia. Éste, reclinado sobre su mesa, repasaba los pergaminos que con temblorosa mano había ido redactando a lo largo de los últimos años. Durante mucho tiempo el horror había pasado factura en la antaño fuerte voluntad del Obispo, impidiéndole recordar todo aquello que había acaecido en el penoso viaje a través de las devastadas tierras de Kendoria y el, más si cabe, terrorífico paso a través de las montañas de Arkásh, cruzando la frontera.

Los nudosos dedos pasaban lentamente sobre la lista de aquellos que fueron quedando en el camino, y el cansado Obispo se estremecía recordándolos; venidos de muchos pueblos... desplazados por la guerra... La Marca de Belmosia, en el extremo suroeste del reino, se convirtió en un forzoso punto de peregrinaje para todos aquellos que huían del horror de la contienda.

Los rumores procedentes de la antaño próspera ciudad de Mecia y las últimas noticias de su abandono, acrecentaban la angustia de la temerosa población. Los frentes avanzaban inexorablemente y ya no quedaban lugares donde huir en toda Kendoria. El paso por la frontera, tan cercana, se tornaba cada vez más una obligación que una posibilidad. Sólo las yermas tierras de Atildra podrían librar a los desplazados de un terrible final. Los capaces serían reclutados para los ejércitos enfrentados, o bien caerían bajo las espadas de los desertores, o quizás serían bandidos como los que la guerra hacía brotar por todos los rincones del reino.

El Obispo de Belmosia se frotó lentamente los ojos para tratar de borrar de su cabeza aquellos rostros de ojos hundidos, enfermos y en muchas ocasiones vacíos de vida alguna. Nunca se arrepintió de acompañar al pueblo que le necesitaba, pero no hay día que no se pregunte si mereció la pena abandonar sus hogares y sus lealtades. Pero aquellas montañas, recortadas contra el cielo, aquellas que los separan de sus viejos hogares, aún hacen rechinar los dientes a los supervivientes del viaje. Cada uno de ellos sabe que son muchos los huesos que blanquean sus ocultos pasos y traicioneros claros de sus densos bosques.

La entrada del leal caballero al servicio del Marqués Garon sacó de sus pensamientos al cansado Obispo.

-Su Ilustrísima, el señor Marqués os espera.

Irguiéndose ligeramente, miró a los ojos del valeroso guerrero en los que no observó sentimiento alguno.

-Si... Decidle al Marqués que estaré con él enseguida.

Inmediatamente, el caballero se marchó dejando tras de sí el frío que bajaba de las montañas. Y el Obispo se dispuso a terminar por fin las crónicas del exilio que marcó por siempre las vidas de sus feligreses.

"... Y fue entonces, tras el encuentro con los cazadores de la frontera, que llegó a nosotros la noticia. Los puestos fronterizos al Este se encontraban abandonados por sus guarniciones, que habían sido desplazadas hacia el interior, sin duda a morir por su Rey, quien quiera que fuera. Morirían por sus lealtades como otros tantos.

Mas aquello, que nos pareció un signo de buena fortuna tras tantos días de magro destino, no sería sino el comienzo del terror. Un cazador nos prestó sus servicios, tras vencer sus notables reticencias a mostrar un paso por donde abandonar Kendoria. Muchos eran sus argumentos y excusas, pues por todos era conocido que aquellas montañas eran pocos los insensatos que se atrevían a atravesarlas. ¡Ah! cuánto mal hicimos al ignorar el saber popular y las viejas leyendas que de aquellos oscuros parajes habían surgido. Arkásh... un nombre que se pronunciaba cuando aún Kendoria no había conquistado esas tierras a sus ya extintos moradores, un nombre que provoca un escalofrío.

Tras tres jornadas de difícil avance por bosques vírgenes, comenzaron las desapariciones. Primero fue el viejo Maredin, que tenía por costumbre poner trampas por los alrededores del campamento para, antes de partir, recoger posibles presas en la mañana..."

El Obispo detuvo su lectura recordando al viejo Maredin y su familia que se perdió por completo en aquellas montañas en su busca. Ni tan siquiera el joven Nider, el más pequeño de la familia, les sobrevivió. De él sólo se encontraron jirones de su ropa esparcida y ensangrentada.

