Rumores de EFEYL
Volver a El Mundo Efeyl
EFEYL 2004

Ungerick y Krestanilah

Los apresurados pasos del hombre resonaban en el pasillo de uno de los palacios más imponentes de la ciudad de hielo de Krestanilah. Los pocos sirvientes que se cruzó a esa hora tuvieron buen cuidado de apartarse del camino del corpulento hombre. Tras cruzar un umbral detuvo su acelerado camino postrándose en el suelo.

“Señor, nuestro centinela ha vuelto. Los hombres de Ungerick se han puesto en marcha. Centenares de sus trineos descienden ya por el glaciar. Estarán aquí en pocos días.”
Una poderosa voz le contesto desde detrás de un hermoso escritorio de recia madera de Kental.

“Traed al centinela ante mí de inmediato.”

El hombre, temeroso, tragó saliva antes de responder.

“No será posible, mi Señor. Murió extenuado poco despues de informar. No halló otra forma de avisar a tiempo que hacer todo el camino sin detenerse.”

Un silencio incómodo inundó la sala.

“Si me permitís opinar, mi Señor, no creo que Ungerick pueda mantener el ritmo que nos indicó el centinela. Nadie en sus cabales llevaría trineos de tropa por el glaciar a esa velocidad. Es una locura.”

“¡Imbécil!” - Trono el hombre detrás del escritorio - “ Los hombres de Ungerick no conocen el miedo. Los Guardias Boreales no vacilan. Si la mitad de ellos han de morir en ese traicionero glaciar para llegar con la premura que aquel que consideran su líder decida, lo harán sin dudarlo. ¡Retírate de mi vista!”

El hombre retrocedió y salió de la sala sin añadir nada más. Su pasó resultaba mucho menos firme y decidido ahora. Detrás del escritorio el hombre hablaba para sí mismo. 
“¿Crees que puedes llegar y tomarlo todo Ungerick? No pienso permitirlo. No. ¡No nos arrebatarás lo que es nuestro!”

Los criados se sobresaltaron por un fuerte crujido. Aquella noche el sólido escritorio fue reutilizado como leña.
 
Cuestión de lealtad
La puerta cedió. Miles de astillas se desperdigaron por la sala. La cabeza de carnero metálica resonó con estruendo cuando los hombres la soltaron. Rápidamente la marabunta humana invadió la estancia. El hedor del combate, la sangre y el acero llegó al corazón de la torre.

“¡¡Guardias!!”- El barón se refugiaba tras sus hombres en el amplio salón. Lo único del castillo que aún no era controlado por los atacantes. Sin embargo, sus palabras no bastaban. La superioridad numérica de los atacantes era abrumadora. En unos segundos, todo alrededor del noble eran cadáveres moribundos y espadas enfilándole. El barón sostenía su espada en la mano. A pesar de ser de una baronía sencilla y alejada de fronteras. A pesar de sus años y su aspecto endeble, la firmeza con la que sujetaba el arma permitía apreciar que hace años había dirigido hombres al combate.

Uno de los profanadores se adelantó. Los demás se apartaron. No era muy alto, estaba herido y su armadura de mallas quedaba deslucida por el barro. De su cintura colgaba una cadena con un símbolo en su extremo. En la mano izquieda sostenía su espada. Se acercó al barón y alargando el símbolo dijo:

“Besad el símbolo. Jurad lealtad al rey, y no moriréis.”

El barón miraba encolerizado al caballero que tenía delante. Su furia se contenía a duras penas.

“Caballero de Anienna, ¿cómo osáis tratar de imponeros a un barón? ¿Cómo osáis desafiar la lealtad de vuestra espada a mi persona? ¿Con qué derecho levantáis al pueblo contra su señor?”

El caballero de Anienna se quitó el yelmo. Era un hombre de mediana edad, con el rostro curtido en decenas de combates y la mirada determinada del creyente en una causa justa. Suspiró. Su tono de voz comenzó suave pero se fue endureciendo:

“¿Cómo osáis vos ni tan siquiera increparme, barón? ¿Cómo os atrevéis a hablarme de lealtad? ¡El rey de Kendoria ha vuelto! ¡El legítimo señor de toda Kendoria ha vuelto! ¡Y vos no sois capaz de jurarle lealtad! Vuestro pueblo, señor, se ha levantado para jurar lealtad a su rey pasando por encima de sus ilegítimos gobernantes. Aquellos que a pesar de la vuelta del rey siguen fervorosamente los dictámenes del príncipe no son dignos gobernantes de estas tierras.”

Las manos se cerraron firmemente entorno a los aceros.

“Y ahora, señor, besad el símbolo y jurad lealtad... o yo mismo acabaré con vuestra vida.”

Y así fue como murió el barón a manos del caballero de Anienna. Murió rodeado de hombres fieles. Murió con el orgullo de los nobles y con las convicciones de su linaje: que el único verdadero gobernante válido es aquel al que juras lealtad en vida. Que el único verdadero gobernante es el Príncipe de Kendoria.

La toma de Athkar

Era el mismo jinete. El mismo jubón de mangas aterciopeladas. Las mismas calzas púrpuras. Cuando llegó al inicio del camino miró al suelo y lo encontró, cubierto de barro, derribado. Hace una semana había llegado él mismo con las noticias: por orden imperial, Athkar debía ser desalojado en una semana. A la entrada, entre las dos rocas que bordeaban el camino, clavó el estandarte, enhiesto y desafiante. El mismo estandarte que yacía ahora en el suelo.

Delante de él había un hombre de aspecto rudimentario. Las pieles unidas por toscos correajes cubrían su cuerpo. Tras él toda la ciudad esperaba expectante. El jinete desmontó, recogió la tela de púrpura y oro y volvió a montar. En ese momento estaba en la misma pose y con el mismo orgullo con los que llegó a la ciudad hace siete días. Pero ahora, el estandarte estaba embarrado. Miró hacia los bárbaros y dijo: “La ciudad de Athkar ha decidido. ¡Sea pues!”

Todos los thalesianos vieron como se alejaba la montura hasta los bosques. Algunos no sabían qué iba a pasar. Otros, lo tenían demasiado claro y no se alarmaron del grave tono que invitaba a la batalla. Era un sonido quedo que ganaba en profundidad conforme se propagaba por el claro. La nota fue la precursora del movimiento. Del lugar por el que había desaparecido el jinete aparecieron las tropas. Una línea perfectamente delimitada de oscuras armaduras. En la primera fila ondeaba su estandarte: un fénix dorado con un orbe sobre fondo púrpura. Bajo él, un pendón negro, con una torre negra sobre una luna impoluta: las levas del Dominio del Hechicero. 

Uno de los thalesianos dio un grito. Todos gritaron. 

Los thalesianos se dispersaron rápidamente por el claro formando una línea desigual. La marea negra seguía avanzando. Los bárbaros más veteranos se miraron y sonrieron. Hace dos años habían vencido un ejército similar. Las tropas que asolaron posteriormente Tir-Quanor huyeron de este mismo claro. Una nueva mirada para evaluar al enemigo. ¿Cuál era la diferencia? Ninguna. 

“¡Ragnar!” El grito desgarró la fría mañana. El grito desató la furia. El nombre de su dios, desató a las bestias. Los ofheim cargaron brutalmente. La línea oscura resistió el primer envite, pero los hachazos de los más fornidos derribaban a varios enemigos antes de que ni tan siquiera alguien pudiera devolver el golpe. Arriba y abajo, izquierda y derecha. Las armas thalesianas parecían imbuidas de vida propia. Los chamanes miraban con orgullo los dones de los ancestros que sus guerreros se habían ganado antes de la batalla. Lentamente, las pieles parduzcas empezaron a sobrepasar en número a las armaduras oxidadas y los huesos deslucidos. El frente imperial empezaba a hundirse en algunos puntos y un segundo envite thalesiano deshizo definitivamente el bloque imperial. Un gran grito desde la retaguardia de los no muertos hizo que todos ellos retrocedieran lentamente, manteniendo débilmente la posición, ofreciendo una frágil resistencia. Los bárbaros no cejaron en su empeño y siguieron ganando terreno. Ahora las pérdidas imperiales eran realmente considerables. Los thalesianos estaban enardecidos, y ni aún con el grito de retirada del capitán imperial dejaron de avanzar, perseguir y aniquilar a todos los que quedaban. La batalla estaba ganada. El bárbaro que había realizado el grito que marcó la carga levantó el brazo en mitad del claro y mirando en derredor se dispuso a dar el grito de la victoria. 

Un segundo cuerno de batalla sonó. Más agudo, más potente. La carga del flanco derecho fue salvaje y sólo se detuvo cuando no quedó flanco. Una horda de seres escamosos siseaban gritos ininteligibles. Sus flechas volaban en todas direcciones sin importar si impactaban contra no-muertos o contra bárbaros. Sus lanzas se incrustaban contra los thalesianos y rápidamente empuñaban sus armas cortas. Muchos años de entrenamiento, muchos años de instinto, muchos años siendo las fuerzas de choque del imperio. La falange draconiana disolvió el impulso bárbaro tan pronto como había empezado. Algunos respondieron al ataque, y otros fueron hacia el flanco izquierdo para reagruparse. Pero allí estaban los arqueros escoltados por la infantería de las Legiones Olvidadas. Legiones de reinos desaparecidos, religiones extinguidas o de milicias expulsadas. Todas marcialmente ordenadas con una sola directriz en la cabeza: cumplir los designios de la Emperatriz. Y sus designios hoy estaban teñidos de sangre.

Todos los bárbaros que quedaban se encontraban sitiados en el centro del claro. Sonó nuevamente el cuerno. Todo quedó quieto. El bárbaro que inició el grito de guerra miró en todas direcciones. Un flanco estaba controlado por draconianos, el otro por legionarios, al frente las levas del Hechicero y, en retaguardia, el camino hacia Athkar estaba cortado por un intraspasable muro de escudos. Tras el muro, empezaban a ascender las primeras columnas de humo. El ataque se había producido por dos frentes. El otro frente ofheim había caído. La estrategia imperial apareció clara: no-muertos para sacar a los thalesianos de su emplazamiento. El espejismo de la victoria contra sus enemigos no-muertos para hacerles olvidar la precaución. Y una vez que estuvieran expuestos, destruirles en terreno abierto. Había muchos estrategas imperiales curtidos en batallas, pero en el sur había un nombre para las misiones de castigo en terrenos complicados de estas características: Tyer Vorage.

Tyer Vorage apareció por la izquierda, sin orgullo ni aire triunfalista. Esto era solamente deber, esto era simplemente lo inevitable. Levantó la mano y los no-muertos se retiraron. La voz del laureado señor de la batalla se alzaba con firmeza.

“Todos los que no han combatido y han decidido huir, han huido. Mujeres, niños, hombres desarmados. Todos vosotros podéis huir también. Ya no sois bienvenidos. Id y anunciad en el norte que Athkar ya no existe. ¡Marchaos! Marchaos todos menos tú”. Vorage señaló al líder ofheim de la refriega. La infantería del flanco izquierdo hincó una rodilla en el suelo bajando los escudos. Tras ellos estaban los arqueros y una mortífera descarga de saetas acribilló al líder. Cuando algunos thalesianos se acercaron a socorrerle, una segunda descarga de aviso acabó no muy lejos de sus pies. El líder bárbaro cayó de rodillas ante la mirada impotente de sus compañeros, aferró fuertemente su hacha, miró Athkar por última vez y expiró.

Y así fue como Athkar fue tomada por el ejército imperial bajo las órdenes de Tyer Vorage tal y cómo se le había encomendado desde el Palacio de Consejeros Imperiales. Ahora, sólo quedaba esperar...

La Leyenda del Rey (1ª parte)

En una de las esquinas de la plaza de la aldea, entre dos carros vacíos y un gran montón de paja de los restos del pequeño mercado de los días pasados en que habían formado parte del alimento de algunas cabras, jugaban unos niños con espadas de madera y cubos como yelmo, que se les encajaban en la cabeza, tapándoles los ojos, cada vez que daban un salto.

La plaza estaba animada en la soleada mañana de invierno y podían oírse toda clase de sonidos de los sencillos edificios construidos alrededor del cruce de las dos calles que formaban el núcleo de la aldea. El herrero tenía las puertas de madera abiertas y golpeaba su martillo sobre el yunque en una cadencia rítmica. Clinggg, cling-cling. Clinggg, cling-cling.

Cerca de allí, el olor de la carne cocinada surgía de "El Cerdo Asado", una de las dos tabernas locales.

Un escudero estaba gritando a un joven paje por sus torpezas y descuidos con la montura de su señor. El impetuoso corcel de la discordia llevaba la librea del dragón rojo con las alas extendidas. La llegada de Sir Lunzet esa misma noche no había sido aún desperdigada entre los habitantes, aunque poco quedaba ya para que corriese de boca en boca.

El que sí se había percatado era el viejo Enalis, vestido con una raída túnica blanca, que había conocido mejores tiempos, y que llevaba en el pecho el distintivo del Gremio de Curanderos. Se preguntaba por qué un caballero del Príncipe estaba de camino al Norte en pleno invierno.

Ajenos a todo esto, los niños seguían jugando con sus espadas en la esquina de la plaza, brincando entre los carros. Uno de ellos recibió un golpe en el improvisado yelmo que le hizo caer al suelo. Mientras se encontraba postrado y a punto de ser rematado por otro niño mucho más grande, tomó un aro de metal del suelo y con un movimiento rápido se lo colocó en la cabeza a modo de corona y comenzó a gritar: ¡Alto, soy el Príncipe y debes obedecerme!

Los otros muchachos se detuvieron y callaron un momento ante el nuevo giro del juego. Un instante después, uno de los más jóvenes, con cara de astuto, tomó otro de los aros de los enganches del carro, se lo colocó, y alzando su espada de madera proclamó a viva voz: ¡Y yo soy el Rey de Kendoria que ha vuelto para matarte!

El silencio se apoderó de la plaza. El escudero se giró bruscamente para alivio del torpe paje que estaba conteniendo el aliento y hasta el herrero dejó de golpear con su pesado martillo en el interior de la herrería.

Continuará...

La Leyenda del Rey (2ª parte)

El anciano curandero cruzó la plaza a grandes pasos en dirección a los niños, tratando de no echarse a correr. Tomó en sus brazos al de la cara de astuto, agarró de la mano ferreamente al que llevaba el otro aro en la cabeza y agrupó apresuradamente a todos los demás hacia la protección de los carros, fuera de la vista de ojos interesados. Los niños estaban demasiado impresionados por lo que habían provocado como para resistirse.

Enalis esperó un momento con el alma en vilo hasta que se volvió a escuchar el clinggg, cling-cling. ¡Gracias a Dios! -- suspiró.

Los rostros de los niños presentaban toda una serie de emociones desde la interrogación hasta la más absoluta confusión. El viejo Enalis les devolvió una mirada comprensiva y soltó a los dos muchachos, sentándose en el mástil horizontal del carro para sujetar los yugos de los animales.

Os contaré una vieja historia -- comenzó con voz profunda y amable.

"Hace unos 200 años, el rey Aldrion de Kendoria se enfrentó con una horda de bárbaros thalesianos en las verdes praderas que hoy pertenecen al Sur de Thalesia. Los hombres de armas del rey lucharon valientemente contra el enemigo y se enfrentaron con orgullo y honor a los salvajes guerreros de Uktagar, el Oso Sangriento, un caudillo que había puesto a sus pies ejércitos enteros y había destruido pueblos y aldeas.

Los tambores resonaban y caían los hombres en la lucha. Pero allí estaba el rey Aldrion, con su espada Banaenn'a, una poderosa arma mágica con la que hacía retroceder a los enemigos y con ella, era el rey un adversario formidable, pues dicen que el poder de los reyes se ha perdido en Kendoria, pero algo queda en la línea de los príncipes, aunque no es lo mismo.

Y Dios había bendecido aquel brazo que blandía la espada y aquella corona que sobre su cabeza portaba. Pero Uktagar hizo su aparición, fortalecido por el poder de sus dioses paganos y con una gigantesca hacha con la que destrozaba a los hombres de tres en tres. Días duró la batalla, que acabó trasladándose a las montañas encantadas más al Sur. Y en lo más alto de la montaña, al borde del abismo luchaban Uktagar y el rey, y en cada golpe se podía oír el rugido de los truenos. 

Pero el rey Aldrion era demasiado fuerte para caer bajo el hacha de un thalesiano y en su furia despedía fulgor blanco divino, mientras que Uktagar brillaba con un apagado color azul marino a la luz de la tormenta. Se abalanzaron el uno sobre el otro con los ojos fieros y los puños aferrando sus armas. Del rey manaba sangre por sus numerosas heridas que hubieran causado la muerte de muchos hombres, pero sangre de reyes corría por sus venas y en un último esfuerzo atravesó el pecho de Uktagar con la espada Banaenn'a y le arrancó el corazón. Y dice la leyenda que el corazón era azul.

El cuerpo de Uktagar cayó por el abismo hasta el fondo del lago como una piedra enorme, quizás arrastrado por el peso de la espada. Una niebla densa cubrió las montañas encantadas y muchos se perdieron en ellas para no regresar jamás, pero dicen que el rey nunca se perdió, sino que descansa allí, curándose de sus heridas y que regresará en el momento de necesidad.

El rey Aldrion no tenía hijos, por lo que, al cabo de unos años, su primo, el Duque de Taidra después de unos cuantos "arreglos" en la familia y en la corte, encerró a la reina en un convento y tomó el trono. Pero la corona y la espada se habían perdido, y la Iglesia no reconocía al pariente como rey sin pruebas de la muerte de Aldrion, por lo que éste hizo crear una nueva corona y tomó el título de Príncipe de Kendoria y juró lealtad a Su Alteza, la Emperatriz Zerika, asumiendo las leyes imperiales como propias y permitiendo a otras religiones asentarse en el reino."

Cuando terminó la narración, el viejo Enalis parecía triste como quien ha vivido largo tiempo y conoce el sufrimiento muy de cerca.

¿Y es verdad que el rey ha vuelto? -- preguntó uno de los niños, que aún llevaba el aro de hierro en la cabeza.

Enalis se había levantado un poco y escudriñaba por encima del carro en dirección a "El Cerdo Asado". No vio a nadie allí y empezó a buscar en el resto de la plaza. A unos pasos de donde estaba él sentado se encontraba Sir Lunzet con un brillo extraño en los ojos y una expresión en el rostro que no le gustó nada. Eso no lo sé --respondió al niño.

Clinggg, cling-cling, clinggg, cling-cling. El martillo seguía resonando al entrechocar con el yunque del herrero, y el viejo Enalis se puso a tarear una antigua canción en voz queda:

Bajo dulces lágrimas
descansa el rey
y un largo sueño
duerme en verdad

Pero despertará
y con el corazón
tomará su espada
para destruir el mal

En el momento
de la necesidad.

Muerte en el Drina

AVISO: El presente relato tiene un contenido bastante macabro y puede herir la sensibilidad de alguien. El que siga leyendo, que lo haga bajo su propia responsabilidad. 


En la noche fría, una reunión de kendorianos tenía lugar. Eran cabecillas campesinos y guardias que se intentaban organizar para resistir la oleada real. Un viejo tuerto tomó la palabra.

“Tras la toma de la baronía, las tropas del rey aseguraron la comunicación de la zona con las otras baronías rebeladas contra el príncipe. Para ello el mayor obstáculo era el río Drina, en la montañosa zona al sureste de la capital. El mejor paso es mi aldea, Ertan. Allí fue enviado un brutal jefe de obras, el general Abidaga, para dirigir la construcción de un puente usándonos como esclavos. Algunos campesinos locales organizaron una resistencia encubierta, saboteando las obras tanto como podían. Finalmente fueron capturados. Su jefe fue torturado, y se decretó una ejecución que hiciese ejemplo en el pueblo...”

El relato del viejo era tan vívido que evocaba las imágenes en la mente de su auditorio:

Oye bien: si las cosas no se desarrollan como hace falta y me cubrís de ridículo ante todo el mundo, no aparezcáis ante mí ni tú ni esa basura de nómada. Os ahogaré en el Drina como perros. Después, volviéndose hacia el nómada, que tiritaba, Abidaga añadió con voz algo más dulce:

Aquí tienes seis ducados por tu trabajo, y tendrás seis más si permanece vivo hasta la noche. Y ahora ¡cuidado!

Los cuernos tocaron marcando la hora nona con voz aguda y clara. La inquietud se extendió entre las gentes allí reunidas y, poco después, la puerta de la cuadra se abrió. Diez soldados del rey formaron en dos filas de a cinco cada una. Entre ellos se encontraba Radis; rápido y encorvado, como siempre, avanzaba sin separar las piernas. Caminaba a pasitos, de una manera extraña, casi brincando sobre sus pies heridos en los que se veían agujeros sangrientos en lugar de las uñas; llevaba al hombro un poste blanco, largo y puntiagudo. Detrás de él iban Merdjan y los otros nómadas que le ayudarían en la ejecución de la sentencia. 

De pronto surgió, de no se sabe dónde, el Pleviak, el cual, a lomos de su caballo bayo, se puso en cabeza de aquel cortejo que tenía que recorrer cien pasos para alcanzar los primeros andamiajes. Todo el mundo estiraba el cuello y se ponía en puntillas para ver al hombre que había organizado el complot y la resistencia a favor del Príncipe, y que se había atrevido a sabotear las obras. Quedaron asombrados ante el aspecto miserable e insignificante de aquel hombre a quien habían imaginado completamente distinto. Desde luego ninguno de ellos sabía por qué iba dando saltitos de un modo tan cómico, ni por qué andaba con paso entrecortado; ni nadie veía bien las quemaduras causadas por las cadenas con que habían ceñido su cuerpo; ahora iba cubierto con su camisa y una raída capa. Por estas razones, les parecía aquellas gentes que era demasiado miserable e insignificante para haber llevado a cabo las hazañas que ahora le conducían al patíbulo. Solamente el largo poste blanco daba a la escena una grandeza siniestra y atraía hacia él las miradas.

