Rumores

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EFEYL 2005

Arde la Tierra (1ª parte)

Cadáveres¦

Los cuerpos de los muertos decoraban los alrededores de Heigar, como un grotesco mosaico. Las moscas y algunos depredadores mordisqueaban los cadáveres, y el hedor apestoso reinaba en el camino que había entre la inmensa cripta y el campamento del Clan del Viento Gélido. Los únicos sonidos que se podían distinguir era el retumbar de los cascos contra la Calzada Imperial.

De la inmensa y recién construida vía surgieron seis poderosos corceles con sus respectivos jinetes. Se podían distinguir las libreas de Adorien, del Fuego y la Espada, de los Templarios¦y liderándolos a todos, el poderoso emblema de la Orden del Dragón, bordado con lujoso hilo de oro, sobre el tabardo de Sir Saulk Blaugir.

El trebuquete imperial, intacto, sobresalía de entre los árboles, indicándoles la ruta a seguir. La pequeña comitiva se adentró, lentamente, en la espesura del bosque. La muerte reinaba en aquel desdichado lugar. Saulk sonreía ante el pesado trabajo que la Parca había realizado.

Atravesando el destrozado asentamiento, se adivinaba la estructura de la ominosa cripta de Ofheim. El Señor Dragón aún podía recordar cuantos espías habían entregado sus vidas para conseguir la información necesaria, guiados por diez años de estudio e investigación en la Biblioteca Subterránea de la Orden. Cuanta gente torturada, cuantas vidas desgarradas¦ Sir Saulk volvió a sonreír exultante. No cabía la menor duda, era un glorioso día.

Ante las puertas de la pequeña población, apenas dos siluetas quedaban en pie, después de la barbarie, y otra tercera yacía en el suelo, apoyada contra los bastos muros de piedra. Sobre unas rocas, una forma alargada envuelta en una sobrevesta dragón, y a su lado, un cráneo de dragón, de pequeño tamaño, con sus escamas azules, duras como el acero, cayendo por detrás.

Sir Saulk bajó de su montura, tranquilamente, y con paso firme, decidido, avanzó hacia Xione y la Reina Glaurg, quienes le esperaban con impaciencia. “œHabéis hecho bien- señaló el dragón, y lanzó una mirada inquisitiva al pobre desdichado que descansaba en el suelo. Podría decirse que eran hermanos gemelos. Ante este gesto, la joven enviada del señor de la batalla dijo “ œNo esta muerto, mi señor. Aun os servirá fielmente. “

Satisfecho, se dirigió ahora a la chamanesa orca. Permanecía erguida junto a una lanza que parecía un árbol con forma de arma, sonreía mostrando sus afilados colmillos inferiores. Sobre sus garras, llevaba entre jirones de piel, arrancados de las vestimentas de sus enemigos, las míticas Tablas, negras como el ónice, rezumando poder de sus inefables runas. “ œVaya “ dijo con cierta sorna “ œParece que nuestra querida aliada se lleva varios presentes “ la orca respondió a esta frase acariciando las Tablas, ebria de poder. “ œHas cumplido tu palabra, pielverde; estas tierras son ahora tuyas “ Las palabras de Saulk eran firmes y poderosas “ œAhora, permitiré que presenciéis el momento de mi gloria y como la tierra se volverá negra como la oscuridad de un insondable pozo¦ ¡¡Apartaos!! “ Y todos se separaron de él, expectantes¦

Saulk se acercó a los objetos dispuestos ante sí. Habían sido fabricados con los huesos de antiguos dragones azules, y no se podían catalogar de mágicos. Eran artefactos de poder arcano, objetos de leyenda. El Señor Dragón acarició el cráneo, desgastado por el tiempo, pero ni mucho menos débil. Pudo sentir su tacto, tallado para ser utilizado como yelmo, cuando lo alzaba para colocárselo en la cabeza. Su increíble manufactura lo convertía en un objeto excepcional.