Prosiguió entonces la lectura de la crónica, saltando algunos párrafos que relataban el horrible descubrimientos de partes de cuerpos y de inequívocas señales que tan solo una terrible muerte podría dejar.

"...Los hombre iracundos y aterrados pensaban que Kendoria no permitiría que el pueblo se marchara sin pagar un terrible tributo. Se hablaba de mercenarios contratados para acabar con todos aquellos que se atrevieran a abandonar el dominio de su Majestad y traicionar su lealtad. Algunos, aquellos cuyo origen los había situado en terrenos más agrestres de Kendoria, afirmaban que algunas heridas parecían causadas por un oso de gran tamaño, el más grande que hubieran visto nunca. Pero ninguna huella fue hallada, ningún rastro más que despojos, la sangre y los inhumanos ojos petrificados que se encontraron en los rostros de aquellos que tuvieron la suerte de no perder la cabeza... Esos ojos vacíos, en cuyo fondo podía intuirse el horror más primigenio. Sólo el miedo podía dejar tal sello. Las gentes decidieron dividirse en dos grupos esperando así despistar al desconocido enemigo, humano o no..."

Las lágrimas acudieron a los ojos del Obispo. Lagrimas rápidamente atrapadas por las profundas arrugas que surcaban su rostro. Pero retomó con decisión su lectura para acabar con aquel pesado trabajo con que él mismo había decidido cargar, como una losa de frío granito.

"... Al amanecer ambos grupos se separaron deseándose las mejores de las suertes, mi bendición y la del Señor de los Cuatro Puntos Cardinales y armas dispuestas para cualquier encuentro. Desde nuestra llegada a Atildra nada más se ha sabido de aquellos que marcharon siguiendo otra senda hacia el sur. Ruego a Dios que los proteja con su luz..."

Sin pensarlo, como la costumbre adquirida por los años de la repetición hasta la saciedad, el buen Obispo miró hacia el techo como esperando alguna señal.

"... y así fue como esa mañana, tres jornadas tras dejar la encrucijada y a los otros, pude ver el horror que nos seguía. No digo bien al decir ver, ya que mis ojos tan sólo captaron sus efectos, sus terribles efectos. Aquella presencia invisible que descuartizó a Edelgas, el más fornido de los hombres que iba abriendo camino. Pude ver cómo su rostro se congeló en un momento que me pareció una eternidad. Pude ver en su rostro aquellos ojos, los de aquel que sabe que la muerte o algo peor le está mirando. En sólo un momento, su cuerpo se elevó, se levantó por los aires, como empujado por un viento imperceptible. Edelgas sólo podía gritar horrorizado, pues parecía aprisionado. Algunos hombres y yo mirábamos congelados tal portento, estremecidos ante aquel horror si forma.

Sólo tuve fuerzas para tapar mis oídos ante el rugido agudo e inhumano que brotó de la garganta de aquel pobre desgraciado. Un terrible crujido terminó al instante con su voz y con su vida. Como una rama seca se rompió su espalda. Su rostro amoratado y camisa se tiñeron de rastros de sangre, y trozos de hueso asomaban por todas partes astillados como cañas. Fue entonces cuando todos, como uno solo, huímos a sabiendas de que nada había que hacer, excepto sobrevivir a aquel horror..."

Nuevamente la puerta se abrió tras el Obispo, quien apenas sí podía continuar derrumbado sobre su asiento.

-Dejadlo para otro momento amigo mío. Aún debéis descansar.- Decía el Marqués, esperando dar así consuelo al Obispo.

-Ha pasado ya tiempo y todos nos hemos recuperado de las heridas. Ya hemos retomado nuestras fuerzas.- Respondió con voz grave y pausada, sin tan siquiera girarse para ver cómo el Marqués negaba lentamente. Con premura recogió los pergaminos esperando quizás otro día acabar la crónica que debía servir de recordatorio y de advertencia a todos aquello que estuvieran por llegar.

-No todas las heridas abiertas fueron hechas en nuestros cuerpos, buen Obispo. Vayamos a cenar y matemos este frío con ese licor de Atildra. No es un buen vino de Primion pero reconforta el alma.- Sentenció el Marqués.