Cuando llegaron al lugar donde se realizaban los trabajos de nivelación de la orilla, el Pleviak bajó de su caballo y, con gesto majestuoso y teatral entregó la brida a su criado, para desaparecer a continuación con los demás, por el camino cubierto de barro y escarpado que llevaba al agua. Poco después, las gentes pudieron verlos reaparecer, en el mismo orden, por los andamiajes y trepar lentamente y con precaución. En los pasajes estrechos, hechos de vigas y tablones, los guardianes rodeaban completamente y apretaban entre ellos a Radis para que no saltase al río. Así fueron avanzando despacio, sin dejar de subir cada vez más arriba, hasta que por fin llegaron al punto más elevado. Allí, se extendía por encima del agua un espacio entarimado, del tamaño de una habitación no muy grande. Sobre aquel espacio se situaron, como en un escenario alzado, Radis, el Plevliak y los tres nómadas, mientras que los otros soldados permanecían dispersos por los andamiajes. En la llanura, la gente se movía y cambiaba de sitio. No más de cien pasos la separaba del lugar donde se realizaban los preparativos para la ejecución, podían ver a cada persona y cada movimiento, pero sin alcanzar a oír las palabras ni a distinguir los detalles. La multitud que se hallaba en la orilla izquierda estaba tres veces más alejada y se agitaba cuanto podía, haciendo esfuerzos exagerados para poder ver y oír mejor. Pero no era posible escuchar nada, y lo que se oía, resultó ser trivial y sin interés, en tanto que, al final, el espectáculo llegó a ser tan espantoso que todos volvieron la cabeza y muchos de ellos regresaron rápidamente a sus casas, arrepintiéndose de haber acudido.

Cuando se ordenó a Radis que se tendiese, dudó un momento; después, sin mirar a los nómadas ni a los soldados, como si no existiesen, se acercó al Plevliak, a quien, como si fuese alguno los suyos, y empleando un tono confidencial, la dijo con voz sorda:

“Por este mundo y por el otro, te pido que me escuches: hazme la gracia de atravesarme de modo que no sufra como un perro.”

El Plevliak se sobresaltó y gritó como si intentase defenderse de aquella especie de conversación demasiado íntima: 
“¡Vete, traidor! ¿Acaso vas a suplicar como una mujer, tú, el valiente que ha destruido lo que pertenece al rey? Será como se ha ordenado y como tú mereces.”

Radis inclinó aún más la cabeza, mientras los nómadas se acercaban a él y le despojaban de la capa y de la camisa. Sobre su pecho, rojas y tumefactas, aparecieron las llagas producidas por las cadenas. Sin pronunciar una palabra más el campesino se tumbó boca abajo, tal y como le habían ordenado. Los nómadas se aproximaron y le ataron primero las manos a la espalda y después le ligaron una cuerda alrededor de los tobillos. Cada uno tiró hacia sí, separándole ampliamente las piernas. Entretanto, Merdjan colocaba el poste encima de dos trozos de madera cortos y cilíndricos, de modo que el extremo quedaba entre las piernas del campesino. A continuación, sacó del cinturón un cuchillo ancho y corto, se arrodilló junto al condenado y se inclinó sobre él para cortar la tela de sus pantalones en la parte de la entrepierna y para ensanchar la abertura a través de la cual el poste penetraría en el cuerpo. Aquella parte del trabajo del verdugo que, sin duda, era la más desagradable, fue invisible para los espectadores. Tan sólo pudieron apreciar el estremecimiento del cuerpo a causa del picotazo breve e imperceptible del cuchillo, y, luego, cómo se erguía a medias, cual si tratase de levantarse para volverse a caer de pronto, golpeando sordamente el entarimado. 

No más hubo terminado, el nómada dio un ligero salto, tomó del suelo e1 mazo de madera y puso a martillear la parte inferior y roma del poste con lentitud y mesura. A cada dos martillazos, se detenía un momento y miraba, primero, al cuerpo en que el poste se iba introduciendo, y, después, a los nómadas, exhortándoles a que tirasen con suavidad y sin sacudidas. El cuerpo del campesino con las piernas separadas, se convulsionaba instintivamente a cada mazazo, la columna vertebral se plegaba y se encorvaba, pero las cuerdas mantenían su tensión y obligaban al condenado a enderezarse. El silencio era tal en las dos orillas que podía distinguirse con claridad el sonido que producía el mazo al golpear el poste y el eco que se repetía algún lugar de la orilla escarpada. Los que estaban más cerca podían oír cómo Radis golpeaba con la frente sobre las tablas y, además, otro ruido insólito que no era ni un gemido ni un lamento ni un estertor ni ningún sonido humano determinado. 

Aquel cuerpo torturado emitía una, especie de chirrido y un crujido, como cuando se tira a patadas una empalizada o se derriba un árbol. El nómada, a cada dos martillazos, se dirigía al cuerpo tendido, se inclinaba, examinando si el poste avanzaba en buena dirección y, cuando se había cerciorado de que ningún órgano vital estaba herido, volvía a su sitio y continuaba su tarea.

Todo aquello, desde la orilla, se oía débilmente y se veía aún más débilmente, pero no había quien no sintiese temblar sus piernas; los rostros palidecían, las manos se quedaban heladas.

Durante un momento, cesaron los mazazos. Merdjan había observado que en el vértice del omoplato derecho los músculos se ponían tensos y la piel se levantaba. Se acercó rápidamente y, en aquel lugar, ligeramente hinchado, hizo una incisión en forma de cruz. Por el corte empezó a correr una sangre pálida, primero en pequeña cantidad, luego, a borbotones. Aún dio dos o tres mazazos, ligeros y prudentes, y, por el sitio en el que acababa de hacer el corte, apareció la punta herrada del paste. Continuó todavía unos minutos martilleando hasta que la punta del palo alcanzó la altura de la oreja derecha.

Radislav estaba empalado en el poste de igual modo que se ensarta un cordero en el asador, con la diferencia de que a él no le salía la punta por la boca, sino por la espalda, no habiendo interesado gravemente ni los intestinos ni el corazón ni los pulmones. Merdjan dejó a un lado el mazo y se acercó. Examinó el cuerpo inmóvil, evitando pisar la sangre que caía gota a gota de los puntos por donde el poste había mirado y había salido; aquella sangre formaba pequeños charcos sobre el entarimado. Los dos nómadas dieron la vuelta al cuerpo entumecido y se pusieron a atarle las piernas a la parte inferior del poste. Mientras tanto, Merdjan observaba para ver si el hombre continuaba vivo y examinaba atentamente aquel rostro que, en un abrir y cerrar de ojos, se había hinchado, ensanchándose, haciéndose más grande. Tenía los ojos abiertos de par en par, inquietos; pero los párpados permanecían inmóviles, la boca abierta, los labios rígidos y contraídos, los dientes apretados. Aquel hombre no podía controlar ya algunos de los músculos de su cara, que, por esta circunstancia, parecía una máscara. Sin embargo, su corazón latía sordamente y los pulmones mantenían una respiración corta y acelerada. Los verdugos levantaron el poste. Merdjan les gritaba que tuviesen cuidado y que no sacudiesen el cuerpo; él mismo ayudaba a la operación. Fijaron la base del poste entre dos vigas y lo aseguraron con grandes clavos; a continuación, y a la misma altura, clavaron igualmente un tarugo de madera al poste y a las vigas. Una vez terminada la tarea, los nómadas se apartaron un poco, yendo a reunirse con los soldados, y, en el espacio vacío, quedó solo, elevado, el hombre empalado. Tan sólo corría un hilillo de sangre por el poste. 

El hombre continuaba vivo y sin perder el conocimiento. Sus costados se agitaban, las venas latían en el cuello, sus ojos giraban lentamente pero sin cesar. De sus dientes apretados se escapaba un quejido del que a duras penas se podían distinguir unas palabras entrecortadas --Hombres del rey... Hombres del rey...¡Ojalá muráis como perros!

El anciano tuvo que hacer una pausa entre sollozos en este punto de su relato, y el hechizo de creerse espectador se deshizo en parte.

“Vivió hasta el mediodía del día siguiente. Cuando los nómadas iban a tirarlo al río, compramos su cuerpo para poder darle un entierro digno de él. Pero ya no habrá más resistencia en las obras. La gente está totalmente aterrada por Abidaga. La sola mención de su nombre hace que los hombres se orinen encima.”

El resto de los reunidos, hombres de armas la mayoría, fruncían el ceño. Si la población no les apoyaba, ¿cómo iban a resistir?.

Colaboración de Antonino Vázquez - DeValk 

La audiencia (1ª parte)

El Canciller Mayor Atkaláes caminaba con paso decidido pero no apresurado hacia el salón de entrenamientos de palacio, donde el Príncipe Galier estaría practicando las artes del combate.

Atkaláes conocía muy bien a su Señor, se podría decir que de toda la vida. Cuando el padre de Galier le había nombrado Canciller Mayor, él ya había dejado de considerarse un hombre joven.

Dos de los guardias abrieron las puertas de doble hoja, mientras otros cuatro le franqueaban el paso con las lanzas, en perfecta formación. Al otro lado de la puerta, el ujier anunció su nombre.

El salón estaba desprovisto de muebles salvo en las paredes, con armas de todo tipo, armaduras y escudos de entrenamiento. El Príncipe combatía enérgicamente con su maestro de armas, el Conde Jazar, un noble, señor de varios castillos en Copomar, y con otros dos oponentes de su guardia personal.

- Majestad- gritó el Canciller para hacerse oír por encima del entrechocar de las armas- Los partidarios del insurrecto han tomado la otra orilla del Drina.
- ¡Maldito bastardo!- El Príncipe arrojó su espada con furia contra la pequeña puerta de roble del otro extremo de la sala. El acero se clavó con un golpe brutal y permaneció así un instante hasta que cayó vencido por su propio peso, provocando un estruendo de metal contra piedra.

El Canciller agradeció a Dios en su mente que se tratase de un arma de entrenamiento y  no de la espada mágica del Príncipe, que habría hecho estallar la puerta en mil pedazos con toda probabilidad.

Esto tiene que acabar, Atkaláes. Hemos de demostrar a todos nuestros nobles quién es su verdadero Señor. Ese malnacido es sólo un rumor de una leyenda. ¡Yo soy el legítimo gobernante de Kendoria!- Los ojos del Príncipe parecieron brillar con sus palabras- Si es necesario, yo mismo le cortaré su maldita cabeza descoronada.

El Canciller interrumpió con cierta vacilación en la voz. No había visto al Príncipe Galier enardecido de esa manera nunca- Majestad... ha llegado la respuesta de la corte. Su Alteza os concederá audiencia y permiso para posar vuestra mano en el Orbe, y recibir su bendición en el más alto honor del Imperio. 

Un relámpago de alegría iluminó el rostro del soberano

- ¿Hay noticias del Cardenal?- preguntó, recomponiendo sus emociones.
- Se excusa diciendo que el Arzobispo Edelman aún no se ha pronunciado. Sin embargo, el Embajador Taraldor sí ha llegado con informes y espera a que le atendáis.
- Citadle en mi despacho y preparad el viaje, Canciller. ¡Si Dios no nos concede su gracia, la Emperatriz lo hará!

Mientras salía del salón con su guardia personal, el Príncipe se detuvo un momento, como si hubiese recordado algo de importancia. 

Y convocad a los Señores Dragón. Ha llegado el momento de tomar la iniciativa.

Sagrado

Los campesinos se detuvieron para ver a los Caballeros Dragón que volvían del bosque.

 Los dos hombres de la Orden del Dragón portaban pesadas armaduras mientras los escuderos sujetaban a sus presas: dos de ellos sujetaba un hombre y el tercero a una mujer. Ambos tenían aspecto desaliñado y se miraban el uno al otro con cara de miedo.

 Mientras, un tipo con una fea cicatriz en el pómulo ataba a un árbol los perros de caza que ladraban sin cesar. Había sido difícil separarlos de su presa y tanto el hombre como la mujer tenían heridas de mordisco de las que caían pequeños hilillos de sangre. El caballero de mayor rango se dispuso a registrar al hombre y no tardó en encontrar una carta, la leyó y se dirigió a los presentes de esta forma:

 -“Aquí tenemos a dos traidores que han estado informando de los movimientos del ejército a ese impostor que se hace llamar Rey. Y aquí están las pruebas. No queda ninguna duda. Estos despojos son unos malditos espías y merecen la muerte por traicionar al Príncipe, su señor a quien deben obediencia.”

 -“¡¡Piedad!!”- gritó el chico, pero, en un descuido, puso la pierna tras el escudero que sujetaba a la mujer a la vez que lo empujaba hacia detrás con todo su peso. El guerrero, cargado con armadura, hizo un amago de trastabillar mientras  la mujer aprovechaba el descuido para zafarse después de forcejear durante unos segundos. La joven, de no más de veinte primaveras corría como si el mismo diablo le persiguiera para llevarla hacia el infierno. Dos de los caballeros fueron a por los caballos mientras algunos escuderos  la intentaba perseguir por las callejuelas de tierra de la aldea.

 Los niños veían asombrados como la chiquilla entraba en la Iglesia gritando “¡Sagrado!, ¡Me acojo a suelo sagrado!”. En poco tiempo los caballeros estuvieron rodeados por una multitud que se agolpaba a la puerta de la Iglesia. De allí salió un sacerdote de la Iglesia apoyado en una vara de nogal que miraba con aspecto desafiante.

-“Entregadnos a la traidora. El Príncipe la reclama”

-“Se ha acogido a Sagrado. Si sale de la Iglesia es toda vuestra pero yo no la puedo obligar a salir” - contestó el sacerdote.

-“Entraremos a por ella y la sacaremos arrastras si hace falta. No te interpongas entre nosotros y los enemigos del Príncipe. Si lo haces, te consideraremos uno de ellos”

 Una figura con armadura asomó lentamente en la puerta de la iglesia. Era un caballero de la Orden del Fuego y la Espada. La orden de monjes caballeros de la Iglesia. Se encontraba solo frente a los tres, pero su mirada dejaba ver que estaba dispuesto a morir sin pestañear aunque no tuviese la más mínima posibilidad.

-“Vas a necesitar de toda la ayuda de Dios si crees que ese fantoche sin cerebro y tú vais a durar más de cinco minutos protegiendo a esta sabandija”.

-“Sin duda confío en el poder de Dios y en mi espada. Pero tampoco creo que sea muy sabio por tu parte derramar sangre en estos momentos. Estoy seguro que al Príncipe no le gustará que le hagas este tipo de favores... le convertirían en alguien demasiado poco popular”- contestó fríamente el Caballero de la Iglesia.

 Los dos caballeros de la Orden del Dragón miraron a ambos lados.  Unas doscientas personas estaban contemplando la escena. Debían andarse con cuidado, pero si este cura de pueblo podía echar un órdago, ellos estaba al mando de su partida de caza y representaban la autoridad del Príncipe.

-“Esta actitud me está empezando a hartar. Ya es bastante ambigua la falta de compromiso que tiene la Iglesia. Pero empiezo a sospechar que hay demasiados sucios partidarios del Rey infiltrados. Tú no haces más que darnos razones para que iniciemos una limpieza. Entréganos a ese traidor y demuestra que no eres uno de ellos. Si no, quizás nos planteemos medidas para arrancar el mal de raíz. No querrás traer problemas a los tuyos ¿verdad?” - contestó el caballero.

 Una arruga se formó en la frente del eclesiástico. Ciertamente la posición de la Iglesia era muy complicada. No sabía cuanto tiempo podría mantener la neutralidad pero no sería mucho. Su deber era salvar a esa pobre mujer de una muerte terrible. Al otro lado, el chico, fuertemente agarrado por los hombres de los Caballeros Dragón, dejaba caer en silencio una lágrima sin dejar de mirar a la mujer. Estaba claro que los dos eran algo más que amigos. El chico le decía que se fuera dentro de la iglesia pero ella seguía peligrosamente cerca del umbral. Sólo ella podría ser salvada. El clérigo no se lo pensó más. El Príncipe necesitaba una excusa para ir contra la Iglesia, pero esto no era suficiente. Como mucho quemarían esta iglesia y aún así sería una medida excesiva. Al Príncipe Galier no le convenía hacer este tipo de cosas. El sacerdote se encomendó a Dios, miró a la mujer, luego al chico sujeto por dos hombres, respiró profundamente y con la voz autoritaria con la que solía hablar desde el púlpito dijo:

-“La Iglesia se pronunciará como siempre lo ha hecho, en el próximo Concilio. Y esa autoridad no me corresponde a mí, pues sólo un Concilio tiene autoridad sobre tales asuntos. Estoy seguro de que su Majestad sabrá comprender las sagradas leyes que rigen a la Iglesia. Y no se pueden convocar un Concilio en los cuarenta días anteriores a la fiesta del Creatio Deux por lo que me temo que habrá que tener paciencia. Es la norma de  Aldeo. Cada cual tiene que obedecer sus leyes, yo sigo las de la Iglesia y éstas dicen que cualquiera que se acoja a sagrado debe recibir su protección.”-

-“¡¡Excusas!!”-, gritó y escupió el Caballero Dragón.

-“¡Es ley y la sagrada tradición debe ser respetada como si viniera del mismo Dios! La Iglesia se pronunciará cuando el Arzobispo convoque el Concilio. Pero si vertéis sangre sobre un templo del Señor, la ira de Dios caerá sobre los Caballeros Dragón y sobre aquel que ordene tal acto. Y sabed que las decisiones de la Iglesia son sabias pues son guiadas por Dios. No hagáis nada de lo que tengáis que arrepentiros, no sea que la sangre de tus pecados decida el próximo Concilio en una dirección que no le guste a tu señor el Príncipe.”

 Se hizo una pausa terrible. Los Caballeros Dragón sabían perfectamente que la Iglesia seguía teniendo mucho poder. Puede que estuviera jugando un doble juego, pero era mucho mejor así que tener a la Iglesia abiertamente en contra. Por un momento pareció que el líder de los Caballeros Dragón iba a dejarse llevar por la ira pero un campesino se le acercó, le susurró algo al oído y para sorpresa de los presentes esbozó una cruel sonrisa....

-“Quizás hayas salvado la vida de esa rata. Pero no dudes que tendrá su castigo. Seguro que quería mucho a su amiguito ¿verdad?... no me digas que querías a ese maleante? ¡Qué ...encantador! ¿No es maravilloso? Las fulanas y los miserables también se aman...Y lo mejor de todo es que mañana podrás ver en primera fila desde el umbral de la Iglesia la bonita y lenta ejecución de este sucio traidor. Será muy interesante, eso te lo puedo asegurar.”

 Todos los presentes vieron como los dos amantes se rompieron llorar.

La audiencia (2ª parte)

En el rostro más perfecto, bajo el resplandor de los ojos verdes como estrellas de esmeralda, se dibujó una tenue sonrisa.

Su Majestad, el Príncipe Galier de Kendoria retiró la mano del Orbe Imperial, que dejó de brillar poco a poco. En sus ojos se reflejaba una profunda luz de entendimiento del que ha sido instruido en misterios que abarcan más de lo que nunca podría contemplar. Había clavado una rodilla en tierra y ahora inclinaba la cabeza en señal de profundo agradecimiento y reverencia a la Emperatriz. Recordó cómo había llegado hasta allí, mientras la aclamación general se extendía por todo el salón, que parecía inacabable. 

Se había sentido empequeñecido por un momento ante el lujo imperial. Había dejado atrás la visión de la extraordinaria aguja de marfil, la Tarocca, la impresionante torre de las adivinas de la Emperatriz. El Palacio Imperial no podía describirse con palabras. Los materiales más exóticos y caros de un imperio que poseía reinos e islas hasta los extremos del mundo conocido se habían utilizado en la construcción de aquel edificio y sus salones. Cientos de años de tributos y regalos, de trofeos de conquistas y batallas de generaciones de soldados, pulcramente colocados con un buen gusto más allá de toda discusión se distribuían en paredes y galerías. 

Dos de los Caballeros Dragón de su guardia de habían saludado protocolariamente a la Guardia de la Emperatriz antes de traspasar el arco de las puertas dobles enjoyadas que franqueaban el paso al el salón de audiencias.

El fragante aroma de especias que ardían lentamente en candiles se mezcló con la impresionante visión las columnas que se elevaban más allá de la vista, en un efecto seguramente provocado por la magia. Y, al fondo del salón, bajo largas cortinas de terciopelo púrpura que enmarcaban el estandarte del fénix y todos los símbolos de su casa y de su rango, en un trono que refulgía por sí mismo sin por ello eclipsar a su dueña, la Señora del Imperio, Su Alteza Zerika, Primogénita de la Casa del Fénix y Heredera del Orbe Imperial, se hallaba sentada, poderosa sin par, con sus ojos como esmeraldas, más allá del alcance de la comprensión, inabarcable en su majestuosidad.

Pero el Príncipe Galier no era un súbdito del tres al cuarto. Por sus venas corría la sangre de una estirpe que llevaba dos siglos gobernando un reino. Con paso marcado, perfectamente acompasado con el de su guardia personal que lucían armaduras brillantes como el sol y  sobrevestas rojas con el emblema de la corona de oro, el soberano de Kendoria había avanzado firmemente y con orgullo hasta el pié del estrado.