Pero lo que realmente deseaba era la espada¦había esperado tanto tiempo¦ ¿cómo se manifestaría el poder que en ella latía? Saulk no podía esperar. Sin hacer movimientos bruscos, agarró la Espada de Hueso de Dragón suave, pero firmemente, acomodándose a aquel fantástico objeto. Por un instante, pudo sentir el hormigueo de la magia canalizándose suavemente al interior de su cuerpo¦

Pero sólo fue un momento, seguido de un atronador alarido.

De inmediato, la espada se ató sobre su mano, y el casco comenzó a aplastarle la cabeza. Sir Saulk, por primera vez desde hacia mucho, mucho tiempo, sentía miedo. Las convulsiones y espasmos que sufrió eran brutales, y se oía el chasquear de sus huesos al romperse sin piedad. Su piel, dura y firme, recubierta de cicatrices, comenzó a cuartearse y desprenderse de su cuerpo. En un momento, Saulk se había convertido en un baño de sangre y alaridos.

Arde la Tierra (2ª parte)

El administrador imperial se encontraba en su tienda acompañado por el mensajero que tuvo la desdicha de traerle el último mensaje.

- ¿Qué quiere decir esto? - Preguntó el Administrador.

- Pe... Pe, ¿perdón señor? - Balbuceó el mensajero.

- He dicho que qué demonios quiere decir esto - Dijo agitando la carta ante su rostro.

- Lord Malibor, señor... Ha, ha muerto... Lo siento, él... Á‰l murió defendiendo la gloria del Orbe, señor...

- ¡Eso ya lo sé! ¡¿Acaso has dudado de Lord Malibor un sólo segundo de tu vida?! Lo que quiero saber, soldado, es porqué Malibor estaba en Kestla, por qué un maldito embajador kendoriano tenía como escolta a nada menos que Saulk Blaugir. ¿Sabes quién es? Por supuesto que no, ¿como vas a saberlo? Es demasiado para ese simple embajador. ¡Y ahora esto! - Lord Ternes de Kralion agitó la carta de nuevo. - ¡Traición! Ese Dragón, ese Saulk, se ha vendido a los Ofheim, a los Orcos, ¿Qué será lo próximo?... Prepara tus cosas, mensajero, hoy no descansarás, a media noche partirás a Kestla. Lord Malibor será vengado.

El mensajero asintió y salió presto de la tienda en la que el Centurión Imperial tenía su centro de operaciones en la larga campaña en el norte del Imperio. Minutos después, Lord Ternes salió de la tienda con su espada en la mano, caminó durante algunos minutos hasta llegar al centro del campamento, al lugar donde todas las tiendas de sus hombres miraban.

- ¡¡Cuarta Hermandad, Quinta Hermandad!! - Voceó el Lord Imperial.

Dos minutos después ambas hermandades, unos 100 hombres, estaban formados ante el Centurión Imperial. Formaban una terrible visión, casi 100 hombres a las órdenes de uno de los más laureados hombres del Imperio. Un centenar de hombres que pensaban a la par por un claro objetivo, por la gloria de Zerika. No había sombra de duda en ninguno de sus rostros.

- Esta noche partiremos, no hay tiempo para más preparativos que vuestras provisiones y armamento, partiréis a Kestla, arrasaréis con todo lo que no sea imperial. Ya sea kendoriano, kalendoriano, orco o humano, no dejaréis más vida que la vuestra en ese maldito lugar.

¡Traeremos la cabeza de Saulk Bauglir en una bandeja de plata y recibirá las mayores glorias del Imperio. Acabad con los que se oponen al Imperio, no toméis rehenes, no mostréis duda ni piedad, no hay lugar para la traición a Zerika. Que arda la tierra que la traición ha profanado!

Sin decir más palabra el Administrador miró a sus tropas, alzó su espada y gritó: ¡¡Por Lord Malibor y por el Imperio!!

Sin más, partió a organizar los preparativos para la larga marcha que esa madrugada comenzaría.