El caballero y su Señor

-Una a la izquierda, luego dos a la derecha y... habrá que poner ballesteros en todas las azoteas. O un mago con buena puntería.-

El caballero dragón iba apuntando mentalmente todos los datos necesarios para realizar la misión que le habían encomendado: asegurar que el recorrido de la expedición hacia Atildra no hallaría inconvenientes a su salida de la capital del reino. Su imponente caballo se detenía antes de doblar cada recodo a una pequeña señal de las espuelas, y el caballero aprovechaba ese instante para repasar todo el recorrido hasta ese punto. Podría parecer una tarea banal, casi servil, pero al caballero le recordaba bastante a sus tiempos, no demasiado lejanos, de escudero, y a como solían hacerse las incursiones en tierras enemigas: planificándolas con absoluta minuciosidad táctica.

Apenas faltaban dos calles para llegar a la puerta de la muralla y por ende al final del recorrido, cuando se encontró con un obstáculo. En medio de la calle un carro había perdido una rueda y su contenido, varias tinajas de aceite, se había desparramado. El empedrado estaba impracticable y unos peones se afanaban en echar paja sobre el estropicio para permitir que pudieran quitar el carro averiado de en medio cuanto antes. Varios carros y carretas, además de curiosos y algún ladrón, rondaban por la escena, carcajeándose con el mismo sonido de las olas al estrellarse en la costa cada vez que alguno de los peones resbalaba sobre el aceite y caía al empedrado. Hacía mucho que no se oían risas en aquellas casas, por culpa de la guerra, y el sonido era realmente reconfortante.

El caballero hizo que su montura se acercara lentamente a la escena y se situó al lado de un mulero que vociferaba con voz ronca, animando a los peones que trataban de levantar el carro.

-¡Eso es, chicos! ¡Hincad bien los pies, haced fuerza, empujad... y no os cagueis!-

Todos alrededor se partían de risa al escuchar sus chanzas, y enseguida esperaban la respuesta de uno de los peones, el más alto y fornido de todos, un joven de buen aspecto con jubón y mallas rojas.

-No es mala la conseja, pero piensa que, con todo este estropicio, a tu compadre mulero quizás le vendría bien llenar el carro otra vez... aunque fuera con abono.-

La gente reía y parecía animada, y al caballero dragón le costó decidirse a intervenir para poner orden.

-¡Paso a la Real Orden del Dragón! Despejen la calzada o al menos echen una mano a esos peones.-

La multitud se dispersó, algo fastidiada por la presencia de la Ley, y allí quedaron sólo los muleros, los peones y el caballero. Á‰ste desmontó y dictó algunas órdenes a los peones, que le hicieron caso, pero no consiguieron moverel carro lo suficiente.

-Voy a atar el carro a mi caballo para tirar del carro. Vosotros mientras empujad.-

-¿Más?-dijo el joven de las chanzas-¡Casi preferiría estar en una batalla!-

El comentario ensombreció el semblante del caballero, pero sólo dijo:

-No hables de lo que no conoces, muchacho.-y acto seguido ató con una soga las cinchas de su corcel al maltrecho carro.-Ya está, ¡empujad con todas vuestras fuerzas!-

Los mozos no se hicieron de rogar y entre todos pudieron levantar el carro, pero empezó a ceder.

-¡Rápido, rápido, sostenedlo aquí!-gritó el joven, y con él los otros peones se esforzaban en hacer avanzar el armatoste. Y ya creían que se les echaba otra vez encima, esta vez ocn peligro de que alguno quedara atrapado debajo, cuando notaron que el carro se hacía más ligero por un momento. El joven miró a su izquierda y sonrió, sorprendido al ver que el caballero había desmontado y también empujaba con ellos mientras su caballo seguía tirando por el otro lado.

-¡Venga, chicos, la Real Orden del Dragón está con nosotros!-

Y con un soberano esfuerzo final, lograron sacar el carro de la calzada.