Cuando descendió por la escalera, el ujier, que era el más cercano al acceso del trono, salió a su paso, tembloroso, como si estuviese delante de un dios de tiempos pasados. Tomó la palma de su mano con una rica tela, que al Príncipe le pareció extremadamente suave al tacto, y se quedó maravillado aún recordando el prodigio que acababan de ver.

Pero su voz resonó con fuerza en el salón del trono

"¡Alabado sea el Príncipe! Que Kendoria clame orgullosa pues el falso Rey ya no puede engañarnos. Demostrada queda la legitimidad de vuestro gobernante. Pues Poder, y no otra cosa busca el detractor del Imperio. Busca esclavizaros bajo su yugo, ratificándose en sus costumbres arcaicas. Contra la tiranía real alzaos pueblo kendoriano, contra su altiva actitud, contra sus corazón negro y su brazo asesino. Ante la corona Real no os inclinéis esclavos. ¡Levanta tu espada Pueblo Kendoriano, a golpes liberaos del yugo del Ilegítimo. ¡Gloria al Príncipe¡ ¡Quon Kendoria ka quon Haldescë*!"

* ¡Por Kendoria y por el Príncipe!

El Príncipe, quedó algo confuso por lo que había pasado y las palabras de aquel siervo de la Emperatriz, que sonaban extrañas, pero los aplausos y vítores de los cortesanos e invitados pronto le hicieron devolver su mente a la realidad y bajar el último escalón del estrado.

Se desplegaron pendones rojos junto a los púrpura a su paso. El sonido de las armaduras de sus hombres al marchar sobre la lujosa alfombra, avanzando orgullosamente junto a él apenas se percibía ahora. 

Sólo quedaba por hacer una cosa. Sólo un lugar al que ir. Si el que se hacía llamar rey avanzaba hacia el Este cerca de la frontera con Thalesia, no tendría más remedio que pasar por allí. Y él pensaba tomar rumbo al Norte, a enfrentarse con su propia espada al insurrecto. Ahora ya no quedaría ninguna sombra de duda entre sus nobles ni en su propio corazón. La corona de Kendoria seguiría siendo la de los Príncipes, e iba a ser la única cabeza que todavía podría sostenerla.

Rojo amanecer

El sol se alzaba rojo sobre Veroan, pero las altas cumbres del valle de Nertha impedían que iluminase la aldea. En el despacho de Buris Bray el silencio se adueñaba de cada segundo lenta e inexorablemente.

Muertos... - Murmuró Bray rompiendo la calma - ... Todos muertos.

-Mi señor, el paso a través de las montañas es impracticable en esta época del año, quizás vuelvan. - Dijo su senescal sin demasiada convicción.

-Si Lorus Aughar quiere guerra, la tendrá. Veroan no descansará hasta que los bárbaros del Norte se arrodillen o mueran, o hasta que no quede un solo verim capaz de enfrentarse a ellos.

Buris Bray tomó asiento y comenzó a escribir una nota. Las palabras fluían rápido como la sangre, llenándose de odio y de fuerza a cada segundo. No parecía que nunca fuese a cesar, y el rasgar de la pluma sobre el papel fue ocupando aquel espacio que el silencio y la paz habían abandonado.

Al acabar estampó su sello y le tendió el escrito a su senescal.

Enviarás una copia a Su Excelencia, el Duque Kaliadán de Lloria, y otra a cada ciudad y cada aldea en Veroan; que todo verim sepa que el Señor de sus tierras no permitirá que unos bárbaros siembren el terror impunemente. Las pisadas de Lord Bray resonaron en el suelo de piedra mientras el senescal leía el escrito, con la tinta aún fresca:

“Yo, Lord Buris Bray, en el vigésimoquinto día de la primera luna del año 804 d.z., decreto mediante el presente edicto lo siguiente:

Cualquier hombre que haya sido, o sea, visto prestando ayuda o apoyo a Lorus Aughar o a cualquier grupo verim que apoye su causa, queda declarado traidor a la tierra de Veroan, y deberá ser aprisonado o ejecutado en el acto; siendo extensible este edicto a cualquier lugar del Ducado de Lloria donde se les pueda dar caza. Declaro pues que este edicto sea cumplido desde este preciso instante.

Buris Bray, por Veroan y por Lloria.” 

El senescal se dirigió a su escritorio dispuesto a cumplir las órdenes, mordiéndose los labios con inquietud... Y también con miedo. Una vieja cancioncilla infantil se abrió paso desde lo más profundo de su memoria: “Si eres verim, eres mi hermano...”

No - se sobrepuso - Hermano no es quien mata a sangre fría a otro verim. Hermano no es quien cuestiona las decisiones del Consejo. Hermano no es quien niega el progreso, y sacrifica a sus semejantes en nombre de una locura.

Y sentándose en la desportillada silla se dispuso a comenzar con las copias del edicto.

La brisa agitaba el pendón verde y negro de Veroan, mientras, Buris Bray, soñaba con amaneceres rojos, rojo sangre.

Colaboración de Daniel Impuesto - Arek 

El ciclo de la Naturaleza


"Las flores en la nieve debes mirar.
Y entonces la Rueda empieza a girar.
Como una vez fue, así volverá a ser."

Era noche cerrada. Pues es de noche cuando la magia del reino 
Espiritual penetra en el plano físico con mayor ímpetu, como una etérea niebla que cubre la tierra oscura. No podría ser de día, porque el día es el tiempo de los hombres y de sus leyes. Pero la noche, bajo la mirada de la mística luna llena, es el tiempo de los druidas.

Uno de estos misteriosos personajes, concretamente un Jornag (aprendiz)ataviado con los pantalones pardos de su Clan, se aproximó al oculto claro en el que media docena de figuras imbuidas en sus túnicas, de los colores de la naturaleza, le esperaban. No se oía ningún otro ruido. Algo impropio en la noche; ni siquiera el rumor de insectos, o el viento en las hojas. Pero, esta noche - una de las últimas frías noches de invierno - la misma naturaleza escuchaba. El Jornag realizó el saludo ritual, y penetró en el Círculo.

- ÎR GORSEDD EL VERATNAN (El Consejo se ha reunido) - Sentenció con
voz profunda el hombre que se encontraba sentado sobre la tierra del
Círculo, y ahora se desperezaba. Se trataba del Tarkydd (druida) Natan de los Osos Negros, un hombre de mirada profunda que se había 
Comportado como el animal que su Clan venera, al haber regresado de su letargo tras permanecer un año apartado de los asuntos Ofheim, y contagiando a todo el Círculo con renovada vitalidad. Los Tarkydden (druidas), ya de por sí silenciosos - pues sólo hablaban cuando tenían que decir algo mejor que el silencio que romperían - formaron círculo a su alrededor.

- Son tiempos difíciles éstos que nos tocan vivir, y con motivo de la renovación de nuestros hermanos del Clan Luggon (un Clan proveniente de la Gran Casa de Liara que acudió en el pasado en defensa del druidismo Ofheim) debemos decidir entre todos como afrontarlos de acuerdo a la voluntad de La Madre. - procedió a relatar la Neraide (druidesa) Thayba.
Su inquietud resultaba patente, habiendo sentido con más crudeza el invierno de Athkar que el resto de los presentes - Cada año nos reunimos menos Tarkydden, y los designios de la guerra nos han privado hasta el momento de un Antarkydd (Gran Druida) duradero. Como presagió Brannwen -y un rictus de desolación ensombreció su rostro - nos encontramos ya en el invierno de Athkar. - Las discusiones sobre la historía druídica de Athkar se sucedieron, pero fue el Jornag Moonat quien atravesó la oscuridad con nueva esperanza: - Pero no todo es invierno. En cualquier caso, en Liara estamos más cerca del invierno perpetuo del Norte, y sabemos como lidiar con él. Desde nuestros valles, hace ya más de un año, los Hijos de Lugh sentimos la necesidad de estos bosques, y muchos Tarkydden luggones prestaremos nuestra ayuda y conocimientos - Su renovado ofrecimiento reconfortó a los presentes, que dirigieron sonrisas de bienvenida a sus vecinos del norte. Ciertamente, la renovación de la naturaleza quizá estuviese en consonancia con la renovación del Círculo.

Pero el Norte también tenía sus propios problemas. Tomó la palabra el Tarkydd de túnica blanca Turedwynn, hombre de profundos poderes curativos y paz interior: - ¡Cuánto lamento no poder permanecer este año a vuestro lado, hermanos, y así restañar las heridas de nuestra tierra!
Sin embargo sabéis que soy necesario en Liara, la cual tiene su propio conflicto contra el conquistador Ungerick, que hace temblar el poder de las Grandes Casas. Algunos de los guerreros luggones me acompañarán, pues sus victorias durante el año pasado ante los enviados de Ungerick - Moonat esbozo una sonrisa aprobadora al recordar dichos sucesos; no todos los Tarkydden disfrutaban de la paz - servirán de presagio para invocar la resistencia de las Casas. Sólo me consuela el hecho de saber que os dejo en manos de mis fieles compañeros - dirigiéndose nuevamente a sus compañeros luggones, Clan norteño de honda tradición druídica, y en especial a su compañero Moonat. - Eso sí, me he sentido cómodo en los bosques de Athkar, y velaré por ellos en la distancia con mi awen (poder o sabiduría druídica). En cuanto me sea posible, retornaré para unirme a este círculo - sentenció con solemnidad.

- Echaremos en falta tus poderes curativos - se lamentó Thayba, que era la que mejor conocía su legendaria habilidad, que incluso a la Tierra la habría imbuido de renovada vitalidad. - Pero comprendemos la necesidad de la casa de Liara, así como la nuestra. Allí tenemos aliados, como la Neraide Zaira. - Natan, el cual había tenido bastante trato con la Gran Casa, añadió: - Ciertamente los diplomáticos de Liara se interesan por lo ocurrido en Athkar, y sus continuas promesas de ayuda no tardarán en materializarse.

- Yo, por mi parte, tengo intención de investigar los resultados de los rituales que realizamos en Adorien para que los espíritus de los bosques de esas tierras hagan sufrir a los culpables de la muerte de Niara; partiré cuando mejore el tiempo - añadió la druidesa.
- ¿Entonces nos dejaréis también tu aprendiz y tú? - preguntó Natan.
- Torcu no se encuentra aquí en este momento... - respondió evasivamente Thayba.

- Pero ya no es tiempo de curación ni de esperas - cortó secamente uno de los misteriosos Tarkydd de la Sangre. Su mensaje era duro, pero su ánimo sería vital para la nueva etapa- ¿Es que no véis que ha habido demasiada Vida en las palabras del Círculo de Athkar? Quizá precisamente por eso echáis en falta el respeto de los clanes Ofheim dirigió una reprochadora mirada a los más veteranos en el lugar -Quizá incluso por ello los Antarkydden no perduran. Quien no evoluciona, está condenado la extinción. Cada ciclo hace progresar al anterior. Conocéis mi llamamiento: Es la época de los Tarkydden de la sangre - Los más veteranos en Athkar no pudieron más que recordar a su antiguo compañero Phisto, un impulsivo compañero de la Sangre que los había ayudado el año pasado pero ahora había partido al Sur en busca de la sangre que daba nombre a su Senda.

- Ciertamente, ha habido renovación - Moonat participó – Algunos renovados Tarkydden nos auxiliarán. Nuestras habilidades rúnicas se han visto acrecentadas al unir los conocimientos tradicionales del Círculo con los obtenidos de otras tierras - mostró algunos artilugios y materiales que servirían para fijar y magnificar el poder de las runas - y con la tradición y significados aportados por los liaritas - junto con una aprobadora mirada a sus mencionados compañeros - Esperamos que este progreso otorgue mayor fuerza a nuestros rituales, y que mediante ellos podamos participar en el destino de Athkar.

- Pero yo os digo: ¡Actuad con sabiduría! ¡No perdáis de vista las prioridades! - exhortó Natan. - Somos siervos de la Naturaleza, no una facción política. Somos como el bosque, que se recoge en invierno para renacer con el Sol de primavera, así año tras año, en un ciclo superior a la historia mortal. Y así ha de seguir siendo. Las ciudades caen y se vuelven a levantar, pero el sagrado corazón del bosque debe ser protegido a toda costa, es la única garantía de un próximo florecimiento de nuestro pueblo. - Los demás miembros guardaron silencio, meditando las implicaciones de estas oscuras palabras. Pero al poco tiempo asintieron, reconociendo la sabiduría de Dana en sus palabras.

- Y no estamos solos - continuó Natan. Thayba lo miró atentamente, pues recordaba que lo que diría el Tarkydd había sido anteriormente expresado por la Neraide Brannwen. Bien lo sabía ella, pues era la última que la había visto con vida. Y no lo había olvidado - Recordad las últimas reuniones: Yo tengo un Clan, y me debo a él sólo después de a nuestra Señora. Recordad que el mundo espiritual penetra en el mundo material, ambos están unidos. ¡Tenemos que colaborar más con los Clanes, hacerles que nos escuchen y nos tengan en cuenta! ¡Respetad a sus chamanes, pero que ellos no desdeñen al bosque que les da cobijo y les ha servido de hogar, el bosque al que protegen, rompiendo el equilibrio de la vida! ¡Nunca el mundo espiritual ha necesitado volver con más fuerza al plano físico! 

- Para que nos sientan cercanos, hay que reducir el tiempo gastado en reuniones, en rituales, en consejos - terminó maliciosamente una voz, deseosa de terminar la reunión y comenzar a actuar- Como se ha dicho, es invierno, la época oscura de la naturaleza. De los poderes nocturnos, de la crudeza en el bosque. Es el tiempo de los Druidas de la Sangre.-

A partir de ese día el invierno menguó y la temperatura comenzó a subir.

Colaboración de EFEYLdruidas

Crepúsculo de los Héroes

A las puertas del Wardheim

Diario de su Excelencia, el Embajador de Kendoria en Turiel. En el decimoquinto día de la octava luna del año 804 de Su Alteza, la Emperatriz Zerika, Heredera del Orbe Imperial y Primogénita de la Casa del Fénix. 

Nunca se sabe lo cómodo que puede llegar a ser tu hogar hasta que no estás a decenas de millas de él y sabes que en los próximos meses la situación no va a cambiar ni un ápice. 

Lo que en principio iba a ser una rutinaria sesión de papeleo se ha convertido en un viaje de pesadilla. ¿Quién me iba a decir que el enviado de su Alteza Imperial me tenía reservada una desagradable sorpresa? Aunque, desde luego, la sorpresa no fue sólo mía. Él también tendría su pequeña porción más adelante. 

El caballero tomó contacto conmigo durante mi estancia en Athkar y me "reclutó" para una misión en principio diplomática, en plena frontera, entre el territorio de los Pequeños Clanes y la Gran Casa de Turiel. Obviamente no me pude negar, el Imperio reserva sus mejores maneras para los que se niegan a prestarle ayuda. 

El Enviado Imperial temía que el ataque de Turiel se estuviese retrasando demasiado. Después del ataque Ofheim sobre Tir-Quanor el Imperio se había vuelto especialmente duro a la hora de administrar represalias, y ahora le tocaba el turno a los jinetes de Turiel. 

Nos reunimos con uno de sus líderes, el llamado Frindil, Señor del Viento Gélido. El Enviado Imperial fue tajante en sus prerrogativas: si no apoyaba al Imperio se consideraría un traidor al mismo, y serían los siguientes en caer. Las tropas Ofheim estaban arrinconadas en la frontera Este de su territorio, lindando con el de las Grandes Casas de Turiel y Liara. El representante Imperial exigía la rendición de los Ofheim. 

La respuesta de Frindil no se hizo esperar, despachó mensajeros hacia los líderes de los últimos reductos Ofheim en Thalesia. 

Los Ofheim aceptaron el encuentro en una zona neutral y sagrada para ambos pueblos. 

Ha pasado casi un mes, y lo recuerdo como si fuera ayer. 

"Sigo sin confiar en ti, Frindil. Dímelo tú: ¿qué diferencia hay entre un Ofheim y un descendiente de la Casa de Turiel? Todos me parecéis iguales. Me da la impresión de que todos nacéis con la traición en la sangre. A Teroe le traicionaron sus supuestos aliados, su hijo Turain tuvo el mismo fin. A Bullwaith se le negó el auxilio, siendo el 'todopoderoso' caudillo de los Ofheim, y creo que sabes cómo murió Raisah, la Caudilla, sola en el campo de batalla." -Hablaba soberbio el representante Imperial. 

"Ya te he dicho que soy fiel al Imperio, ¿cuántas veces tengo que repetírtelo? Quizás tú no veas ninguna diferencia, pero nuestra Casa tiene decenas de siglos de antigüedad. Ya estábamos aquí antes de que Zerika portara el Orbe. Nosotros no abandonamos a nuestros guerreros. Nosotros no denegamos el auxilio. Nuestra fidelidad al Imperio quedará demostrada ahora mismo." 

La furia se veía reflejada en los ojos del líder del Clan del Viento Gélido. 

Con pasos pesados Frindil se dirigió al centro de la zona sagrada donde les esperaba el líder del Clan de la Escarcha, Ingor Lanza de Hielo. Frindil enarboló su hacha. Ingor no necesitó mediar una sola palabra para saber que debería luchar por su vida. Los ojos de Ingor se cubrieron de una nube de furor sangriento, mientras desenvainaba sus dos espadas de azulado acero y su boca espumajeaba gritos de ¡Traidor! ¡Profanador! y ¡Perro de presa del Imperio! 

Se sucedió un torbellino de golpes y la sangre comenzó a brotar por diversas heridas de ambos contendientes. Pero Frindil se impuso en el combate y con un golpe certero abrió el pecho de Ingor con su hacha. Pero eso no doblegó al líder del Clan de la Escarcha. La furia asesina dominaba el corazón del guerrero que repelió a puñetazos a su enemigo. A pesar de la sangría, el cuerpo de Ingor podía seguir combatiendo pálido como un cadáver, exangüe tras las muchas heridas recibidas. 

Frindil aunque aturdido consiguió desarmar a su oponente y dar el golpe de gracia hundiendo la mitad del filo de su hacha en la clavícula de su adversario. Con los huesos rotos y la vida a un paso de traspasar las puertas del Wardheim, Ingor no se rendía. Tomó a Frindil por el cuello y comenzó a apretar hasta que sus venas se hincharon por el estrangulamiento. 

Tres golpes de hacha más tuvo que dar Frindil para doblegar a su enemigo. Las piedras del círculo druídico estaban empapadas con la sangre de la impía acción de Frindil y roja se veía la blanca nieve invernal que rodeaba el lugar sagrado. 

"¿Esto es lo que querías, verdad? Pues ahí tienes la demostración del valor y lealtad de la Gran Casa de Turiel hacia el Imperio. Ahora vosotros me acompañaréis hasta territorio Ofheim ¡y veréis de lo que es capaz la hueste de Turiel!" – Gritaba enardecido el líder del Clan del Viento Gélido al Enviado Imperial, y más tarde se dirigió a sus fieles guerreros – "Es el momento de demostrar el tipo de sangre que corre por nuestras venas: "¡¡ALUMBRAD, AVANZAD Y ATACAD, THALESIA!! ¡¡LUCHAD SIN TEMOR A MORIR!!" 

La escolta de Ingor fue inmediatamente descuartizada por los guerreros de Frindil. Desde luego no era satisfacción lo que reflejaba la cara del Enviado Imperial. Creo que esperaba no tener que mancharse las manos con este asunto, al igual que a mí me gustaría estar en mi hogar al calor de mi chimenea. 

Esta mañana hemos llegado al campamento Kestla, el bastión de los jinetes de Turiel, desde donde se llevarán a cabo los ataques para acabar con los últimos descendientes de Ofheim. 

Desde nuestra posición privilegiada hemos podido observar algo que nos ha sorprendido sobremanera: Muchos de los antiguos clanes Ofheim unidos en un solo frente bajo el estandarte del Clan de la Escarcha, liderados por el hijo de Ingor Lanza de Hielo, Burgar Cuchilla Afilada, el autoproclamado Caudillo de los Ofheim. La batalla se cernía sobre nosotros, Frindil se dedica a arengar a sus temibles jinetes. Los enormes caballos de Turiel rugían como bestias y sus pezuñas, afiladas a conciencia por el pueblo del Viento Gélido, capaces de abrir el cráneo de sus enemigos a golpes, rompían el hielo bajo sus patas con gran estruendo, como si una negra tormenta se cerniera sobre nosotros. ¿Y qué puede hacer un hombre de Estado como yo en un lugar como éste? 

Éste es el Crepúsculo de los Héroes, la última oportunidad para alcanzar la gloria y traspasar las puertas del Wardheim o precipitar tu alma aullante en una eterna caída hasta las profundidades del Pozo. ¿Quién eres tú para rechazar el ofrecimiento de Ragnar el Padre de Todos?

La ira de Sorxa
Tras varios días de marcha, el grupo se asentó en un pequeño claro. Los orcos habían pasado varias semanas saqueando aldeas en aquel territorio y era hora de volver a casa. 

Su campamento estaba más al norte, en territorio hostil, donde los jinetes de Turiel no dejaban orco con cabeza. Se estaban acercando, pero era ya demasiado tarde para seguir con el camino. 

Durante todo el viaje no habían escuchado un solo animal, pero ahora, la noche parecía llena de sonidos. Sólo una cosa les molestaba, no había luna, la noche era cerrada y oscura. El fuego no debía apagarse en toda la noche. 

El líder organizó el campamento, para poder protegerlo, y montó las guardias. La primera guardia no había acabado aún cuando escucharon un grito ahogado. El fuego estaba apagado. El líder salió de su tienda. No escuchó nada. Llamó a gritos a sus hombres, los guardias no respondieron, los demás se despertaron y salieron. 