Pero no era convencimiento, ni devoción ni seguridad lo que las tropas imperiales mostraban. Tenían miedo, Lord Ternes no ordenaría esta misión, Lord Ternes no destinaría dos hermandades a una región, según Malibor, casi desierta.

Á‰sta no era la antigua sutileza del Centurión Imperial, era su ira desatada en forma de violencia lo que había liberado la muerte de Lord Malibor. Varios de los oficiales imperiales pedían por que no quedase ejército ninguno en Kestla, pues estaban obligados a arrasarlos y aplastarlos sin piedad alguna.

Todos rogaban por ellos mismos...

Arde la Tierra (3ª parte)

¡Mog! ¡Arda la tierra! ¡Arda el Cielo! ¡Envía una lluvia de candente cieno!

Los cielos habían adquirido un tono carmesí desde que las tropas imperiales golpearan con toda su furia a la horda de la chamanesa pielverde. Ahora una lluvia de fuego ardiente y piedras incandescentes caían desde las alturas por voluntad de la Reina Glaurg, para abrasar a los soldados de su Majestad Imperial.

œFORMACIOOOOOÓN ” Rugía el Centurión Imperial y como el engranaje de una maquinaria perfecta la Quinta Hermandad clavó sus enormes escudos en el suelo enfangado para recibir la carga de una docena de frenéticos berserkers orcos.

Lord Ternes de Kralion casi podía sentir el abrasador calor que se cernía sobre su cabeza. Pronto serían sepultados por un mar de fuego candente, si no le ponía remedio de inmediato:

¡HECHICERO IMPERIAL! ¡ACABA CON TODO ESTO! ¡ELIMINA A LA BRUJA!
Un alto encapuchado, seguido de otros siete acólitos, se adelantó a la formación, flanqueado, además, por cuatro soldados acorazados. Con movimientos rápidos y preciosos agitó varios talismanes hacia el cielo y gritando como un poseso desencadenó su conjuro:

¡Invoco los poderes del Orbe Imperial, que la Emperatriz me conceda el poder para destruir tus conjuros vil criatura!” el hechicero imperial y sus acólitos giraban hacia el cielo sus brazos de forma frenética mientras elaboraban cabalísticos signos en el aire con sus bastones cubiertos de runas.

Hubo un pequeño resquebrajamiento en el mar de nubes y un hilo de luz solar se abrió paso entre la espesura, para iluminar a los conjuradores. Las nubes comenzaron a dispersarse y la lluvia candente se transformó en una inofensiva llovizna de cenizas que caía sobre los combatientes a toda velocidad.

No hubo ni un momento de respiro. Los berserkers se abrían paso partiendo los grandes escudos imperiales con su increíble fuerza, pero la voz del mago imperial se alzó de nuevo como un trueno:

¡Que ardan tus huestes, repugnante pielverde, este valle va a ser tu sepultura! ¡Orbe Imperial recurro a tus poderes una vez más, concédeme el poder para destruir a mis enemigos! ¡Ishá Shala Zeriká!

De las palmas enguantadas del hechicero de túnica purpúreo escarlata brotaron una decena de luminosas esferas de fuego que devoraban con incandescente furia todo lo que se interponía en su camino de destrucción. La chamanesa pielverde alzó su cadavérico báculo clamando una oración a sus deidades malditas. Las esferas impactaron contra la criatura con estruendosa cacofonía, dejando una senda de cenizas a su mortífero paso.

La humareda sanguinolenta se despejó y tres enormes cuerpos cayeron al suelo, carbonizados hasta los huesos, que asomaban chisporroteantes a través de la armadura fundida. La Reina Glaurg se alzaba triunfante y orgullosa de sus hijos, su guardia personal, los Escudos Orcos.