-Puff... creí que nos partiría por la mitad. Muchas gracias, sire.-

-No hay de qué. Es mi deber despejar estas calles para el desfile de la expedición a Atildra.-

-Ah, cierto, cierto. ¿Vos también partiréis en ella?-

-No. No he sido requerido para ese empeño.-

-Vaya, pues vuestra fuerza vendría muy bien, sire. Si trepais esos peñascos igual que levantais carros, ya podríamos dar Atildra por conquistada.-

-Su Excelencia el Condestable Liam no va a conquistar Atildra. No creo que quiera otra guerra para KEndoria.-

-Quizás no. Pero al pueblo le hace falta saber que sigue siendo un gran pueblo. Y hay que castigar a algunos criminales.-

-Vuelves a hablar de cosas que no conoces, muchacho. Es una mala costumbre.-

-Aún soy joven, sire. Pero aprenderé. En cuanto a nuestro Condestable... ¿qué opinión os merece?-

-No lo sé, no lo conozco, ni siquiera de vista. Pero la fama lo precede. Y parece que nuestro pueblo lo quiere. Eso es bueno: Su Majestad necesita nuevos héroes.-

-Sí, Galier necesita buenos hombres.-respondió el muchacho, y al ver el ceño fruncido de su interlocutor, probablemente por la familiaridad conque hablaba del rey, se apresuró a añadir:-Por eso me extraña que no cuente con vos. Es un insensato. Su Excelencia Liam, quiero decir...-

-Cuidado, hijo. Tienes la lengua muy larga.-repuso el caballero, echando la mano pausadamente a la empuñadura de su espada. Había algo en aquel mozo que lo inquietaba. No parecía asustado. Pero sin duda, se estaba pasando de la raya y sería mejor detenerlo ahora antes que tener que arrestarlo por lesa majestad.

-Venga, sire. Entre nosotros. ¿No os parece un poco... irresponsable, un tipo que, según los rumores, ha faltado a la ceremonia de nombramiento como Condestable esta misma mañana, irritando innecesariamente a nuestro buen canciller, Atkaláes?-

-¿Quién eres tú para juzgar los asuntos de Su Excelencia, patán?-exclamó el caballero, harto, e iba a sacar la espada, cuando se le ocurrió una posibilidad, descabellada, pero algo de lo que había dicho le rondaba la cabeza, esperando
tomar cuerpo.

-Pareces conocer muy bien al Condestable... ello me obliga a insistir, ¿cómo te llamas?-

-Oh, conozco muy bien a Su Excelencia. Es... como mirarse a un espejo.-

Todo sucedió tan rápido que al caballero apenas le dio tiempo a reaccionar. Lo primero, llegó un paje corriendo trayendo de una lavandería cercana una rica capa en la que aún se apreciaban manchas de aceite. Inmediatamente, a su espalda, el trote de unos caballos repicó sobre el empedrado, y entró en la calleja una impresionante Dama Dragón seguida de dos escuderos y otro caballo sin jinete, que se pararon junto al joven.

-Gracias, Percey. ¡Hola, hola! Tranquilos, no pasa nada. Sólo estaba hablando con este buen caballero, sir...-

-Vargas, Ex... Excelencia. Sir Vargas Cord, de la Real Orden del Dragón.-

-Sir Vargas Cord. ¿Qué te parece? Justo cuando necesitaba a alguien para sentirme tranquilo por ti, aparece este bravo caballero.-

La Dama Dragón no respondió nada, aunque parecía algo avergonzada. El muchacho subió al caballo vacío ayudado por su paje y concluyó:

-Creo que podéis consideraros requerido para esta misión, sire. Insisto en que el Condestable sería un botarate si no contara con vuestra espada. Ahora, si me disculpáis.-

Hincó las espuelas y seguido de la Dama y los Escuderos Dragón, se alejó al trote. Sir Vargas se quedó boquiabierto, sin poder dar crédito a lo que acaba de ocurrir, hasta que se echó a reír, cuando entendió que efectivamente, el único que podría saber que el Condestable no había aparecido esa mañana, siendo que ahora era mediodía y el palacio de la Cancillería estaba en el otro extremo de la ciudad, no podía ser otro que el propio Condestable.

-Conque éste es nuestro nuevo Condestable...-murmuró, y meneó la cabeza. La sonrisa se le había borrado y volvía a crecer la preocupación en su rostro, alentada por el recuerdo de las pasadas batallas y el dolor de Kendoria.

Podría ser un caballero de la Real Orden del Dragón, pero antes que eso era kendoriano, y pocos de los que así se llamaban a si mismos con orgullo podrían haber evitado el sentir cierta congoja al mirar al horizonte, hacia el Ocaso, hacia Atildra, y hacia los planes de Galier.


FIN

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