El líder ordenó atacar a cuanto se moviera, pero no fue capaz de acabar la frase, su garganta fue atravesada y calló al suelo chillando y desangrándose. Los demás fueron agrupándose, unidos por el miedo se lanzaron a la oscuridad. Sus gritos sonaron una vez, y su eco se perdió. 

De repente, como las hojas movidas por el aire, se escucharon unos pasos, se acercaban hacia el centro del campamento. De entre las sombras, tres figuras aparecieron envueltas en capas. El líder todavía agonizante intentó hacerse con un arma. 

Entonces, se escuchó una voz:

"El campamento será quemado. La inmundicia no se merece pisar nuestro territorio. El bosque es nuestro, nosotras lo vigilamos. Los árboles son nuestros ojos y nuestras armas. El halcón, nuestro aliado, desde las alturas nos avisa. Aprende ahora, que Sorxa no entiende de piedad con engendros como vosotros." 

Y con un golpe, el orco gritó por última vez. 
La llamada del Wendigo
En la Marca del Norte hay un lugar antiguamente maldito llamado Benndrash. Los licántropos devoraban a todo aquel que se acercaba a ese pequeño pueblo montañés desde hacía un siglo. Ahora, la maldición se ha volatilizado para traer algo peor, mucho peor.

Orcos. Orcos por todas partes, como una colmena, dando vueltas y más vueltas alrededor de la torre negra del Hechicero Supremo Hyno Shaldrash. Han extendido sus zarpas sin control, arrasándolo todo como una espiral de destrucción. El Norte de Rhoden fue una de las regiones kendorianas más afectadas, de tal modo que aún no han podido expulsarlos en su totalidad. 

Y no hay noche en la que el nombre de su imbatible dios de la Guerra no sea alzado a gritos en la profundidad de sus bosques. 

Mog, Mog, Mog, Mog, Mog se les oye rugir 
Mog, Mog, Mog, Mog, Mog de él has de huir. 

Otra noche más uno de sus clanes alza su voz por encima de los demás. Los Colmillos Sangrientos, los favoritos de la más maligna de todas las chamanesas, los elegidos por Mog, los ungidos de Gormanga, los selectos hijos de Gubaramonga. 

Hace un año el Gran Tótem fue erigido por obra y gracia de una sola zarpa imperiosa. La zarpa que ahora gobierna a todos con Puño de Bronce, para gloria de Mog. La zarpa que aterroriza la Marca desde hace un año. La zarpa que esclaviza a decenas de humanos a picar las minas de sus montañas. La zarpa que convoca los poderes de los tres grandes dioses y la magia más cruenta, teniendo como tutor al Hechicero Supremo. La misma zarpa que estruja hasta convertir en una pulpa sanguinolenta los cinco corazones humanos para el impío ritual que en estos momentos se está llevando a cabo. La zarpa de la Reina Glaurg. 

Girando como frenéticos dementes, treinta orcos bailan alrededor del Gran Tótem lanzando espumarajos sanguinolentos pues apenas pueden contener en su interior las sustancias alucinógenas que la Gran Chamanesa les suministró para el Ritual de la Bestia. No paran de gritar la misma oración: Mog, Mog, Mog, Mog, Mog. 

Se preparan para la Guerra. 

La Reina Glaurg permanece desnuda delante del Tótem y su baile se vuelve cada vez más frenético. Termina de tragarse el último corazón humano y comienza a implorar una oración mientras va derramando, a golpe de cuchillo, sangre de orco sobre el Gran Tótem. Mientras baila los tajos vuelan a un lado y otro y los elegidos por la Reina se frotan contra la sacra madera para no desperdiciar una sola de sus gotas. 

Mog, Mog, Mog, Mog, Mog – rugen los orcos 

¡EN LA ESPESURA...NO TE ADENTRES! – canta la chamanesa. 

Mog, Mog, Mog, Mog, Mog 

¡YA SE ACERCA, RECHINAN LOS DIENTES! 

Mog, Mog, Mog, Mog, Mog 

¡CUANDO CAIGA EL SOL HABRÉIS DE HUIR...! 
Mog, Mog, Mog, Mog, Mog 

¡SALVE WENDIGO, A MI ME HAS DE SERVIR! 

Mog, Mog, Mog, Mog, Mog 
¡¡GARRA Y PELO!! – La chamanesa quema ante una gran pira las pieles de grandes bestias. 

Mog, Mog, Mog, Mog, Mog 

¡¡DE UN NICHO SIN SUELO!! – Cenizas de los últimos guerreros del clan caídos en combate son alzadas en un cuenco y el viento las arroja al interior del bosque. 

Mog, Mog, Mog, Mog, Mog 

¡¡DIENTES ROJOS!! – Los colmillos de dos licantropos son machacados a mazazos y se arrojan al mortero. 

Mog, Mog, Mog, Mog, Mog 
¡¡SANGRE Y DESPOJOS!! – Los corazones a medio masticar de los humanos son escupidos sobre el mortero y se mezclan con sangre de goblins recién nacidos. El contenido se ofrece al Gran Tótem y con una libación la chamanesa apura su contenido. 

¡MOG, MOG, MOG, MOG, MOG! – El griterío se hace más frenético 
¡EL WENDIGO SABE QUE ESTAMOS AQUÍ! 

¡¡MOG, MOG, MOG, MOG, MOG!! 

¡ENEMIGOS DEL CLAN HABRÉIS DE HUIR! 

¡¡¡MOG, MOG, MOG, MOG, MOG!!! 

¡NI UNA NOCHE MÁS VAIS A VIVIR! 

¡¡¡¡MOG, MOG, MOG, MOG, MOG!!!! 

¡¡¡TORTURA, DOLOR!!! 
¡¡¡GRITOS, CLAMOR!!! 
¡¡¡VUESTRA CORDURA, EN EL POTRO!! 
¡¡¡EL WENDIGO VA A POR VOSOTROS!!! 

Gritos. Miles de gritos. Todos los frenéticos danzantes del ritual caen al suelo dando alaridos y sujetando sus cabezas. No pueden aguantar el dolor, no pueden sujetar sus mentes, sus corazones no pueden soportarlo más. 

Todos mueren, menos la Reina Glaurg. Silencio. El silencio más aterrador que se pueda imaginar… Y después sólo el sonido de unas pisadas y una palabra, gritada por un centenar de voces desgarradas, golpeando cada madriguera, cada árbol hueco, cada pesadilla: 

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡WeEeEeEeEeEeEeEeEeEeEeNDIGOoOoOoOoOoOoOoOoO!!!!!!!!!!!!!!
El Señor Dragón, Sir Saulk Blaugir
En revisión...
La balada del Wendigo
En una aldea Ofheim, las madres tratan de hacer olvidar a sus hijos las penurias de la guerra contándoles leyendas. 

-Mamá, no quiero ir a dormir- 

-¿No? ¿Por qué?- 

-Quiero esperar a padre despierto.- 

-Ah..-repuso la abnegada mujer, y esbozó una leve sonrisa que iluminó momentáneamente el rostro envejecido por el dolor, el pesado trabajo y la angustia de que cualquier día su marido podría no regresar a casa...o regresar muerto. No quiso seguir pensando en ello, así que decidió cantar a su retoño una nana de miedo, para que prefiriese irse a acostarse que esperar que de entre las tinieblas nocturnas emergiese su progenitor. 

-¿Sabes lo que puede salir de las sombras de la noche y de lo más negro del bosque?- 

-¡Un bastardo turiel!-gritó el muchacho, y apretó los puños. 

-No.. Algo peor. El Wendigo.- 

-¿Qué es, mamá?- 

-Te lo contaré si te acuestas. Yo esperaré a tu padre.- 

"En la espesura...no te adentres
o te dará posada en el vientre
A correr, a correr, a correr...
que el Wendigo te va a comer

Garra y pelo
de nicho sin suelo
dientes rojos,
sangre y despojos

El Wendigo sabe que estás aquí
¡y ya viene a por ti,
y YA viene a por ti!"
Sangre de la Tierra

Una visita inesperada

Desde las almenas del castillo se podían ver varios jinetes acercándose al galope. El soldado que estaba de guardia en ese momento contempló cómo se acercaban hasta la orilla del lago y paraban. Eran un total de cinco jinetes. Pero en la barca únicamente subió uno. El soldado hizo un gesto hacia uno de sus compañeros para indicarle que llegaba alguien.

Abrieron las puertas para dejarle pasar. Se dirigió con paso rápido hacia el interior del castillo. Su capa ondeó dejando ver unos ropajes oscuros bajo ella. Los pasos resonaron con ecos por entre los pasillos únicamente iluminados por antorchas. 

Llegó a una puerta doble, maciza, con el escudo condal labrado en ella. Unas manos blancas surgieron de entre los pliegues de la capa para abrirla. La luz iluminó el pasillo mientras la figura entraba sin esperar, aunque volvió a quedar en penumbra cuando la puerta se cerró de golpe.

La sala era amplia, iluminada por grandes ventanales, a lado y lado se veían armas colgadas de las paredes. En el centro de ella, dos figuras bailaban la danza de la muerte. Sólo se escuchaba el entrechocar de las espadas. Verdaderamente, ese espectáculo pocos ojos lo habían contemplado. Pilfer Heidrun, Conde de Primion y Rodik de Laurendal cruzando sus espadas una y otra vez. Al escuchar el golpe, Rodik hincó la rodilla en el suelo, jadeante, con su espada levantada, evitando un tajo fatal. 

-Ya basta por hoy, Rodik- la voz del Conde resonó en toda la sala mirando hacia la puerta.
Gil Galen Debalass avanzó mientras echaba la capucha hacia atrás y apartaba de su rostro el velo que hasta ese momento lo había ocultado. 
-Algo gordo tiene que haber pasado para presentarte tú misma aquí, Gil Galen – dijo el conde mientras envainaba la espada.

La baronesa le miró directamente.
-Si- respondió mientras de sus ropajes sacaba un pergamino- Esto llegó hace apenas unos días a mi castillo.

El Conde cogió el pergamino y lo desenrolló para leerlo. Mientras lo hacía, la baronesa esperó, apenas disimulando su nerviosismo.
Lord Heidrun, finalmente, levantó la mirada del pergamino y lo enrolló.
-¿Y de que te extraña? –preguntó aceptando la tela que le ofrecía Rodik para secarse la cara.
-¡Maldita sea! ¡Querrán nuestro apoyo para la guerra! –Gil Galen paseó por la sala hasta llegar a la pared, donde se giró, mirando al Conde - ¿De verdad queréis entrar en otra guerra? ¿En una guerra civil? ¿Hermano contra hermano luchando por algo que es simplemente una leyenda? Me han llegado noticias de mi sobrina; en Dolira la revuelta se extiende cada día más...
-Lo sé, Sigfrido Sadagares me envió una carta.
-La Iglesia quiere apoyo, apoyo a favor del Rey ¿por qué si no han esperado tanto? ¿Se lo váis a dar? ¿Les daréis esto también?
El silencio del conde resonó por toda la sala. 

Gil-Galen se acercó al Conde de Primion hasta quedar a pocos centímetros, sin dejar de mirarle a la cara.
-¿Se lo darás, Pilfer? –preguntó de nuevo.
-¡Maldita sea! – El grito del Conde no amilanó a la Baronesa – El ejército imperial se ha adueñado de parte de mis territorios del norte. Sigfrido me pide ayuda en Dolira, los emisarios del Duque me exigen lealtad, al igual que los emisarios del Príncipe... y ahora.... ahora la Iglesia de los Cuatro Puntos Cardinales también me presiona para que apoye al Rey. ¿Me dejo algo?
-El ejercito está al borde de la rebelión... – la voz de Rodik se escuchó alta y clara – La mejoría de la economía del condado no es suficiente para pagarles a todos, y llevan así dos años. Los rumores de la maldición siguen vivos después de tantos meses. Eso no ayuda nada. ¿Sigo?
Pilfer hizo un gesto negativo con la mano. 
-¿Ves? Todos estos tejemanejes políticos a ti te encantan, pero yo no los soporto...
-¡Es vuestro deber! –Gil-Galen levantó un dedo señalándolo acusadoramente -¡Es vuestro maldito deber! ¡Sois el Conde!

Justo en ese momento, las puertas de la sala se abrieron, dando paso a un hombre ni demasiado joven ni demasiado viejo.
-Mi señor…- sus palabras se ahogaron al ver a la baronesa.
Ésta, al escuchar a Drell, bajó la mano y volvió a cubrir su rostro con el velo, dando un paso atrás.

Drell carraspeó ruidosamente. 
-Mi señor, -repitió – venía a informaros de la llegada de la baronesa de Tuksania, pero –agregó mirándola – ya veo que estáis informado de ello.
-Sí. Y con la amabilidad que la caracteriza me ha informado de que próximamente tendrá una visita de Su Ilustrísima el Arzobispo Edelmann. 
-Su Ilustrísima aquí… -murmuró Drell. - ¿Cuándo? 
-Más o menos para la fiesta de la Uva en mi baronía – se adelantó Gil Galen, sin siquiera mirar al Conde, el cual frunció ligeramente el entrecejo.
-Supongo que la Baronesa querrá refrescarse y cambiarse de ropas – Lord Heidrun cambió de tema rápidamente.
Gil Galen miró su capa sucia de polvo y barro y suspiró.
-Sí. 
-Drell, asígnale una habitación. Baronesa, seguiremos nuestra interesante charla en la cena. 

La Baronesa de Tuksania escondió su enfado con el velo mientras hacía una reverencia.
-Mi señor Conde. – Miró a Rodik – Rodik… - Seguidamente se giró hacia las puertas, esperando que el consejero del Conde las abriera, lo que éste hizo raudo. Dio dos pasos, se paró. Volvió a suspirar. – Sí, claro –dijo como para sí misma, pero para que la escucharan todos – Esta noche seguiremos hablando. Y salió de la sala de armas.

-Ummmmmmmm- Rodik habló una vez estuvieron solos – Esto son más problemas.

EFEYL 2005

Arde la Tierra (1ª parte)

Cadáveres… 

Los cuerpos de los muertos decoraban los alrededores de Heigar, como un grotesco mosaico. Las moscas y algunos depredadores mordisqueaban los cadáveres, y el hedor apestoso reinaba en el camino que había entre la inmensa cripta y el campamento del Clan del Viento Gélido. Los únicos sonidos que se podían distinguir era el retumbar de los cascos contra la Calzada Imperial.

De la inmensa y recién construida vía surgieron seis poderosos corceles con sus respectivos jinetes. Se podían distinguir las libreas de Adorien, del Fuego y la Espada, de los Templarios…y liderándolos a todos, el poderoso emblema de la Orden del Dragón, bordado con lujoso hilo de oro, sobre el tabardo de Sir Saulk Blaugir.

El trebuquete imperial, intacto, sobresalía de entre los árboles, indicándoles la ruta a seguir. La pequeña comitiva se adentró, lentamente, en la espesura del bosque. La muerte reinaba en aquel desdichado lugar. Saulk sonreía ante el pesado trabajo que la Parca había realizado.

Atravesando el destrozado asentamiento, se adivinaba la estructura de la ominosa cripta de Ofheim. El Señor Dragón aún podía recordar cuantos espías habían entregado sus vidas para conseguir la información necesaria, guiados por diez años de estudio e investigación en la Biblioteca Subterránea de la Orden. Cuanta gente torturada, cuantas vidas desgarradas… Sir Saulk volvió a sonreír exultante. No cabía la menor duda, era un glorioso día. 

Ante las puertas de la pequeña población, apenas dos siluetas quedaban en pie, después de la barbarie, y otra tercera yacía en el suelo, apoyada contra los bastos muros de piedra. Sobre unas rocas, una forma alargada envuelta en una sobrevesta dragón, y a su lado, un cráneo de dragón, de pequeño tamaño, con sus escamas azules, duras como el acero, cayendo por detrás.

Sir Saulk bajó de su montura, tranquilamente, y con paso firme, decidido, avanzó hacia Xione y la Reina Glaurg, quienes le esperaban con impaciencia. –“Habéis hecho bien”- señaló el dragón, y lanzó una mirada inquisitiva al pobre desdichado que descansaba en el suelo. Podría decirse que eran hermanos gemelos. Ante este gesto, la joven enviada del señor de la batalla dijo – “No esta muerto, mi señor. Aun os servirá fielmente.” – 

Satisfecho, se dirigió ahora a la chamanesa orca. Permanecía erguida junto a una lanza que parecía un árbol con forma de arma, sonreía mostrando sus afilados colmillos inferiores. Sobre sus garras, llevaba entre jirones de piel, arrancados de las vestimentas de sus enemigos, las míticas Tablas, negras como el ónice, rezumando poder de sus inefables runas. – “Vaya” – dijo con cierta sorna – “Parece que nuestra querida aliada se lleva varios presentes” – la orca respondió a esta frase acariciando las Tablas, ebria de poder. – “Has cumplido tu palabra, pielverde; estas tierras son ahora tuyas” – Las palabras de Saulk eran firmes y poderosas – “Ahora, permitiré que presenciéis el momento de mi gloria y como la tierra se volverá negra como la oscuridad de un insondable pozo… ¡¡Apartaos!!” – Y todos se separaron de él, expectantes…

Saulk se acercó a los objetos dispuestos ante sí. Habían sido fabricados con los huesos de antiguos dragones azules, y no se podían catalogar de mágicos. Eran artefactos de poder arcano, objetos de leyenda. El Señor Dragón acarició el cráneo, desgastado por el tiempo, pero ni mucho menos débil. Pudo sentir su tacto, tallado para ser utilizado como yelmo, cuando lo alzaba para colocárselo en la cabeza. Su increíble manufactura lo convertía en un objeto excepcional.

Pero lo que realmente deseaba era la espada…había esperado tanto tiempo… ¿cómo se manifestaría el poder que en ella latía? Saulk no podía esperar. Sin hacer movimientos bruscos, agarró la Espada de Hueso de Dragón suave, pero firmemente, acomodándose a aquel fantástico objeto. Por un instante, pudo sentir el hormigueo de la magia canalizándose suavemente al interior de su cuerpo…

Pero sólo fue un momento, seguido de un atronador alarido.

De inmediato, la espada se ató sobre su mano, y el casco comenzó a aplastarle la cabeza. Sir Saulk, por primera vez desde hacia mucho, mucho tiempo, sentía miedo. Las convulsiones y espasmos que sufrió eran brutales, y se oía el chasquear de sus huesos al romperse sin piedad. Su piel, dura y firme, recubierta de cicatrices, comenzó a cuartearse y desprenderse de su cuerpo. En un momento, Saulk se había convertido en un baño de sangre y alaridos.

Arde la Tierra (2ª parte)

El administrador imperial se encontraba en su tienda acompañado por el mensajero que tuvo la desdicha de traerle el último mensaje.

- ¿Qué quiere decir esto? - Preguntó el Administrador.

- Pe... Pe, ¿perdón señor? - Balbuceó el mensajero.

- He dicho que qué demonios quiere decir esto - Dijo agitando la carta ante su rostro.

- Lord Malibor, señor... Ha, ha muerto... Lo siento, él... Él murió defendiendo la gloria del Orbe, señor...

- ¡Eso ya lo sé! ¡¿Acaso has dudado de Lord Malibor un sólo segundo de tu vida?! Lo que quiero saber, soldado, es porqué Malibor estaba en Kestla, por qué un maldito embajador kendoriano tenía como escolta a nada menos que Saulk Blaugir. ¿Sabes quién es? Por supuesto que no, ¿como vas a saberlo? Es demasiado para ese simple embajador. ¡Y ahora esto! - Lord Ternes de Kralion agitó la carta de nuevo. - ¡Traición! Ese Dragón, ese Saulk, se ha vendido a los Ofheim, a los Orcos, ¿Qué será lo próximo?... Prepara tus cosas, mensajero, hoy no descansarás, a media noche partirás a Kestla. Lord Malibor será vengado.

El mensajero asintió y salió presto de la tienda en la que el Centurión Imperial tenía su centro de operaciones en la larga campaña en el norte del Imperio. Minutos después, Lord Ternes salió de la tienda con su espada en la mano, caminó durante algunos minutos hasta llegar al centro del campamento, al lugar donde todas las tiendas de sus hombres miraban.

- ¡¡Cuarta Hermandad, Quinta Hermandad!! - Voceó el Lord Imperial.

Dos minutos después ambas hermandades, unos 100 hombres, estaban formados ante el Centurión Imperial. Formaban una terrible visión, casi 100 hombres a las órdenes de uno de los más laureados hombres del Imperio. Un centenar de hombres que pensaban a la par por un claro objetivo, por la gloria de Zerika. No había sombra de duda en ninguno de sus rostros.

- Esta noche partiremos, no hay tiempo para más preparativos que vuestras provisiones y armamento, partiréis a Kestla, arrasaréis con todo lo que no sea imperial. Ya sea kendoriano, kalendoriano, orco o humano, no dejaréis más vida que la vuestra en ese maldito lugar. 

¡Traeremos la cabeza de Saulk Bauglir en una bandeja de plata y recibirá las mayores glorias del Imperio. Acabad con los que se oponen al Imperio, no toméis rehenes, no mostréis duda ni piedad, no hay lugar para la traición a Zerika. Que arda la tierra que la traición ha profanado!

Sin decir más palabra el Administrador miró a sus tropas, alzó su espada y gritó: ¡¡Por Lord Malibor y por el Imperio!! 

Sin más, partió a organizar los preparativos para la larga marcha que esa madrugada comenzaría.

Pero no era convencimiento, ni devoción ni seguridad lo que las tropas imperiales mostraban. Tenían miedo, Lord Ternes no ordenaría esta misión, Lord Ternes no destinaría dos hermandades a una región, según Malibor, casi desierta. 