Que Gormanga rellene vuestra panza con los exquisitos manjares de su caldero mágico, que saciéis vuestra hambre infinita y luchéis hasta el fin de los días en el Salón de Acero de Mog¦ susurró a modo de oración la chamanesa, por las almas de sus guerreros caídos. De inmediato alzó la vista hacia los hechiceros y girando sus garras hacia el cielo rugió enfervorecida:

œYo soy la Reina Glaurg, patéticos humanos, suprema señora del Clan de los Colmillos Sangrientos, Gran Chamanesa de los Círculos de la Sangre, la tres veces bendita por los dioses de mi raza: Mog el del Puño de Bronce, Gormanga Estómago Infinito y la suprema Gubaramonga, la Diosa Madre. He venido a reclamar vuestras tierras y someter vuestros pusilánimes reinos. Someteos o mi garra soberana os aplastará como los frágiles insectos que sois.

Con un giro de su báculo las cuencas del podrido tótem brillaron con luz antinatural. La chamanesa abría y cerraba la boca como si estuviese pronunciando algún tipo de palabra secreta, pero sin llegar a emitirla. En apenas unos instantes el hechicero imperial quedó enmudecido, su cara era una mueca de sorpresa y los ojos casi se le salían de las órbitas al descubrirse incapaz de invocar sus poderes para destruir a la maligna criatura.

Tres docenas de goblins se abalanzaron sobre el mago y sus acólitos, acompañados por sus brujas insecto que, con voces chirriantes y agudas como el rechinar de una cuchilla de acero contra un cristal, convocaron sus poderes. Los guardaespaldas imperiales tuvieron que soltar sus armas, aquejados de terribles calambres nerviosos. No pudieron hacer nada cuando las herrumbrosas armas de las repugnantes criaturas acuchillaban las zonas desprotegidas de su armadura. El cuello y la vida del hechicero y sus seguidores fueron segados en un instante por los machetes de los pielesverdes. Tan sólo una oración gorgoteada quedó en el aire cuando fueron abatidos guardias y magos: œLoada sea la Emperatriz.

Tras este giro de acontecimientos, en pleno fragor del combate, la desventaja parecía clara, y la derrota inminente para Lord Ternes. Pero, los brutales monstruos no contaban con la sorpresa que el Centurión Imperial les tenía reservada. Las levas de Lotharia, hicieron su aparición, deslizando sus mantos mágicos a un lado y disparando proyectiles dorados en todas direcciones. Arqueros élficos, precisos y mortalmente certeros en combate.

Goblins, berserkers, y todo el que no esperaba el ataque, caía sin cesar como si la Muerte misma se hubiese presentado ante ellos para arrancarles el alma de cuajo. Los proyectiles atravesaban corazones, oídos y cuellos sin cesar. Algunos caían al suelo con apenas conciencia de por qué lo hacían, tan sólo unos segundos después lo descubrían: estaban muertos.

Un fuerte viento se alzaba furioso alrededor de la bruja pielverde y de sus secuaces más cercanos. Las flechas salían disparadas en todas direcciones en cuanto intentaban atravesar su escudo místico. Estaba claro que estaban perdiendo, la batalla se decantaba ante la superpotencia, ante el Imperio.

Y a pesar de ello, ¿por qué sonreía ese diablo? ¿Por qué se sentía tan jubilosa la chamanesa del pueblo orco? ¿Por qué, ahora, estallaba en carcajadas, como una demente? Una sombra se estaba proyectando sobre la cabeza del Centurión Imperial y la Cuarta Hermandad que lideraba. Una siniestra sombra, desde el cielo, recortada su silueta en la esfera mortecina del sol, que se había atrevido a asomar su ojo brillante entre las nubes carmesíes.

Fue entonces cuando se desató la masacre.

La criatura, tan grande como un troll batía las alas con furioso frenesí, y sus garras se arrojaban contra los arqueros elfos con mortal certeza. Una nube sanguinolenta cubrió los cuerpos de la Cuarta Hermandad antes de que el monstruo se encarara contra ellos. Los cuerpos cercenados de los elfos cayeron al suelo con un ruido sordo y sobrecogedor.