Ésta no era la antigua sutileza del Centurión Imperial, era su ira desatada en forma de violencia lo que había liberado la muerte de Lord Malibor. Varios de los oficiales imperiales pedían por que no quedase ejército ninguno en Kestla, pues estaban obligados a arrasarlos y aplastarlos sin piedad alguna.

Todos rogaban por ellos mismos...

Arde la Tierra (3ª parte)

“¡Mog! ¡Arda la tierra! ¡Arda el Cielo! ¡Envía una lluvia de candente cieno!”

Los cielos habían adquirido un tono carmesí desde que las tropas imperiales golpearan con toda su furia a la horda de la chamanesa pielverde. Ahora una lluvia de fuego ardiente y piedras incandescentes caían desde las alturas por voluntad de la Reina Glaurg, para abrasar a los soldados de su Majestad Imperial.

“FORMACIOOOOOÓN” — Rugía el Centurión Imperial y como el engranaje de una maquinaria perfecta la Quinta Hermandad clavó sus enormes escudos en el suelo enfangado para recibir la carga de una docena de frenéticos berserkers orcos.

Lord Ternes de Kralion casi podía sentir el abrasador calor que se cernía sobre su cabeza. Pronto serían sepultados por un mar de fuego candente, si no le ponía remedio de inmediato:

“¡HECHICERO IMPERIAL! ¡ACABA CON TODO ESTO! ¡ELIMINA A LA BRUJA!”
Un alto encapuchado, seguido de otros siete acólitos, se adelantó a la formación, flanqueado, además, por cuatro soldados acorazados. Con movimientos rápidos y preciosos agitó varios talismanes hacia el cielo y gritando como un poseso desencadenó su conjuro:

“¡Invoco los poderes del Orbe Imperial, que la Emperatriz me conceda el poder para destruir tus conjuros vil criatura!”— el hechicero imperial y sus acólitos giraban hacia el cielo sus brazos de forma frenética mientras elaboraban cabalísticos signos en el aire con sus bastones cubiertos de runas. 

Hubo un pequeño resquebrajamiento en el mar de nubes y un hilo de luz solar se abrió paso entre la espesura, para iluminar a los conjuradores. Las nubes comenzaron a dispersarse y la lluvia candente se transformó en una inofensiva llovizna de cenizas que caía sobre los combatientes a toda velocidad.

No hubo ni un momento de respiro. Los berserkers se abrían paso partiendo los grandes escudos imperiales con su increíble fuerza, pero la voz del mago imperial se alzó de nuevo como un trueno:

“¡Que ardan tus huestes, repugnante pielverde, este valle va a ser tu sepultura! ¡Orbe Imperial recurro a tus poderes una vez más, concédeme el poder para destruir a mis enemigos! ¡Ishá Shala Zeriká!”

De las palmas enguantadas del hechicero de túnica purpúreo escarlata brotaron una decena de luminosas esferas de fuego que devoraban con incandescente furia todo lo que se interponía en su camino de destrucción. La chamanesa pielverde alzó su cadavérico báculo clamando una oración a sus deidades malditas. Las esferas impactaron contra la criatura con estruendosa cacofonía, dejando una senda de cenizas a su mortífero paso.

La humareda sanguinolenta se despejó y tres enormes cuerpos cayeron al suelo, carbonizados hasta los huesos, que asomaban chisporroteantes a través de la armadura fundida. La Reina Glaurg se alzaba triunfante y orgullosa de sus hijos, su guardia personal, los Escudos Orcos.

“Que Gormanga rellene vuestra panza con los exquisitos manjares de su caldero mágico, que saciéis vuestra hambre infinita y luchéis hasta el fin de los días en el Salón de Acero de Mog…” susurró a modo de oración la chamanesa, por las almas de sus guerreros caídos. De inmediato alzó la vista hacia los hechiceros y girando sus garras hacia el cielo rugió enfervorecida:

“Yo soy la Reina Glaurg, patéticos humanos, suprema señora del Clan de los Colmillos Sangrientos, Gran Chamanesa de los Círculos de la Sangre, la tres veces bendita por los dioses de mi raza: Mog el del Puño de Bronce, Gormanga Estómago Infinito y la suprema Gubaramonga, la Diosa Madre. He venido a reclamar vuestras tierras y someter vuestros pusilánimes reinos. Someteos o mi garra soberana os aplastará como los frágiles insectos que sois”.

Con un giro de su báculo las cuencas del podrido tótem brillaron con luz antinatural. La chamanesa abría y cerraba la boca como si estuviese pronunciando algún tipo de palabra secreta, pero sin llegar a emitirla. En apenas unos instantes el hechicero imperial quedó enmudecido, su cara era una mueca de sorpresa y los ojos casi se le salían de las órbitas al descubrirse incapaz de invocar sus poderes para destruir a la maligna criatura. 

Tres docenas de goblins se abalanzaron sobre el mago y sus acólitos, acompañados por sus brujas insecto que, con voces chirriantes y agudas como el rechinar de una cuchilla de acero contra un cristal, convocaron sus poderes. Los guardaespaldas imperiales tuvieron que soltar sus armas, aquejados de terribles calambres nerviosos. No pudieron hacer nada cuando las herrumbrosas armas de las repugnantes criaturas acuchillaban las zonas desprotegidas de su armadura. El cuello y la vida del hechicero y sus seguidores fueron segados en un instante por los machetes de los pielesverdes. Tan sólo una oración gorgoteada quedó en el aire cuando fueron abatidos guardias y magos: “Loada sea la Emperatriz”.

Tras este giro de acontecimientos, en pleno fragor del combate, la desventaja parecía clara, y la derrota inminente para Lord Ternes. Pero, los brutales monstruos no contaban con la sorpresa que el Centurión Imperial les tenía reservada. Las levas de Lotharia, hicieron su aparición, deslizando sus mantos mágicos a un lado y disparando proyectiles dorados en todas direcciones. Arqueros élficos, precisos y mortalmente certeros en combate.

Goblins, berserkers, y todo el que no esperaba el ataque, caía sin cesar como si la Muerte misma se hubiese presentado ante ellos para arrancarles el alma de cuajo. Los proyectiles atravesaban corazones, oídos y cuellos sin cesar. Algunos caían al suelo con apenas conciencia de por qué lo hacían, tan sólo unos segundos después lo descubrían: estaban muertos. 

Un fuerte viento se alzaba furioso alrededor de la bruja pielverde y de sus secuaces más cercanos. Las flechas salían disparadas en todas direcciones en cuanto intentaban atravesar su escudo místico. Estaba claro que estaban perdiendo, la batalla se decantaba ante la superpotencia, ante el Imperio.

Y a pesar de ello, ¿por qué sonreía ese diablo? ¿Por qué se sentía tan jubilosa la chamanesa del pueblo orco? ¿Por qué, ahora, estallaba en carcajadas, como una demente? Una sombra se estaba proyectando sobre la cabeza del Centurión Imperial y la Cuarta Hermandad que lideraba. Una siniestra sombra, desde el cielo, recortada su silueta en la esfera mortecina del sol, que se había atrevido a asomar su ojo brillante entre las nubes carmesíes. 

Fue entonces cuando se desató la masacre.

La criatura, tan grande como un troll batía las alas con furioso frenesí, y sus garras se arrojaban contra los arqueros elfos con mortal certeza. Una nube sanguinolenta cubrió los cuerpos de la Cuarta Hermandad antes de que el monstruo se encarara contra ellos. Los cuerpos cercenados de los elfos cayeron al suelo con un ruido sordo y sobrecogedor. 

Lord Ternes de Kralion pudo reconocer a su enemigo en su mirada: fría, voraz y terriblemente humana. Por alguna extraña razón, sabía que era él el ser que estaba buscando. Que ese engendro de piel azul escamosa, garras como cuchillas, alas correosas y fauces óseas era el hombre que otrora fue llamado Sir Saulk Blaugir.

—¡¡POR ZERIKAAAAA!!— rugió el general, y todos a una erizaron sus largas picas para cargar contra el engendro que rugía delante de ellos como una bestia demente. 

Pero pronto romperían sus filas, a pesar de la determinación y la fe en su Emperatriz. La bestia rugió y abrió sus fauces, y muchas picas se carbonizaron al instante, al igual que muchos de sus portadores, tras la bocanada de cruel fuego que salió disparada de su boca. Como un relámpago, el monstruo batió las alas y cargó con una velocidad inhumana, abriendo armaduras y entrañas de soldados, como mantequilla cortada por acero al rojo.

—¡¡REPLEGAOS!! ¡¡RETOMAD POSICIONES!! ¡AL BOSQUE! ¡AL BOSQUEEE! gritaba Lord Ternes desesperanzado, e incrédulo; nada se oponía al Imperio, y esta batalla se estaba convirtiendo en un completo desastre.

Ugar entrecerró los ojos para dilucidar lo que estaba ocurriendo entre el frondoso entramado de árboles, a los pies del bosque de Heigar. La niebla de batalla comenzaba a despejarse, en parte, por el cese de los combates y, en parte, por los fuertes vientos que se alzaban furiosos del interior al exterior del bosque, como una bestia que intentara tomar aire, asfixiada por la presa de un depredador. Las pequeñas cuentas rojas que formaban los ojos del Cazador Cortacabezas miraron a su señora con devoción y respeto.

“Niebla alzarse, y Ugar no comprender por qué Reina Glaurg no permitir que hueste perseguir humanos y aplastar sus cráneos”.

La Gran Chamanesa no dirigió una sola mirada al campeón de la tribu del Clan Colmillo Sangriento.

“El Wendigo dará buena cuenta de ellos” se limitó a murmurar.

Ugar entrecerró los ojos, poco conforme con la respuesta de su señora y volvió a hablar:

“Eso es, mi Reina. Guerreros querer acabar con humanos. Wendigo llevarse toda diversión; a Ugar no gustar ver hueste descontenta”.

La chisporroteante mirada de Glaurg no se hizo esperar para traspasar al guerrero, mientras éste, comprendiendo su error, retrocedía intimidado ante la furia de la sacerdotisa de los tres Dioses Oscuros.

“No seas estúpido, Ugar Rompecráneos, y no te atrevas a creer lo mismo de mi. ¡Tengo mis razones! Ése es territorio del Wendigo. Una vez creí poder dominarle, cuando apenas había sido invocado; pero se me fue de las manos… ¡lo admito! Si tus guerreros entraran ahí dentro no cuentes con volver a verlos jamás. El Wendigo reclama la vida de todo aquel que se acerque a su guarida: humano, animal u orco. No quiero más discusiones”.

Ugar asintió con un gruñido.

Unos segundos después, la monstruosa criatura que diezmó las huestes del Centurión Imperial descendió de los cielos con mefítica solemnidad, agitando sus alas pausadamente, mientras sus súbditos se arrodillaban al unísono ante su presencia. Sólo la Reina Glaurg y algunos de sus lugartenientes permanecieron en pie esperando las palabras del nuevo Señor de la Oscuridad.

“VEO UNA TIERRA, NEGRA COMO EL CORAZÓN DE UN DEMONIO. AQUÍ Y ALLÁ SE ALZARÁN TORRES DE PUNTIAGUDAS CÚSPIDES, GOBERNADAS POR LOS LUGARTENIENTES DE MIS HUESTES. HOY, TIERRA NEGRA SE ALZA TRIUNFANTE, Y NO DETENDRÁ SU PASO CONQUISTADOR ANTE TODO AQUEL QUE OSE OPONERSE A MIS DESIGNIOS. ¡¡QUE ARDA LA TIERRA!! Y CON ELLA ARDAN TODOS LOS INSENSATOS QUE ALCEN SUS ESPADAS EN NUESTRA CONTRA. ¡¡¡HA LLEGADO LA HORA DE QUE CUMPLÁIS LA MISIÓN QUE SE OS HA ENCOMENDADO, HA LLEGADO LA HORA DEL APOCALIPSIS…!!!”

Canciones en la Espesura

La tarde caía y el sol aún se mantenía en lo alto sobre una fría primavera. En la plaza de un pueblo, los aldeanos hacían una pausa en sus quehaceres diarios para llevarse algo a la boca. Poco antes, a las puertas del poblado había llegado una pequeña figura que ahora parecía buscar por el suelo migas de pan o algún insecto que pudiera servirle de alimento. Su estatura era la de un niño pequeño, y caminaba encorvado y renqueante, como si hubiera recibido muchas palizas. Estaba cubierto por una capa apagada, mugrienta, e iba embozado de tal forma que apenas dejaba ver sus ojos oscuros. Parecía haberse rebozado en un barrizal, probablemente no por gusto. Colgadaoa su espalda llevaba un tosco instrumento de extraña manufactura, lleno de abollones y con una única cuerda.

Tímido, se acercó con la mano extendida a un hombre que devoraba una manzana sentado junto a una fuente.

-Vete a pedir a otro lado canijo, y no molestes a quienes trabajan para ganarse la comida– El hombre siguió comiendo, observando su propio reflejo en el agua de la fuente.

Se dio la vuelta, y contempló de arriba abajo a la pequeña figura, que permanecía inmóvil, reflejando tristeza en su mirada–. ¿Que pasa, eres sordo? –No obtuvo respuesta. 

El individuo se percató del extraño instrumento que colgaba tras el hombrecillo. Pensó durante unos segundos, y le dijo de sopetón, malhumorado: –Gánate la comida. ¿Para qué quieres ese instrumento si no? ¿Acaso eres un juglar? Si lo hicieras bien, quizás alguien se apiadara de ti.

La encorvada figura alzó la vista, y sus ojos brillaron de alegría. De un salto, se subió al borde de piedra de la fuente, y tocó la cuerda de su extraño instrumento. Al oír su estridente voz, el hombre se arrepintió de haberle instado a cantar. Se había hecho silencio en la plaza, y los pocos aldeanos que por allí vagaban, prestaban atención horrorizados.

Escuchad a este juglar que os canta en esta hora, la historia contaré de una bestia aterradora. Con sus fauces insaciables la carne devora, si os encontrarais con él huid sin demora.

En la oscuridad habita en una negra tierra, esa bestia maldita saciándose allí yerra. Para ablandarte te lanza fuerte por los aires, y una vez machacado te devora las carnes.
En la oscuridad de los bosques nunca te adentres, no sea que el Wendigo contigo llenara el vientre.

Jamás lo podrían imaginar vuestras mentes, ataca sin avisar, ataca de repente.

Al Wendigo nada detiene.
Tened cuidado,
Que con miedo no os envenene, 
Huid de su lado.

Que viene... que viene...

Al acabar la canción, el juglar se encontraba solo en la plaza. Las caras de horror por la desafinada voz, pronto fueron minucias y se habían convertido en expresiones de auténtico pavor. Mientras cantaba, todo el mundo se había refugiado en sus casas. Aquellos que jamás habían oído ese nombre se estremecieron, y el resto confiaban en que jamás volverían a oír hablar de esa criatura maldita. El juglar miró a su alrededor desanimado, y en la desolada plaza solo encontró una manzana mordisqueada, que había sido abandonada. La cogió, y retomó su camino a ninguna parte.

Antes de salir del pueblo, escupió en el suelo y blasfemó... la manzana estaba podrida.

Cuando Llegue el Amanecer

Cantares de Gloria

En la plaza de Ardrey la gente paseaba entre risas y voces. El bullicio se debía a las fiestas locales, que habían atraído a muchas gentes, y los tragafuegos y feriantes callejeros creaban amplios círculos de paseantes. Un juglar había captado la atención de unos cuantos aldeanos, y cantaba las hazañas de muchos caballeros, historias que el pueblo siempre estaba gustoso de oír. 

“…Y desde aquel momento, se le conoció como Sir Verdelt el poderoso… Mas no partáis aun, queridos amigos! Tan raudo como un ciervo os cantaré la historia de un caballero que bien conoceréis, de aquel que Dios en su infinita sabiduría... pero no vayamos tan rápido, relatemos desde el principio...”

“Como el viento vuela
Corre la leyenda
de aquel que un día dio
Su vida por esta tierra

Valiente como el sol
que a la oscuridad desafía
la tierra florecía
a su alrededor

También era un gran señor
justo en su sabiduría
el malvado perecía
bajo su recto fervor

Siempre leal, ¡más que ninguno!
de su sangre sufrió la traición
pero la virtud de su corazón
le dio la victoria en el oportuno momento 

Todo aquel bajo su defensa
ya fuese noble, clero o villano
nunca recibió ofensa
que con justicia no hubiese acabado

Y su coraje quedó demostrado
contra los del norte, bastardos
los cuales todos huyeron
ante su poder desesperados

Supo hacer de su fe
la mejor de las armaduras
no hubo brujería o hechizo
capaz de romper su hermosura

Mas no creáis, compañeros
que mordió el anzuelo del orgullo
pues jamás le tembló la voz al elevar 
el mérito de los demas por encima del suyo

Muy generoso fue
para algunos el bienhallado
no hubo real o ducado
que no compartiese con el necesitado

La nobleza fue su constante
su porte y sus actos narraban
de forma más hermosa que un servidor
cómo tan sólo mejorar deseaba

Adalid de la verdad
siempre sincero y franco
fiel a los ideales de la majestad
pues no hablo de otro que de Aldrión, el deseado”


La multitud, que se había mantenido silenciosa durante todo el cantar estalló en aplausos y vítores, y los ducados (y algún que otro real) fueron lanzados a Garlan el juglar. Éste hacía reverencias y sonreía. Las historias de caballeros hacían que las gentes enardeciesen si se narraban en los momentos adecuados. Él mismo había sido escudero antes, y conocía muy bien las virtudes de los caballeros. Puede que no todos fuesen perfectos, pero había algo en ellos y en sus leyendas que realmente les colocaban por encima de los demas... aunque ya no podría comprobarlo... 

Pero siempre le quedaban los cuentos y las leyendas que conocía y que intercambiaba con otros bardos. Cantándoselas a aquellas gentes, se sentía en cierto modo un caballero, que les daba a aquellas gentes aventuras con las que volar a través de las tinieblas de la vida cotidiana, porque puede que los caballeros caguen y meen como los demás, pero no viven como cualquiera.

Mientras pensaba en estos asuntos, un caballo se le acercó al paso. Una figura grande y fuerte iba subida al hermoso caballo que a ojos de Garlan era fácilmente reconocible como un caballo de guerra. El juglar se inclinó ostentosamente y dijo:

“¿Qué os puede ofrecer mi humilde persona, Señor?” –No le había costado nada deducir que se encontraba ante un caballero. había contestado con cortesía, pero sus piernas estaban preparadas para salir corriendo por si acaso alguna de sus anteriores historias había podido ofender de alguna forma al guerrero...

Una voz levemente rasposa le contestó– “Mi pobre heraldo murió por enfermedad hará una semana, y he oído que se os dan bien las historias de caballeros. Quizás os apetezca conocer de verdad alguna de estas historias, y así ambos saldríamos ganando algo” –Dejó caer, como quien pregunta cuánto cuesta una lechuga.

Garlan no tuvo que meditar ¡¡estaba claro que aceptaría!! Era su oportunidad de refrescar su haber de historias... y... ¿quién sabe? Viviendo con caballeros puede que se te peguen sus virtudes, y con suerte cumplas tus sueños de verte envuelto en una armadura y a lomos de un corcel... pero sólo si demuestras ser digno de ello...

EFEYL 2006

La noche de los Báculos Rotos

Un renqueante sacerdote se arrastraba entre lamentables despojos cuando pudo divisar a un grupo de hombres que acampaba entre el tumulto. El anciano agitaba sus ropajes harapientos y raídos, pisoteándolos contra el suelo para apagar algunas llamas que habían prendido el bajo de su túnica. Con un nuevo estruendo, la tercera torre negra se resquebrajó y derrumbó en unos segundos como el dedo podrido y carbonizado de un leproso.

Las máquinas de asedio continuaban gruñendo como bestias adormecidas, mientras los proyectiles impregnados en líquidos incandescentes continuaban golpeando la torre al mismo tiempo que ésta se precipitaba sobre los pobres desgraciados que intentaban huir del lugar sin éxito.

El sacerdote giró su mirada alrededor y pudo ver a los campesinos y, también multitud de sirvientes que habían salido ilesos de aquel holocausto. Suspiró, agotado por todo lo ocurrido durante esa noche que no parecía tener fin, la matanza le había revelado grandes verdades sobre lo que ocurría en su nueva patria y debía compartir sus conocimientos con el vulgo.

"¡Acercaos, siervos del Señor Dragón, si queréis conocer lo ocurrido esta noche aciaga para nuestra patria, la noche en que la traicionera nigromancia recibió su justo castigo aquí, en la mismísima Tierra Negra!" – gritaba el viejo con voz cascada, para atraer a los que quedaban rezagados entre ruinas y cenizas.

"Prestad atención y conoced de mis labios lo ocurrido, esta misma noche de horror y muerte, en los salones del Señor Dragón Saulk Blaugir" - Todos los congregados se estremecieron al oír el nombre de su gobernante.

"La pasada noche, pude ver como uno de los contempladores conducía a un grupo de encapuchados por los corredores de la Gran Torre hasta la presencia del mismísimo Señor Dragón. En sus manos portaban una leyenda viviente, la Espada del Amanecer, que, según he podido oír, no sin poco esfuerzo consiguieron recobrar de las entrañas del bosque de Aretus y de sus demoníacos sirvientes"

"Algunos sirvientes de la gran torre aseguran que llegaron hasta las mismísimas Puertas de Hierro, el último bastión que precede la entrada al Gran Salón, dicen que el mismo Señor de Tierra Negra había dado instrucciones precisas para que se les condujera directamente hasta su presencia. Os puedo asegurar que ni yo mismo podía creer lo que veían mis ojos, habían conseguido traer hasta nosotros la espada legendaria y no sin grandes dificultades, la vil semilla de la traición estaba germinando dentro de nuestras filas. El campeón de Tierra Negra, el cadavérico Verdugo, les delató a todos, así como uno de sus escuderos que pretendía dar muerte a la bendita progenitora del Heraldo Dragón, el niño nacido de las entrañas de esta mujer - decía el sacerdote con gran fervor mientras señalaba el rostro sombrío de una mujer encapuchada.

La muchacha parecía sujetar entre sus brazos un bulto gimiente envuelto en una deshilachada manta de color marfileño y que estaría dispuesta a dar su vida por él. A su vez, estaba flanqueada por dos guerreros acorazados, uno armado con una lanza y un enorme escudo y el otro con dos espadas gemelas de aspecto fúnebre. Otra chica permanecía a los pies de Tormaleus sujetando lo que parecía ser un pequeño cofre con mucha fuerza, tanta que sus nudillos estaban blancos de tensión, fuese lo que fuese lo que había salvado de las llamas parecía de vital importancia para ella.

"Pero dieron justa muerte a esos malnacidos y consiguieron llegar aquí sanos y salvos. Consiguieron llegar frente a las Puertas de Hierro, como ya os dije, pero un grupo de soldados esqueleto cerraron filas y les impidieron traspasar el umbral, sus órdenes parecían claras <<Nadie debía atravesar las Puertas de Hierro con vida>>. El abominable contemplador parecía contrariado, así que decidió tomar otro camino. Ahí es donde se perdió la pista de estos héroes, pues desaparecieron por alguna oculta entrada secreta que daba a las mismísimas entrañas de la tierra".

"Pero según cuentan, tras dar un sinfín de vueltas por un millar de corredores y escaleras, el contemplador dio con una entrada secundaria al Gran Salón. No obstante, el lugar al que dieron no parecía ser el Gran Salón de nuestro Señor, sino una estancia abovedada, fría y legamosa, donde una criatura, que en el pasado fue un humano, se debatía entre horripilantes aullidos. El monstruo, mitad hombre mitad dragón, permanecía agazapado sobre la gélida piedra desnuda del pavimento. No parecía poder moverse, encadenado como estaba al duro suelo de piedra por gruesas cadenas de acero"

"Y hasta el mismo contemplador que los guiaba parecía dudar de lo que se presentaba ante sus múltiples ojos, como si jamás hubiera imaginado que ese era el ser al que había estado sirviendo desde el momento de su creación, al que ¡todos! habíamos estado sirviendo. Con inseguridad, pero presentando sus debidos respetos hizo entrega de la espada al señor de la tierra"

"Poco sabemos de lo que ocurrió después, apenas un par de historias inconexas de algunos testigos y supervivientes a la destrucción que se provocó. Dicen que el Señor Dragón Saulk, como despierto de un sueño que le había tenido aletargado durante varios meses cobró conciencia de sí mismo, de su situación. Una neblina verdosa cubría su correosa piel que parecía brillar con luz antinatural. La Espada del Amanecer se desprendió de una de sus garras, inerte, como un cuerpo al que se le ha drenado toda la sangre de su interior"

"Sir Saulk se alzó con renovadas fuerzas y comenzó a interrogar al Contemplador sobre la situación de Tierra Negra en estos días. Cuentan que el resto permanecían a la espera de nuevas órdenes, mientras el contemplador contaba con voz desalmada cómo se habían alzado las siete torres oscuras, el Pozo de la Sangre, la Torre de la Vigilancia, como ardían los campos allá donde llegaban los caballeros de nuestra nación, cómo los orcos devoraban todo a su paso y cómo los brujos construían sus ingenios, criaban a sus monstruos en sus cubiles y subyugaban a los pueblos conquistados bajo sus hechizos"

"Y dicen que el Señor Dragón tan sólo pudo gritar <<¡TRAICIÓN! ¡TODO AQUEL QUE HAYA GOBERNADO MI REINO EN MI NOMBRE REGARÁ CON SANGRE TIERRA NEGRA! ¡LAS TORRES DE ESOS NIGROMANTES SERÁN DESTRUIDAS Y REDUCIDAS A CENIZAS! ¡NADIE OSA TRAICIONARME Y SALE ILESO DE SU SOBERBIA! ¡QUE ARDA LA TIERRA!>>"

"Los rugidos de furia del hombre dragón resonaron por toda la estancia e incluso más allá. Las cadenas no pudieron resistir la tremenda presión que ejercía la fuerza de aquel coloso, gruesas láminas de fuego salían despedidas por sus fauces y el aire se cubrió de un fétido olor a azufre. El Señor de Tierra Negra estaba fuera de sí, los que presenciaron ese momento no pudieron hacer otra cosa que salir corriendo de aquel lugar mientras Saulk golpeaba las columnas y resquebrajaba las paredes de la estancia con sus garras"

"Algunos de los presentes son esos supervivientes aunque nada se sabe del contemplador. Su paso era demasiado lento como para haberse salvado. Ya veis que la ira de Sir Saulk va más allá de cualquier maldición que pueda arrojar nigromante nacido y muerto bajo la cúpula celeste. Es así como llegan estos días de incertidumbre pues el resto ya lo conocéis. Uno por uno los seis lugartenientes del nuestro Señor están siendo eliminados o sometidos bajo el verdadero gobernante de Tierra Negra. Saulk Blaugir ha tomado de nuevo el mando sobre los ejércitos que aún le eran fieles y no se pudrían bajo sus armaduras, y ha exterminado a todo aquel que ha intentado oponérsele."

"Llegan nuevos días para Tierra Negra ¡Sí, hermanos! ¡Habréis de escupir y blasfemar contra todo aquel que ose utilizar el arte prohibido de la magia negra, pues estuvimos a punto de caer en manos de esos podridos traidores!"

"La nigromancia queda abolida de estas tierras y perseguida allá donde vuelva a resurgir. Hay nuevos planes en el horizonte, y yo, un humilde hombre de fe, habré de verlos cumplidos bajo las Cuatro Virtudes Cardinales de la Guerra: Coraje, Determinación, Gloria y Gobierno, pues llegan los tiempos de la venganza, días sedientos de sangre"

La guerra se extendía por doquier alrededor de los congregados. Las tropas de Saulk golpeaban las torres negras con los enormes proyectiles de los trebuquetes, mientras las barracas de no-muertos eran asaltadas a golpe de ariete. La carne pútrida de los muertos cubría el suelo y era reducida a cenizas bajo las llamas de las antorchas de los sacerdotes y sus acólitos que se afanaban en purificaban la tierra de aquella lacra.

Una sombra se alzaba entre las nubes y lanzaba bocanadas de fuego verde azulado sobre la cuarta torre negra donde una docena de brujos arrojaban hechizos sobre el medio dragón. Pero pronto su número quedó diezmado a golpe de colmillos, garras y fuego. La criatura se lanzaba en picado sobre los heréticos traidores y los alzaba en el aire para después dejarlos caer desde las alturas a su perdición.

La cuarta torre negra se resquebrajó y sus cimientos no pudieron aguantar el peso de la dañada mole que cayó a pico sobre el suelo. Entre las ruinas los soldados daban muerte a las criaturas que aún podían ponerse en pie de forma antinatural. Pero poco a poco los poderes de la nigromancia iban perdiendo fuerza.

Entre la masacre dicen que el dragón azul del estandarte de Tierra Negra se desprendió de la oscura bandera y vino a caer sobre el charco de sangre que había brotado del exangüe cadáver de un brujo y que las nubes que cubrían ese reino comenzaron a despejarse para dar paso de nuevo a los primeros rayos de luz del sol naciente.

Guerra (1ª parte)

¡Guerra! ¡La guerra ha llegado a nuestras fronteras! ¡Todo hombre, anciano o niño capaz de alzar una espada debe movilizarse al frente en la frontera suroeste del Condado de Zermas!

Las tropas del Príncipe usurpador se ciernen sobre nosotros, los caballeros dragón han iniciado la quema de los campos de cultivo de esta santa tierra mientras su gobernante, el Conde Obispo Aristeo, aún se encuentra de camino a la ciudad, atrapado en un temporal de nieve y hielo en la frontera con el marquesado de Minadân.

A nadie le cabe la menor duda de que la red de espionaje de Galier ha funcionado a la perfección y que la ausencia del Conde Obispo no es una mera casualidad... ya se habla de magia oscura. Se dice que los hechiceros de los que el Usurpador se sirve para sus propósitos convocan nubes tormentosas que persiguen al Conde Obispo allá donde va. 

Pero aún queda esperanza, hijos de Copomar. El Rey Aldrion ha regresado y ha convocado a sus caballeros, los caballeros de la Orden del Templo de San Anselmo. Cinco mil soldados se amontonan ahora en la frontera oeste del ducado, esperando el momento de entrar en combate al lado de su señor.

La Duquesa de Copomar, ha enviado un batallón de Águilas Plateadas y se espera que el Duque Consorte traiga refuerzos de Kalendor en unas semanas. Fieros soldados de armaduras negras y capas amarillas que se unirán a nuestra causa.

Guerra (2ª parte)
La corte estaba intrigada.

Hacía tiempo que no se convocaba una audiencia general como se había convocado en estos instantes. Bien es posible que fuese porque el difunto Lyrdan no era muy dado a las celebraciones, bien por la situación de necesidad actual que aconsejaba prudencia.

Fuese cual fuese el motivo, el anuncio que querían hacer se retrasaba…

Tras unos tensos minutos, un paje se abrió camino, como aparecido por arte de magia entre las cortinas del salón, y con un reverencioso gesto y un sonoro golpe en el suelo, anunció a voz en grito:

—Entra en la sala nuestra señora Lady Niowyn, Duquesa de Copomar, leal vasalla al Rey. La acompaña su Ilustrísima, el Obispo Langreus de Copomar. —y se retiró tan rápidamente como había aparecido.

Los portones principales se abrieron y entraron el Obispo y la Duquesa, ésta cogida del brazo de su tío. En el rostro de la joven gobernante se veía la preocupación, marcada por la situación de guerra. El Obispo mantenía un porte más sereno. Caminaron juntos hasta el trono de la sala, donde Niowyn se sentó, dejando a su tío de pie a su lado, que comenzó a hablar.

—Lady Niowyn y yo hemos hablado sobre la situación actual del ducado y de todo el reino. Es un momento de peligro, y necesitamos mantenernos firmes y confiar más que nunca en nosotros, y apoyarnos para superar la adversidad. Vuestra duquesa es consciente del peligro que supone actualmente la disputa entre el soberano de Kendoria y el usurpador para su vida y para la de su hijo. —en este punto, algunos murmullos se alzaron entre la nobleza congregada en el salón, por lo que Langreus se vio obligado a alzar levemente la voz—. Por ello, después de deliberarlo con sus consejeros, Lady Niowyn de Copomar ha tomado la decisión de proponer al Rey de Kendoria la siguiente medida: con su Real Venia, se modificarían las captulaciones del matrimonio que une a Nuestra Señora la Duquesa y Lord Proceas Auros, de suerte que este último sea, por la gracia de Quien Gobierna en los Cuatro Puntos Cardinales, Duque de Copomar, igualándose ambos en soberanía sobre el ducado tanto ahora, en 
tiempos de guerra, como siempre. Lord Robert Gascogne, consejero del Rey Aldrion, y su voz en ausencia del mismo, nos ha traído en el día de hoy la Real Venia para que sea así, por lo que, con el permiso del Rey y la bendición de la Santa Madre Iglesia Lord Proceas Auros es ya Duque de Copomar. —la agitación entre los nobles aumentó. Cortesanos y enviados de la nobleza que no había podido acudir dialogaban con sus acompañantes, asentían, se miraban con gestos extrañados… Algunos se alegraban, mientras que otros abandonaron la sala discretamente—. Os rogamos que en estos momentos de necesidad seáis leales y comprendáis las circunstancias que nos llevan a…

Pero no pudo continuar. Un hombre se encaminó hacia el centro de la sala, proclamando infamia a voz en grito:

—¡Es un ultraje! ¡Ese hombre adoraba a una religión pagana y es un gran cargo político en su tierra! Ha envenenado la mente de la duquesa para obtener semejantes poderes y así manipular nuestra política. ¡Haciendo este nombramiento sólo estáis traicionando a vuestra patria! —declaró sentenciosamente, señalando hacia la duquesa. 

La tristeza había invadido el rostro de ésta. Miró al suelo unos instantes y se alzó, casi con desgana o resignación. Había rezado por evitar esta situación, pero aquel que reina en los cuatro puntos cardinales había creído necesario imponerle esta prueba. Y ella no
pensaba fallar:

—Mi señor, no se a quién representáis, pero bien parece que no hayáis escuchado lo que mi señor tío acaba de anunciaros. No es este el momento de tener disputas, sino de apoyarnos entre nosotros. Esta decisión que ahora os comunico no será revocada bajo ningún concepto. No tengo por qué daros explicaciones, pero aun así os diré, para que os quede claro, que mi señor esposo y vuestro actual duque no se encuentra en la corte, y no sabe absolutamente nada de esta decisión que he tomado —los ojos de la joven se humedecieron, y su voz tembló un instante, pero eso no la detuvo— Sabed además que vuestra insinuación de que nuestro matrimonio es una farsa no puede ser más lejana a la realidad, pues fue mi padre, el Duque Lyrdan, el que hizo que nuestro matrimonio fuese posible. El matrimonio se celebró ante los ojos de Dios y es tan verdadero como la tierra que pisáis; y si no fuese así, Dios no lo habría tolerado ni habría recompensado nuestra unión con un hijo, el heredero que pronto saldrá de mi vientre.

El obispo tomó a su sobrina de los hombros y la instó a sentarse cuando ella hubo terminado. Él mismo proclamó el final de la reunión y acompañó a la duquesa a sus aposentos. A solas de nuevo, ella parecía más reconfortada.

—Excelencia, habéis estado muy bien. Estoy seguro de que la nobleza entenderá y apoyará esta decisión que habéis tomado, no os preocupéis.

—Oh, tío, no necesito ahora otro cortesano —le contestó ella, mientras le tomaba la mano— sino a mi querido Langreus. No debí haberle contestado, ¿verdad? No fue una buena idea. Ahora he quedado como una niña delante de toda la corte.

—Niowyn, en parte aun eres una niña, y eso no se puede cambiar. Sois joven, pero os habéis defendido frente a la acusación con firmeza. Creo que lo habéis hecho bien. Ese hombre no era más que un joven noble con mucha ambición, mucho miedo, o quizás ambos. No creo que vuelva a molestaros.

—No, por supuesto que no —afirmó ella casi con rotundidad—. Pero no puedo permitir que los vientos de la duda y la deslealtad se expandan por Copomar. Averiguad quién es ese hombre, tío, y cuando lo sepáis decidle a Sir Edric Goch que se encargue de que sea 
arrestado y retenido en un torreón hasta nueva orden. Y espero que sea el último que desafié mi autoridad…

Langreus se levantó dubitativo, pero salió de la estancia y reportó al caballero tal y como su nieta le había dicho. Por su parte, Niowyn meditaba; si Dios le había impuesto esta prueba, ella no iba a fallar. Tomó una pluma y pensó que ya era hora de informar a su señor esposo de los poderes que ahora le pertenecían, antes de que se enterase por terceras personas.
Guerra (3ª parte)
—Sí, amigos, como lo oís. Kalendor nos abandona a nuestra suerte... Ayer les oí hablar a los dos, ya sabéis al consejero del Rey y al Duque; el Rey ya partió. Si no, estoy seguro de que habría puesto a ese extranjero en su sitio —comentaba un guardia a sus compañeros de patrulla—. La situación tiene que ser delicada si el consejero tiene
que pedir ayuda a Kalendor... No me gustaría estar ahora en Rhoden, ¿sabéis?

El silencio fue más duro que cualquier respuesta que pudiesen haber dado sus compañeros.

—Y... ¿Qué fue lo que dijeron? —preguntó el más joven de todos—.

—Pues no pude oír toda la conversación, pero el consejero le exigió que aportara las tropas de Kalendor a nuestra lucha contra el Usurpador. Pero por lo visto nuestra duquesa no quiere que Kalendor nos ayude. Piensa que nos valemos nosotros mismos para vencer esta guerra... Luego dijeron algo sobre que las tropas de Kalendor no son
del duque, que él en su tierra no es el mandamás y por eso no puede enviar tropas, porque tendrían que hacer una reunión o algo así con todos los que son como él para poder enviarnos tropas... Y claro, a él Copomar le importa, pero al resto de sus iguales... Creo que sabéis a lo que me refiero.

Todos asintieron pesadamente y continuaron con su ronda.

—Ah, y luego está el Imperio, claro... Como es otro reino no puede inmiscuirse en nuestros problemas. Bueno, tendríamos que ser el mismo reino y claro, entonces el Imperio miraría a otro lado y todo eso, pero eso es como pedirle tierras al marqués —dijo el guardia que relataba la historia sonriente—.

Tras alguna pequeña carcajada se volvió a hacer el silencio. La noche era tranquila y fría y nadie se molestó en llamar a la guardia aquella velada. Sólo uno de los guardias, uno que parecía recio y bastante duro, rompió el silencio en lo que quedaba de noche...

—Esto no es nada bueno... ¿verdad?
Guerra (4ª parte)
Un hombre ataviado de púrpura y oro llamó con fuerza a la puerta.

—¡Correo Imperial!

Un chirrido indicó la retirada del cierre, y la puerta se abrió pesadamente, dejando ver la figura de un ayudante de cámara. Sobre el escritorio, Sir Roger Gascogne… mejor dicho, Lord Roger Gascogne, actual consejero del Rey, manejaba papeles con un gesto de preocupación. Alzó la vista un instante, despejó la mesa lo mejor que pudo e indicó al sirviente que se retirase. El correo seguía firme, de pie, mientras Roger aseguraba la puerta de nuevo, y se dirigió a él de forma clara.

—Bienvenido. Excusad las precauciones, pero últimamente hasta las paredes tienen oídos —el correo asintió, dubitativo—. ¿Ha llegado algún mensaje de Rhoden?

—No, mi señor. Las líneas de viaje funcionan a intervalos irregulares. A pesar de que los correos imperiales poseemos cierta inmunidad, puede que algún bandido, o quizás las tropas por pura precaución, hayan decidido interceptar a alguno de mis compañeros.
Pero también puede ser que no hayan enviado mensaje alguno. No sabría deciros, milord.

Obviamente, no eran buenas noticias para Lord Roger, que puso cara de preocupación. Si la ausencia de noticias se debía a que la situación se estaba manteniendo, o a que realmente los altos cargos de Rhoden ya no podían acceder a los correos, eso él no podía saberlo. El silencio era la peor de las respuestas que podía recibir.

—Está bien. Necesito que enviéis este mensaje de forma especialmente urgente. Debe llegar lo antes posible al maestre de la Orden Templaria —le entregó un pergamino enrollado y lacrado con su sello personal—. No toleraré el más mínimo retraso.

—Como gustéis, mi señor.

El correo se levantó al mismo tiempo que Lord Roger, el cual corrió el pesado cerrojo de nuevo y despidió al mensajero con la misma presteza con la que le había recibido.

El Destino de Barag

Tras la victoria sobre el enemigo, la tierra se había tornado hostil, y una extraña plaga, mitad física mitad espiritual, asolaba a los vencedores. Los soldados caían enfermos de cuerpo o alma, y en tanto unos sufrían fiebres, mareos y vómitos, otros se dejaban embargar por una siniestra apatía, que parecía flotar en el ambiente como un negro manto de oscuridad.

Los legionarios se mantenían en sus puestos por pura disciplina y orgullo, pero era evidente que el estado del campamento era lamentable.

Barag Bashkar inmerso en sus pensamientos, deambulaba por el interior de la tienda de mando. Observaba el baile de sombras producido por las antorchas en la oscuridad de la noche, esperando descubrir en él alguna señal... cualquier señal.

Los pasos del augur no se correspondían en absoluto a los del glorioso general que en el invierno anterior había marchado sin titubeos hasta la belicosa linde thalesiana. Vacilantes, erraban de acá para allá, trazando un camino tanto o más caótico y sin fin como las mil preocupaciones que atosigaban su cerebro. Perdido en un deambular sin rumbo, se dio cuenta de que ya casi arrastraba los pies. La fatiga del convaleciente lo hizo postrarse de nuevo en el jergón de campaña.

El campamento, más allá del umbral de su tienda, era un silencioso bosque de tiendas, cenadores improvisados y hogueras de débiles llamas. La inacción era absoluta. Por las mañanas, las escasas rutinas de la vida castrense disipaban el espantoso tedio, pero al caer la tarde... con las sombras, crecía el desánimo. Nada que hacer, salvo pelear contra el aire enrarecido por las miasmas de los enfermos, el hastío y la espera.

Barag no era ajeno al malestar de sus hombres. Incluso él se había visto afectado por el insalubre lugar. No solo la tierra parecía emponzoñada y maldita, sino que incluso la comida y el agua resultaban insalubres, y muchos hombres habían caído gravemente enfermos con una rapidez inaudita, alentando las sospechas y rumores de que las provisiones estaban envenenadas. Sospechas que compartían Barag y sus oficiales, más aún tras la súbita e inexplicable desaparición de Alexandra Imbris, una de las alquimistas del ejército. La zona estaba deshabitada, y resultaba difícil creer que se hubiera perdido, lo cual, combinado con sus habiidades para preparar pociones, la convertían en máxima sospechosa. Sólo gracias a los denodados esfuerzos de los sanadores de la unidad, y habiendo agotado los suministros médicos (incluso el augur había vaciado su botiquín personal, contra las protestas de su médico y oficiales), habían evitado la muerte de innumerables soldados, pero aún asi casi un tercio de los soldados estaba incapacitado en su lecho, y el resto, aunque cumplía con sus quehaceres diarios, distaba enormemente de estar en óptimas condiciones.