Lord Ternes de Kralion pudo reconocer a su enemigo en su mirada: fría, voraz y terriblemente humana. Por alguna extraña razón, sabía que era él el ser que estaba buscando. Que ese engendro de piel azul escamosa, garras como cuchillas, alas correosas y fauces óseas era el hombre que otrora fue llamado Sir Saulk Blaugir.

”¡¡POR ZERIKAAAAA!!” rugió el general, y todos a una erizaron sus largas picas para cargar contra el engendro que rugía delante de ellos como una bestia demente.

Pero pronto romperían sus filas, a pesar de la determinación y la fe en su Emperatriz. La bestia rugió y abrió sus fauces, y muchas picas se carbonizaron al instante, al igual que muchos de sus portadores, tras la bocanada de cruel fuego que salió disparada de su boca. Como un relámpago, el monstruo batió las alas y cargó con una velocidad inhumana, abriendo armaduras y entrañas de soldados, como mantequilla cortada por acero al rojo.

”¡¡REPLEGAOS!! ¡¡RETOMAD POSICIONES!! ¡AL BOSQUE! ¡AL BOSQUEEE! gritaba Lord Ternes desesperanzado, e incrédulo; nada se oponía al Imperio, y esta batalla se estaba convirtiendo en un completo desastre.

Ugar entrecerró los ojos para dilucidar lo que estaba ocurriendo entre el frondoso entramado de árboles, a los pies del bosque de Heigar. La niebla de batalla comenzaba a despejarse, en parte, por el cese de los combates y, en parte, por los fuertes vientos que se alzaban furiosos del interior al exterior del bosque, como una bestia que intentara tomar aire, asfixiada por la presa de un depredador. Las pequeñas cuentas rojas que formaban los ojos del Cazador Cortacabezas miraron a su señora con devoción y respeto.

Niebla alzarse, y Ugar no comprender por qué Reina Glaurg no permitir que hueste perseguir humanos y aplastar sus cráneos.

La Gran Chamanesa no dirigió una sola mirada al campeón de la tribu del Clan Colmillo Sangriento.

El Wendigo dará buena cuenta de ellos ” se limitó a murmurar.

Ugar entrecerró los ojos, poco conforme con la respuesta de su señora y volvió a hablar:

Eso es, mi Reina. Guerreros querer acabar con humanos. Wendigo llevarse toda diversión; a Ugar no gustar ver hueste descontenta.

La chisporroteante mirada de Glaurg no se hizo esperar para traspasar al guerrero, mientras éste, comprendiendo su error, retrocedía intimidado ante la furia de la sacerdotisa de los tres Dioses Oscuros.

No seas estúpido, Ugar Rompecráneos, y no te atrevas a creer lo mismo de mi. ¡Tengo mis razones! Ése es territorio del Wendigo. Una vez creí poder dominarle, cuando apenas había sido invocado; pero se me fue de las manos ¡lo admito! Si tus guerreros entraran ahí dentro no cuentes con volver a verlos jamás. El Wendigo reclama la vida de todo aquel que se acerque a su guarida: humano, animal u orco. No quiero más discusiones.

Ugar asintió con un gruñido.

Unos segundos después, la monstruosa criatura que diezmó las huestes del Centurión Imperial descendió de los cielos con mefítica solemnidad, agitando sus alas pausadamente, mientras sus súbditos se arrodillaban al unísono ante su presencia. Sólo la Reina Glaurg y algunos de sus lugartenientes permanecieron en pie esperando las palabras del nuevo Señor de la Oscuridad.