Eso le molestaba particularmente. Este no era el bien merecido descanso que había planificado para sus victoriosos legionarios. Un soldado se merece algo mejor después de haber arriesgado la vida por su patria.

¡Un cuerno sonó e interrumpió la enésima maldición lanzada al aire por el augur!

Se sentó en el jergón y escuchó. Hubo un instante de silencio. Barag llegó a pensar que en su desespero, había creído oír el cuerno, pero de nuevo, y ahora claramente, resonó el profundo sonido por el pequeño valle.

Enseguida, como si comenzase a llover, las voces inundaron el campamento. Barag se levantó con esfuerzo y quedó de pie, a la espera de que el heraldo le trajese las nuevas. Fuesen cuales fuesen, supondrían un cambio, justo lo que necesitaba aquel destacamento. Dos pesados pasos lo llevaron junto al umbral. Desde allí pudo ver a un joven, uno de los más nuevos, que trepaba por la colina hasta su tienda. Llegó jadeante:

- Señor, caballos, estandartes kalendorianos.-

La esperanza iluminó la cara del augur, provocándole incluso un ligero vértigo en el estómago.

- ¿Cuántos vienen?

- Una comitiva de caballos y carretas de suministros, señor. Traen insignias del Consejo de Augures.

Por fín parecía terminar la espera.

- Bien, soldado, recibiré en mi tienda a quien esté al mando de la comitiva. Prepara el recibimiento y avisa al oficial de abastecimiento.

- Sí, señor.

El soldado traspasó presto el umbral. Barag, haciendo lo posible para obviar el entumecimiento que agarrotaba sus músculos, se puso la coraza y la capa. Tardó más de lo habitual, pues no contaba con su asistente personal, que actualmente había ingresado en el regimiento de los Alciones, pero aún así, los minutos que distaron entre la partida del heraldo y la siguiente señal de actividad se le hicieron eternos. Su carácter le exigía más que la precaución y decidió salir él mismo de la tienda en busca del responsable de la comitiva.

No bien lo hiazo reconoció una silueta vestida con la toga senatorial y envuelta en pieles que subía por la senda en la oscuridad de la noche, y su sonrisa se desvaneció lentamente al comprobar que se trataba de alguien a quien aun pudiendo a veces llamar aliado, nunca pudo llamar amigo:

- ¡Salve, Proceas! Nunca hubiera esperado que precisamente tú fueses el portador de las buenas nuevas.-

- Te saludo, Augur Barag. ¿Es que las legiones ya no forman cuando un Augur visita el campamento?-

- Bastante pesa ya sobre mis hombres la negrura de esta tierra maldita. Ahorremosles esfuerzos vacíos.-

Durante unos instantes, pareció que Proceas iba a contestar, pero luego lo pensó mejor y asintió gravemente.

- Ven, hablemos en la privacidad de mi tienda.- le instó Barag.

Los dos hombres entraron en la tienda y se sentaron en un par de pequeños bancos. Ya solos, iniciaron su conversación.

- Dime, Proceas, ¿qué trae a un político a un campamento militar?

- Como bien habrás supuesto, transmitirte las nuevas órdenes del Senado.

Hubo un breve silencio, que hizo nacer la sombra de una duda en Barag. Proceas metió la mano bajo la toga senatorial y sacó de su oscura túnica que llevaba debajo una carta sellada con el escudo de Kalendor y se la entregó a su igual.

Barag sopesó la misiva unos momentos, y luego se volvió hacia el otro:

- Ya que has hecho un viaje tan largo, prefiero oírlo de tí.-

- El Senado ha tomado una determinación referente a ti y a tu ejército. Se ha observado el estado del campamento durante estos meses, y sobre todo durante las semanas de mi boda y de la destrucción de la ciudad de Mecia. Algunos de tus hombres han informado de los movimientos del ejército durante ese período de forma contraria a los informes oficiales. Simplemente, el Senado ha decidido relevarte de tu posición, ya que no está enteramente satisfecho ni con los resultados obtenidos ni con tu excesivamente agresiva forma de enfocar la estrategia de la misión.

- ¿Cómo? - Barag se puso en pie de un salto y empezó a andar por la tienda como un tigre enjaulado- Estamos a punto de reemprender la marcha, en cuanto superemos los efectos de la intoxicación. Los bárbaros que amenazaban nuestra frontera han sido aplastados, ahora es el momento perfecto para adentrarnos en su territorio y librarnos de ellos de una vez por todas.

- Tu actitud también ha sido una de las bases en que se fundamenta esta decisión. Ciertos miembros del Senado piensan que te extralimitaste en tus atribuciones y atacaste antes de tiempo. Opinan que te precipitaste en tu movimiento...

- Segui las órdenes al pie de la letra. Me enviaron a eliminar la amenaza thalesiana,y eso hice. De una forma contundente, como sin duda sabrás.

- Sí, tenías tus órdenes y desde luego las cumpliste - Proceas hizo un gesto dedeñoso con una mano - , pero también sabías que el Senado hubiese preferido que les informases detalladamente antes de lanzar la ofensiva y en cambio...

- La oportunidad para la victoria no espera a nadie. No podía pararme a consultar cada nimio movimiento .

- Tal vez sí o tal vez no, pero todo esto nos está desviando del tema fundamental que me ha traido aquí- Proceas hizo una pausa y miró duramente a los ojos a Barag -. Guardar la frontera de Turiel ya no es tu esponsabilidad.

Barag no movió ni un músculo. Durante un instante se sintió viejo, muy viejo. Y a la vez furioso, traicionado. Hubiera gritado mil siniestras maldiciones, pero la oscura sombra que emponzoñaba esta tierra le había robado el aliento. Sin aire, apenas pudo musitar:

- ¿Quién estará al mando ahora? Mis generales están...-

- El Senado ha decidido ponerme al mando de este ejército.-

- Pero, ¿por qué a ti? Tú no eres militar.

- Pero soy el Duque de Copomar. En estos momentos el Consejo estima que la alianza militar con Kendoria es más importante que guardar la frontera contra un puñado de desarrapados. No causará temor ni descontento el hecho de que un ejército tan cercano a la frontera kendoriana esté bajo el mando del propio duque de Copomar antes que del de un general extranjero exterminador de bárbaros.

Barag respiró profundamente tratando de asimilar este giro imprevisto de los acontecimientos. Su rostro mostraba tal desazón, tristeza y dolor que parecía imposible que unos minutos antes pudiera haber expresado alegría o entusiasmo.

- ¿Qué va a ser de mí entonces?

Proceas se levantó de la silla y se dirigió al exterior de la tienda.

- La decisión del Senado está perfectamente detallada en el documento que te he entregado, Augur Barag Bashkar. En este momento voy a hablar con tus oficiales. Estúdialo con detenimiento, y después, por favor, abandona el campamento.-

Y sin decir nada más, salió.
El Heredero
-Como bien ha expuesto mi compañero, Señora, las noticias son preocupantes. Sí, es cierto que el muro de Orthen necesita apoyos pero...-

-Creo que he dejado bien clara mi postura a ese respecto. Y ahora caballeros, si me disculpan... -un ligero rictus de dolor cruzó el pálido rostro de la Duquesa, mientras se apoyaba en el brazo de Sir Edric para levantarse de su asiento-. Asuntos urgentes me reclaman. 

-¿Asuntos urgentes? -El arrogante militar frunció el ceño con desaprobación-. ¡Nada hay más urgente para Copomar ahora mismo que la guerra! 

Niowyn no dijo nada. Sólo miró con orgullo y conmiseración al viejo general: “Es cierto”, pensó, “Aunque vean la corona sobre mi frente, siguen tratándome como a una niña”. 

-Será lo que el Duque y yo consideremos urgente para Copomar, lo que vos habréis de acatar. Y como tal, defender. Y... -reprimió un gemido-, creedme que este asunto lo es. 

Un líquido anaranjado empezó a fluir desde sus enaguas, mientras la Duquesa salía a trompicones del salón apoyándose en sus damas. 
-¡Proceas! Por Dios y los Cuatro Puntos, niña, ¿Cuando llega mi esposo?

-Ánimo Señora... Edric me dijo que las últimas noticias le situaban muy cerca, a tan sólo unas horas de aquí. Pronto le tendréis a vuestro lado.

En los aposentos de la Duquesa todo era revuelo de doncellas transportando paños, toallas y agua caliente. La vieja matrona dirigía el acontecimiento con la firme seguridad de la experiencia repetida. No menos de cien kendorianos habían venido al mundo desde las cálidas manos de esta mujer. Alguna muchacha se santiguaba furtivamente, preguntándose si realmente Dios vería con buenos ojos la mezcla de la sangre de sus elegidos con la de esos extranjeros de paganas costumbres. 

De la cercana capilla llegaba velado el rumor de los rezos ofrecidos para un feliz desenlace, y tenues gemidos se cruzaban con las lágrimas en el crispado rostro, mientras llamaba a su amor. 

Ya empezaba a caer la tarde, cuando unos pasos apresurados resonaron por el corredor. Unos pasos fuertes. Unos pasos de hombre. El ama de llaves salía a su encuentro sujetándose las sayas para no caer, cuando Proceas abrió de un solo golpe los dos batientes de la pesada puerta de roble.

-¡Señor! ¡Señor Duque! No podéis pasar ¡Es la costumbre! Esperad en vuestro salón, y os llevaré allí a vuestro hijo en cuanto esté presentable... 

-¡Aparta de ahí! Es sólo por tu provecta edad, anciana, por lo que no te he empujado. ¡He reventado dos caballos en la carrera para estar ahora junto a mi mujer!

-Pero Señor... -Las palabras de la vieja sirvienta se perdieron en el tumulto mientras los dos esposos se fundían en un abrazo y un nada pudoroso beso-.

-¡Cuánto has tardado! No podía mas...pero aquí estás, conmigo -Niowyn en su dolor no podía apartar los ojos del rostro amado-.

-Y a tiempo. Ahora debes ser fuerte, amor mío. Ya es sólo un último esfuerzo. Es costumbre en mi familia que sean las manos del padre las que recogen al niño y lo entregan a su madre. El Destino ha querido que así sea también con mi hijo.

El esfuerzo y los gemidos se hacían cada vez mas fuertes hasta que los últimos rayos del sol de invierno bañaron la habitación, y un llanto infantil resonó en la sala. 

La luz rojiza hizo brillar como rubíes las gotas de sangre sobre la piel del recién nacido, hasta que la matrona con mano experta le secó con una suave gasa. 

-Es un niño -anunció en un susurro-. 

Durante un instante, un silencio expectante llenó la habitación mientras el Augur con los ojos brillantes tomaba al recién nacido de manos de la curandera y le envolvía con su propio manto dorado, con el símbolo de su rango.

-Bienvenido al mundo, hijo mío. Cierto es que siempre serás la unión de dos mundos. Este sol púrpura que baña ahora tu piel, y de quien recibirás el nombre, pertenece a los reinos de la Noche y el Día, y viviendo en su frontera, a los dos guarda.

Niowyn recibió al pequeño acomodándolo sobre su pecho hasta que éste empezó a mamar glotonamente. 

-Bienvenido seas, Helios Lyeras -y trazando sobre su frente la señal de los Cuatro Puntos Cardinales, añadió emocionada-. Que Dios te proteja siempre.

Y Proceas, abrazando a su familia susurró: -Y que el Destino guié tus pasos hacia la Verdad.
Trucidatio Auguralis 
-¡Hacedles callar! ¡No podemos permitirnos fallar! Nuestro es el deber Divino que hoy nos ha traído aquí.

Los Caballeros asintieron al unísono y empezaron a profesar órdenes a los soldados que les seguían. 

Caminaban por amplias y húmedas catacumbas en una clara dirección. El primero de los caballeros iba guiado por un pequeño hombre encorvado que portaba una antorcha. Llegados a un cruce, aquél levantó un brazo y el contingente entero, formado por diez caballeros y medio centenar de hombres de armas, se detuvo.

-Hermanos -dijo el caballero-, Dios ha querido que este día haya llegado, nos ha dado una señal y nosotros, su brazo castigador, la hemos sabido interpretar. No será fácil; pero recordad lo que nos espera a todos los que luchamos por Nuestro Señor. ¡La Gloria Eterna! Vuestros pecados serán expiados hoy aquí, vuestra salvación está asegurada, vuestras familias recibirán igualmente la salvación por vuestro Acto. No hay duda, hermanos, de que las almas de nuestros enemigos vagarán sin rumbo por la eternidad, así como la de aquellos que profesan su misma fe. No hay tiempo para más, hermanos, la salvación nos espera ahí fuera, seguidme hacia ella.

Un joven sacerdote fue pasando entre las filas de los hombres de armas y de los caballeros santiguándoles uno por uno; todos se miraban entre sí, algunos asentían, seguros de sus acciones, a otros sin embargo se los veía nerviosos, como buscando algo que diese significado a su misión.

Cuando el sacerdote hubo terminado todos los caballeros se arrodillaron y rezaron como si fuesen uno solo. Los hombres de armas tardaron en reaccionar e hicieron lo propio.

-Ha llegado la hora -dijo el líder de los caballeros-.


Todo el grupo prosiguió su marcha hacia una rampa que se iba estrechando hasta llegar a un arco de piedra con una fuerte puerta de roble reforzada con metal. El hombre encorvado se detuvo ante ella y asintió al líder del grupo; éste hizo una señal advirtiendo al resto de que no hiciesen ningún ruido. Al momento el contrahecho guía dio varios golpes a la puerta con una secuencia determinada, se oyó cómo una sólida tranca de algún tipo de metal era desencajada de la puerta y cómo alguien empezaba a tirar de ella. El hombre encorvado se retiró y el líder agarró con fuerza su espada. 

Nada más abrirse la puerta el filo se movió como un rayo atravesando la garganta del involuntario portero; instantes después todo el contingente estaba entrando en la gran sala que se encontraba tras el umbral de roble. El guía se asomó entonces una última vez para señalar en una dirección, el líder asintió y el grupo entero echó a correr con gran estruendo a donde apuntaba el huesudo dedo.

No pasó un minuto antes de que se encontrasen con dos parejas de guardias ataviados con ropas amarillas y negras y grandes cascos con penachos. Los caballeros que iban en primer lugar junto con el líder cargaron con fuerza contra los sorprendidos centinelas que apenas pudieron hacer nada. El contingente continuó avanzando, imparable, por el largo corredor hasta encontrar una puerta custodiada por varios guardias que hacían sonar cuernos de alarma. Esta vez la lucha se alargó unos segundos más pero acabó con el mismo resultado gracias a la superioridad numérica.

Unos cuantos hombres de armas fueron hasta el portón con grandes hachas. Al otro lado, una enorme y sorprendida sala era presa del pánico al oír los golpes. La gran mayoría de los hombres y mujeres que se encontraban allí eran civiles, los escasos guardias y algunos hombres que portaban armas se situaron tras la puerta a la espera de lo inevitable. Pero ya eran mayoría los que paralizados por el miedo se arrinconaban con la desesperación en sus rostros. Algo así no podía haber llegado sin avisar. ¿El Destino los estaba traicionando? Algunos apenas se movieron de sus sitios, confiando en que pronto pasaría o inmovilizados por la duda.

-¡Como una marea, hermanos! –gritó el líder al otro lado de las puertas–. ¡Que la Ira Divina que nos guía haga caer las puertas de este Concilio y que, como uno solo, nuestro brazo castigador caiga sobre todos y cada uno de aquellos que se hacen llamar Augures del Destino! 


Las puertas cayeron con estruendo, laceradas por las hachas, y un torrente de hombres ataviados de negro con cruces blancas entraron gritando como si fuesen uno solo. La sangre se mezcló con el clamor en las bocas de algunos. Éstos murieron los primeros, atravesados por las armas de la entrenada Guardia de los Augures, antes de que otros hombres de armas de los templarios apareciesen tras sus compañeros muertos y segaran las vidas de los soldados. Los Templarios y hombres de armas que fueron pasando eran espoleados por una brutalidad extrema, por el fanatismo homicida. Nada los podría detener. No vacilaron ni un instante al matar a gente desarmada, mujeres o personas que simplemente se acurrucaban contra las paredes. Algún Augur pudo defenderse de varios atacantes demostrando arrojo y pericia, pero la superioridad de hombres armados era aplastante. Estaban sentenciados, sólo era cuestión de tiempo.

La sangre bañaba el mármol de la sala, los aullidos de dolor, de furia y de terror llenaban el edificio. Apenas quedaba algún kalendoriano en pie y los templarios habían sufrido graves pérdidas al enfrentarse a la Guardia de los Augures y a alguno de los propios miembros del consejo que cobró cara su vida con el acero. Los cuernos de alarma sonaban cada vez más cerca, eso sólo podía significar la salvación para los pocos Augures que seguían vivos y la muerte para los templarios que quedaban.

Llevados por un último aliento carnicero, los restantes representantes de la Orden del Templo de San Anselmo en aquella estancia, tan alejada de sus castillos, de sus iglesias, incluso de los campos de batalla contra los nigromantes y los soldados del Príncipe, recordando la promesa que les había sido hecha y corrieron hacia los Augures que seguían vivos. Era su última oportunidad de cumplir con la misión.

Saldrían victoriosos. 

Como lobos cayeron sobre corderos en un inenarrable baño final de sangre, acero y muerte. Lo lograron: el Reino de Dios les esperaba.

Los virotes volaron con precisión, silbando en la ahora silenciosa sala. Los cuerpos vestidos de negro cayeron en silencio, como si el alma les hubiera sido arrebatada antes que la vida. Un batallón del ejército kalendoriano entró rápidamente en la sala, buscando a los enemigos por doquier. Algunos de los soldados cayeron de rodillas horrorizados ante la terrible matanza que había tenido lugar momentos antes. El legens que capitaneaba a los kalendorianos soltó su arma, que repicó un instante contra el mármol antes de deslizarse con un chirrido y un chapoteo sobre un charco de sangre. Nadie podía creer lo que había ocurrido...
Justicia 
No sabéis cuánto me duele, Sir Edric... —dijo Proceas—. Me duele casi tanto como la pérdida que ha sufrido mi pueblo... Pero cada uno debe recoger lo que con ahínco ha sembrado. Comunicad a los Águilas Plateadas que no estén en el frente su deber para con Kendoria, el Rey y su Duque. Su Ilustrísima, el Obispo Langreus está de acuerdo, Su Majestad así lo ha pedido y yo lo ratifico. En cuanto a mi esposa, está aún débil, pero sé que comparte nuestro criterio.

El rostro de Sir Edric parecía esculpido en la roca mientras escuchaba al Duque, y sin embargo la tensión enrarecía el aire. El esfuerzo que hacía para contener sus emociones habría sido admirado por Proceas en otras circunstancias, pero ahora no podía detenerse en el análisis de los hombres que recibía diariamente en su cámara, tarea en la cual ya era un experto. El más grave asunto desde que fue declarado Duque de Copomar exigía toda su concentración: la pena que debía ser impuesta de inmediato a los templarios por la matanza de los augures en Kalendor.

-La Real Orden de San Anselmo queda disuelta en el acto, sus pertenencias pasan a ser posesión de la Iglesia de los Cuatro Puntos Cardinales y todos sus miembros serán perseguidos y ejecutados por su crimen. Todos aquellos que abandonaron la Orden antes de lo ocurrido deberán, así mismo, entregar sus posesiones materiales y renunciar a todo título que posean salvo el de Caballero errante. Lamento tanto que los aullidos de dolor de Kalendor deban ser acallados con la sangre de la Real Orden casi tanto como lamentaría perder mi vida o a mis...

-Señor —se atrevió a interrumpir Sir Edric Goch-, ¿Es totalmente necesario? Ni siquiera se sabe por qué ni cómo...

-¡Callad, Sire! Os diré la verdad, la verdad desnuda, que avergüenza a quienes han de escucharla. Kendoria no puede entrar en ningún conflicto más, ni político, ni militar. Nada. Kalendor, mi patria de nacimiento, está hundida, ahora mismo desesperada, sin el Consejo. Nadie sabe quién o quienes pueden alzar las voces contra Kendoria y cómo de fuerte sonarán. Pedirán justicia, y justicia han de tener. Antes de que Kalendor se convierta en juez, jurado y verdugo arreglaré esto. Vos, simplemente, obedeced, porque es lo correcto. Os prohíbo, y no sólo yo, sino principalmente por el bien de Copomar, que ni vos ni ninguno de vuestros subordinados pongáis en duda públicamente esta decisión.

-Sí, señor -respondió Sir Edric, y no pudo evitar dejar traslucir un atisbo de aflicción. Proceas se percató y moderó su tono; al fin y al cabo Sir Edric era un vasallo de total confianza-.

-Sire, no os dejéis llevar por la congoja. Sólo una persona ha de cargar con la responsabilidad en esta decisión: yo. Me obliga a ello mi título, mi nacimiento y sobre todo el amor a Copomar y a Kalendor. Sólo os pido que no dudéis de eso: de mi devoción. Ahora, marchad.

Sir Edric hizo una leve reverencia y salió de la sala de audiencias.

La noticia estaba barriendo Copomar. Los monasterios Templarios eran tomados por fuerzas de la Iglesia, precedidos tan sólo por las campanas tocando la alarma. Caballeros, escuderos y tropas templarias trataban de resistir, pero no eran rival para tamaña fuerza. La incredulidad, la incomprensión por el trágico devenir de los acontecimientos, eran con mucho peores que las flechas que atravesaban los cuerpos de los novicios de la orden. 