VEO UNA TIERRA, NEGRA COMO EL CORAZÓN DE UN DEMONIO. AQUÍ Y ALLÁ SE ALZARÁN TORRES DE PUNTIAGUDAS CÚSPIDES, GOBERNADAS POR LOS LUGARTENIENTES DE MIS HUESTES. HOY, TIERRA NEGRA SE ALZA TRIUNFANTE, Y NO DETENDRÁ SU PASO CONQUISTADOR ANTE TODO AQUEL QUE OSE OPONERSE A MIS DESIGNIOS. ¡¡QUE ARDA LA TIERRA!! Y CON ELLA ARDAN TODOS LOS INSENSATOS QUE ALCEN SUS ESPADAS EN NUESTRA CONTRA. ¡¡¡HA LLEGADO LA HORA DE QUE CUMPLÁIS LA MISIÓN QUE SE OS HA ENCOMENDADO, HA LLEGADO LA HORA DEL APOCALIPSIS!!!

Canciones en la Espesura

La tarde caía y el sol aún se mantenía en lo alto sobre una fría primavera. En la plaza de un pueblo, los aldeanos hacían una pausa en sus quehaceres diarios para llevarse algo a la boca. Poco antes, a las puertas del poblado había llegado una pequeña figura que ahora parecía buscar por el suelo migas de pan o algún insecto que pudiera servirle de alimento. Su estatura era la de un niño pequeño, y caminaba encorvado y renqueante, como si hubiera recibido muchas palizas. Estaba cubierto por una capa apagada, mugrienta, e iba embozado de tal forma que apenas dejaba ver sus ojos oscuros. Parecía haberse rebozado en un barrizal, probablemente no por gusto. Colgadaoa su espalda llevaba un tosco instrumento de extraña manufactura, lleno de abollones y con una única cuerda.

Tímido, se acercó con la mano extendida a un hombre que devoraba una manzana sentado junto a una fuente.

-Vete a pedir a otro lado canijo, y no molestes a quienes trabajan para ganarse la comida“ El hombre siguió comiendo, observando su propio reflejo en el agua de la fuente.

Se dio la vuelta, y contempló de arriba abajo a la pequeña figura, que permanecía inmóvil, reflejando tristeza en su mirada“. ¿Que pasa, eres sordo? “No obtuvo respuesta.

El individuo se percató del extraño instrumento que colgaba tras el hombrecillo. Pensó durante unos segundos, y le dijo de sopetón, malhumorado: “Gánate la comida. ¿Para qué quieres ese instrumento si no? ¿Acaso eres un juglar? Si lo hicieras bien, quizás alguien se apiadara de ti.

La encorvada figura alzó la vista, y sus ojos brillaron de alegría. De un salto, se subió al borde de piedra de la fuente, y tocó la cuerda de su extraño instrumento. Al oír su estridente voz, el hombre se arrepintió de haberle instado a cantar. Se había hecho silencio en la plaza, y los pocos aldeanos que por allí vagaban, prestaban atención horrorizados.

Escuchad a este juglar que os canta en esta hora, la historia contaré de una bestia aterradora. Con sus fauces insaciables la carne devora, si os encontrarais con él huid sin demora.

En la oscuridad habita en una negra tierra, esa bestia maldita saciándose allí yerra. Para ablandarte te lanza fuerte por los aires, y una vez machacado te devora las carnes.
En la oscuridad de los bosques nunca te adentres, no sea que el Wendigo contigo llenara el vientre.

Jamás lo podrían imaginar vuestras mentes, ataca sin avisar, ataca de repente.

Al Wendigo nada detiene.
Tened cuidado,
Que con miedo no os envenene,
Huid de su lado.

Que viene... que viene...

Al acabar la canción, el juglar se encontraba solo en la plaza. Las caras de horror por la desafinada voz, pronto fueron minucias y se habían convertido en expresiones de auténtico pavor. Mientras cantaba, todo el mundo se había refugiado en sus casas. Aquellos que jamás habían oído ese nombre se estremecieron, y el resto confiaban en que jamás volverían a oír hablar de esa criatura maldita. El juglar miró a su alrededor desanimado, y en la desolada plaza solo encontró una manzana mordisqueada, que había sido abandonada. La cogió, y retomó su camino a ninguna parte.

Antes de salir del pueblo, escupió en el suelo y blasfemó... la manzana estaba podrida.

FIN

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