¿Qué siniestro designio, o qué destino había convertido a los soldados de Copomar, antaño aliados, en sus captores y ejecutores? Sólo el pensamiento de que esos monjes, esos hombres de fe, fingían su lealtad al Rey y a Copomar, ayudaba a los verdugos a realizar su cometido. El silencio de las víctimas les daba la razón: asumían su papel de traidores y asesinos. 

De todos modos, y tras las primeras ejecuciones, se extendió con fuerza de norma la costumbre de, antes de cumplir las sentencias, cortar las lenguas a los condenados, o al menos dejarlos inconscientes: muchos buenos soldados habían dudado a la hora de propiciar la muerte a sus paisanos por escuchar las súplicas desesperadas, y sólo quienes tenían corazón de bronce podrían esgrimir la espada sin dudar ante un hombre de Dios y del Rey. 

Demasiadas familias lloraron la pérdida de sus familiares recién alistados en la Orden, y algunas rezaban incansablemente porque alguno de los suyos hubiese abandonado la misma antes de la catástrofe y pudiese salvarse aún a costa de todos sus bienes.

Sir Edric recibiría durante semanas los mensajes de las diferentes unidades de Águilas Plateadas informando casi siempre de lo mismo: la total aniquilación de tal o cual monasterio de la Orden. Aunque sólo eran letras, pensar en lo que significaban, en el horror desatado a cientos de leguas, o a tan sólo un par de millas de distancia, lo terminó por abrumar. Hubo de hacer esperar al Legatus Aristán durante casi una hora para poder recomponerse.

-¿Y bien? -inquirió fríamente el diplomático kalendoriano al ver entrar a Sir Edric-.

-Aquí están, legado. -y uniendo la acción a la palabra, le mostró el montón de pergaminos enrollados donde se recogían los cientos de nombres de monjes y soldados pertenecientes a la Orden del Templo de San Anselmo. Los portaba con delicadeza, casi con reverencia, procurando que no se arrugasen. El kendoriano dio unos pasos, solemne, hacia Aristán. Al menos brindaría ese último homenaje a los muertos. Pero al ponerse a la altura del legado...-

-¿Cuántos?

Sir Edric Goch lo miró furioso: el kalendoriano despreciaba manifiestamente aquel testimonio escrito. Se mantenía arrogante y sus manos, a su espalda, no iban de ningún modo a tocar aquellas listas manchadas de sangre. ¿Había muerto la piedad para aquel hombre igual que para quienes vieron los cuerpos muertos de los augures?

-Suficientes -musitó el caballero Edric. Y dejó los pergaminos en una mesa para encararse a Aristán. Mantuvieron las miradas durante largo tiempo, pero al final Sir Edric cedió, recordando las palabras de Su Excelencia-.

-Han sido tomados siete monasterios de la Orden, y pasados a cuchillo cincuenta y siete novicios, veintiocho sacerdotes y ciento dos soldados. Las tropas al servicio de la Orden aún no las hemos cuantificado.

-Nos han llegado informes que afirman algo muy curioso: en varios monasterios, las Águilas Plateadas no ha sido capaces de apresar a todos los monjes. Por lo visto varios grupos han escapado a través de catacumbas. Muy típico por otra parte de esas ratas, que del mismo modo penetra...

-Señor, tened por seguro que daremos hasta con el último de los prófugos.

-¿Ah sí? ¿Cómo? -se burló Aristán-.

-Su Excelencia ha ofrecido cuantiosas sumas a quienes denuncien, capturen o eliminen a los templarios huidos.

-De acuerdo. De nuestro Augur podemos fiarnos. Pero, ¿y de los caballeros itinerantes de la Orden? Son bastantes los que andan por los caminos y que no estaban en sus monasterios cuando se hizo justicia.

-Las autoridades locales de todas las aldeas de Copomar están siendo avisadas. -y añadió, cansado-. Mi señor, nuestro ducado se bañará estas semanas con la sangre de los traidores. Tendréis vuestra justicia...
Un cuento del Bosque de Naia 
Érase una vez una niña que vivía en una aldea llamada Naia. Era hija de campesinos, y aunque apenas si tenían qué llevarse a la boca, a la niña no le faltaba de nada: tenía jubón, falda y unos zapatos remendados, comida en el plato y tiempo para jugar. ¿A qué? Era una buena niña, y jugaba a las tabas con sus amiguitos de la aldea, Elinor, Horace y Rhia. No era como esos muchachos alborotadores que rondaban siempre por el bosque cuando caía la tarde. A ella el bosque le daba miedo, mucho miedo.

-Nunca, mi nietecita, nunca vayas al bosque.- le decía su abuelo.

-Nunca, hija mía, nunca, vayas al bosque.- le decían sus padres.

-Nunca, hermana, nunca vayas al bosque. Por favor, prométemelo.-

-Te lo prometo. Nunca iré.-

Su hermano mayor, Brian, sí había estado en el bosque. Los otros chicos habían ido con él una tarde, y para divertirse lo
habían dejado allí, dormido y solo. Cuando despertó la noche había caído, pero la oscuridad era aún mayor que la que el crepúsculo deja a su paso. Era una especie de manta tangible y fría. En ella no se veía nada, y el pánico se apoderó de él. Gritó, pidiendo auxilio, pero sin atreverse a moverse del sitio. Algo se lo impedía. Quizás el miedo a perderse aún más. Y durante una larga hora, estuvo allí, acurrucado contra el tronco de un árbol. Por fin lo encontró un cazador que rondaba por los alrededores. Apenas estaba a unos centenares de metros del linde de la foresta, pero a Brian aquello le había parecido el mismo infierno. Lo que le ocurrió durante ese tiempo nunca lo contó a nadie.Pero desde entonces no había 
sido el mismo. No reía, no jugaba. Sólo hablaba para advertir a su hermana, a su querida hermana:

-Nunca, hermana, nunca vayas al bosque.-

No obstante...

Era una mañana cálida y apacible. La niña jugaba con una sencilla muñeca que su hermano le había hecho. Apenas era un trapo con dos diminutos bolsillos y un ovillo de lana por cabeza, pero a la niña le pareció un juguete precioso. Con él se fue junto al río que pasaba por la aldea.

-Te voy a presentar a mis amigos plateados.-

En un tronco muerto que pasaba sobre el río se apoyó y con su muñeca se puso a mirar los peces, intentando alcanzarlos con un palito. Llegó un pez grande y pasó tranquilamente por debajo del árbol. Era muy brillante, y para verlo mejor la niña se inclinó sobre el tronco. La muñeca entonces cayó al agua. La niña dio un grito y quiso alcanzarla, pero ya era tarde. La corriente la arrastraba hacia el bosque.

Al mirar la curva por la cual el río se perdía de vista en la foresta, la niña sintió miedo. Se acordó de la promesa que le
había hecho a su hermano, pero quería recuperar a su muñeca. Ingenuamente sintió miedo por ella. Y era un regalo muy valioso. Brian se enfadaría si la había perdido el mismo día en que se la había regalado. Además, pensó finalmente su infantil cabecita, aún era de día. Con cuidado de no caerse al río, se internó en el bosque.

Fue como entrar en otro mundo, pero ella no lo percibió, tan concentrada estaba en seguir a la flotante muñeca. La
luz del sol no llegaba allí dentro, todo estaba sumido en penumbras de tonos pardos y verdosos. Y el silencio era absoluto. Ni un trino de pájaro, ni el correteo de un ratón de campo. Sólo el rumor del río. Pasaron los minutos y la niña no llegaba a alcanzar su juguete. Cuando alargaba la mano y creía que podrí hacerse con él, la corriente aumentaba su velocidad y la muñeca se escabullía. Luego, antes de torcer en el siguiente recodo, parecía detenerse. La niña echaba a andar, pero el 
río proseguía y poco a poco la iba metiendo más y más en lo profundo del bosque. Por fin, hubo un desnivel, y el río se
precipitó por una pendiente, arrastrando a la muñeca hasta una sima anegada por las sombras.

La niña no se atrevió a bajar. Había perdido a su muñeca. Se dio la vuelta y el miedo la invadió de nuevo. Estaba en el
bosque, muy dentro del bosque, sola. Echó a andar con las lágrimas agolpándosele en los ojos, y de pronto...

-Alto.-

Era una voz, pero no era una voz. Parecía un montón de susurros entrelazados. Y no obstante los oía y comprendía. La
niña se giró, aterrada.

-¡NO!-

Como si de una orden se tratara, la niña echó las manos a sus ojos y cerró los párpados con fuerza. Había algo allí, junto
a la sima. Algo que era muy, muy, muy terrible. Lo sentía en toda su piel, una sensación siniestra.

-¿Qué es esto?-dijo la voz, y pareció acercarse y situarse a unos metros por encima de la chiquilla.

Callaba, incapaz de hablar. Aquella voz provenía de algo espantoso que ahora la estaba mirando, contemplando, deleitándose.

-¿Es tuya la muñeca?-

La niña no respondió. Pero la voz parecía interrogarle dentro de su cabeza y aunque no abrió los labios, gritó que sí y
asintió vehementemente con la cabeza.

-Es bonita... ¿la quieres recuperar?-

-Sí.-dijo la niña con un susurro, y quiso echar a correr hacia el río y hacia su casa.

-Te la devolveré, pero tienes que darme algo a cambio.-

La voz jugaba en su mente, parecía tierna, pero escondía una crueldad increíble que ni siquiera a la pequeña niña le pasaba
desapercibida.

-Vuelve antes de esta noche con un amigo y te la daré. Tú tendrás tu juguete y yo el mío. Es justo, ¿verdad?-

-Sí.- afirmó la niña, para nada convencida de que la voz estuviese pensando realmente en devolverle la muñeca.

-Pues regresa a tu casa y haz lo que te he dicho. La muñeca estará aquí.-

La niña sintió que la criatura se alejaba hacia la sima y sintió una especie de alivio, pero enseguida la voz, justo al
lado de su oído, añadió:

-Si no vuelves, iré yo...-

Y luego todo fue silencio. La presencia se había marchado. La niña abrió los ojos y echó a correr siguiendo el río.

Toda la tarde la pasó pensando en lo que le había dicho la voz. Según pasaban los minutos el pánico se apoderaba de su aún
inmadura conciencia. Iba a morir si no cumplía con el trato. 

-¿Abi, estás ahí?-

Rhia, una de sus amigas la llamaba desde fuera de la cabaña. La niña se quedó en silencio. No quería hablar con su amiga. Estaba completamente asustada. Rhia entró, esbozó una gran sonrisa y le dijo:

-¿Vienes a jugar?-

Abi miró a su amiguita, pensando, y enseguida se le pasó por la cabeza la terrible idea de cumplir el trato. Rhia era una
niña valiente, aunque no muy prudente. Sus padres siempre andaban detrás de ella, para evitar que no se metiera en líos. Pero era imposible seguirle la pista las vinticuatro horas del día, y algunas veces su madre se quedaba dormida y Rhia se escapaba de los quehaceres domésticos.

-Vamos al río, ¿vale?-

Abi asintió y disimulando el creciente miedo, acompañó a su amiga. Estuvieron en el río. Rhia jugaba, pero su compañera
estaba taciturna y silenciosa. como su hermano Brian. Se preguntaba si él no le pasó lo mismo. Pero... Brian había regresado. Luego miró a Rhia. No parecía tenerle miedo al bosque.

-¿Jugamos al escondite?-

Abi consintió, y se adentró unos metros en el bosque, muy, muy pegada a la orilla. Estaba a la vista, claramente. No tenía
intención de esconderse, sino sólo de ir acercando a su amiga a la foresta.

-...noventa y nueve y cien. ¡Voy!-

Enseguida Rhia gritó al descubrir a su compañera. Pero Abi se escondió detrás de un árbol. Rhia se acercó riendo:

-Te he visto ya, voy a por ti.-

Esa frase heló la sangre a Abi. Si no entregaba a su amiga, la criatura saldría del bosque y la iría a buscar a su casa, no le cabía la menor duda. Así que con frialdad, y cuando Rhia estuvo a su altura, salió y la empujó. Rhia, sorprendida, cayó de espaldas al río, cuya corriente rápidamente la arrastró.

-¡Abi, ayúdame!-

Pero Abi ya había salido corriendo hacia la salida del bosque, a la aldea, y a la vida.

Una semana más tarde, cuando todos desistieron de seguir buscando a Rhia, Brian entró en su alcoba.

-Abi, he encontrado esto en el tronco junto al río.-

Era la muñeca. Abi la vio horrorizada y se echó a llorar sobre su hermano. Éste, inmutable, la acarició el pelo y dijo:

-Lo sé. Nunca, nunca, vayas al bosque.-
El Precio de la Salvación
Una figura a caballo avanzaba penosamente entre la lluvia, a la pálida luz de la luna. No recorría el camino, sino que cabalgaba junto a él con la actitud precavida y la mirada cauta del que ha sobrevivido a demasiados peligros.

Ahora estaba en tierra amiga, y reconocía los recovecos del camino a cada paso, pero no se permitió bajar la guardia. A lo lejos, sobre la colina, se recortaba contra la luna una atalaya. El jinete se acercó con cautela, dando un rodeo que le permitió atisbar el interior de la torre antes de entrar. Un pequeño grupo de soldados se acurrucaban alrededor de una pequeña fogata y, tras observarlos atentamente durante unos minutos, uno de ellos se movió revelando brevemente lo que el viajero buscaba: una raída y manchada insignia de Copomar. Desmontó, y aún con paso sigiloso, se aproximó a la entrada, aunque fue descubierto antes de lo que esperaba.

-¡Eeeeeh! –gritó uno de los soldados, blandiendo una lanza-. ¿Quién anda por ahí?
-Uno de los vuestros –contestó el viajero, ensañando primero sus manos vacías y abriéndose luego la capa para mostrar una sobrevesta con los colores del Rey Aldrion–. Soy sólo un mensajero de paso.
-Bienvenido entonces. Si compartes con nosotros las noticias que tengas de la batalla, compartiremos contigo nuestra panceta. Y también nos queda algo de cerveza.

El mensajero se quitó la capa mojada y se acercó al fuego a calentarse. Sus ojos se fijaron en todo: las gastadas armas y armaduras de los soldados, sus rostros demacrados por el cansancio, las escasas provisiones… Todo en el lugar hablaba de una fatiga insoportable, del agotamiento extremo provocado por un esfuerzo más allá de toda medida. Un esfuerzo que, finalmente, no había sido suficiente.

-La guerra va mal. Aparte del frente de Rhoden, que resiste el asedio, las tropas del usurpador avanzan hacia el este, lanzadas a la carrera como si luchasen contra el tiempo.
-Sí, eso ya lo sabemos. Cuéntanos más cosas. ¿Qué ocurre más allá de las líneas?

El mensajero dudó, tomó un sorbo de cerveza, y miró al soldado que le había preguntado. Era un hombre viejo, con tantas cicatrices que parecía montado a retales, pero nervudo y correoso como un viejo árbol. Por último, contestó con voz entrecortada:

-Las cosas van muy mal. La guerra va calando en los corazones de los hombres cada día y las ejecuciones se multiplican. Después del desastre de Rhoden, el Usurpador ha endurecido sus barbaries cada vez más. En algunos de los condados leales ha exterminado a todos y cada uno de los nobles, sin excepción, ciertos ducados han visto ejecutar a sus familias ducales al completo, así como casi todos sus condes y barones.
-¿Mata a todo el mundo? ¿Sin excepciones? –preguntó el soldado más joven del grupo, apretando ansiosamente su lanza-.
-Bueno, a todos no –murmuró el mensajero–. Algunos se salvan, aunque no se por qué. Lord Herzel del condado de Lumnia, Lady Dalisia del condado de Zimmer, el duque Therios…

Su enumeración se vio interrumpida por las secas carcajadas del viejo soldado.

-No tiene mucho misterio que se hayan salvado. Lord Herzel es muy amigo del Arzobispo Brennan, ahora más aún que antes de iniciarse la guerra. Lady Dalisia es una dama particularmente rica… o al menos lo era, antes de que empezaran a salir de su castillo carretas cargadas de oro hacia las arcas de Galier… o eso dicen los rumores. Y el Duque Therios es bien conocido por sus conexiones diplomáticas y comerciales a todo lo ancho del norte del Imperio. No me cabe duda de que esas conexiones están ahora al servicio del Príncipe –rió entre dientes el anciano-.
-No lo veo tan claro. El conde Aldross ofreció incondicionalmente sus tropas y fortuna al Usurpador, y aún así fue ejecutado…
-Yo conocí al conde –terció otro de los soldados–, y ese tipo estaba lleno de porquería. Se rumoreaban todo tipo de cosas horribles del él y algunas de las peores tenían una base demasiado firme. ¿Qué fue de lord Huria, barón de Ássima?
-Sobrevivió, con sus tierras y vasallos intactos.
-Lord Huria siempre fanfarroneaba de que tenía basura suficiente del conde como para enterrarlo. Parece que finalmente aprovechó su oportunidad. Me alegro, ese bastardo de Aldross no se merecía ni la saliva de un escupitajo, y…
-Siento interrumpir vuestras sesudas disquisiciones, compañeros, pero tengo una noticia mucho más importante para todos: ¡la panceta está lista!

Los soldados y el mensajero se lanzaron sobre las exiguas provisiones. Por unas pocas horas, todo volvió a ser como antaño, con risas y bromas alrededor de una hoguera de campamento, como sólo saben hacer los soldados que tienen que aprovechar cada minuto. Compartiendo un pequeño barril de cerveza y la carne que cabía en una sartén, dejaron de lado guerras, príncipes, reyes y tronos, escapando por un breve plazo de la aterradora realidad. Pero ésta volvió a imponerse finalmente, y el ánimo remitió hasta el abismo de la muda desesperación que empapaba cada rincón.

El mensajero preparó su montura, dispuesto a reanudar su viaje cuando el anciano soldado se acercó a el. 

-Dime, ¿sabes algo de la familia de los condes de Rowen? Serví a sus órdenes durante cuarenta años, antes de que empezara esta maldita guerra.

El mensajero evitó su mirada, y sin despegar la vista del suelo, contestó:

-Fueron ejecutados hace dos semanas, públicamente. El conde, su esposa, los niños…
-¡No puede ser! Tenían un refugio secreto perfecto, nadie hubiera podido encontrarlos.
-No sé cómo, pero los encontraron, a ellos y a sus caballeros. De hecho, de todo el condado, que yo sepa, solo se salvó el barón Erxether.
-¿El barón? ¿Cómo? Era un leal servidor del conde, uno de sus más cercanos amigos, incluso sabía la localización del refugio secreto, sabía… -la voz del viejo se fue apagando mientras la luz de la terrible verdad se abría paso en su mente.
-Lo siento -murmuró el mensajero–, es esta maldita guerra, que cambia a todo el mundo, que nos mata por dentro antes de matarnos por fuera.

Sin saber qué más decir, el mensajero subió a su caballo y lo espoleó rumbo noreste. Tenía un importante mensaje que entregar, aunque a estas alturas, ni siquiera quién lo había enviado creía que pudiera suponer alguna diferencia.

Poco menos de una hora después, el viejo terminó de ensillar su jamelgo. Se quitó la antiquísima sobrevesta, tan llena de remiendos como él mismo, y tras plegarla cuidadosamente, la dejó en el baúl de la guarnición casi con cariño, como si se despidiese de un ser querido. Echó la capa sobre sus hombros, y subió al caballo, ante la atónita mirada de sus compañeros.

-¿A dónde demonios vas? ¡Si te largas ahora, te juzgarán y ejecutarán por deserción!
-Lo sé. Pero soy un hombre viejo, al que le quedan pocos años, y sacrificaré gustoso esos años si con eso puedo hacer lo que debe hacerse. Debo emprender un largo viaje.
-¿No estarás pensando en viajar a Rowen, verdad? Es un suicidio, te matarán incluso si consigues llegar allí.

El viejo miró al horizonte con un brillo peligroso en los ojos, mientras su mano acariciaba distraídamente un viejísimo puñal que llevaba al cinto, con la gastada enseña del condado de Rowen en su pomo todavía.

-No importa –murmuró casi para sus adentros. Todavía recordaba el día, hace tantos años, que el padre del conde le había entregado aquel puñal como símbolo de su juramento de fidelidad–. Quizás la gente piense que una vez repartida la corona y las tierras, se acaba la guerra… pero para algunos de nosotros sólo terminará cuando todas las traiciones hayan sido lavadas con sangre.
El Llanto de Banaenn'a
El soldado  apretó la mandíbula. Sintió cómo una gota de sudor de su mano se le escurría entre los dedos y resbalaba por toda su lanza hasta el suelo. La formación de Custodios de Orthen tan solo esperaba la señal de su capitán para arrojarse colina abajo y partir la cuña ofensiva de la infantería de Galier. El plan era difícil, y la más dura de las tareas había recaído sobre los hombros del ejército comandado por el mismísimo Lord Dríothen. La apasionada arenga con la que el conde había alentado a sus soldados ante tan difícil batalla aún resonaba en los oídos del soldado anónimo cuando se dio la señal de avance. La maniobra de flanqueo del ejército de Orthen debía golpear con fuerza el flanco trasero de la cuña de avance enemiga mientras el grueso de tropas del Rey la contenía frontalmente. Partir la cuña significaría compensar la desproporción de ambos ejércitos. Significaría impedir la conquista de Copomar, detener la avanzada del Usurpador y debilitar significativamente a sus fuerzas. Significaría que las huestes de Aldrion aún podían zafarse de su aparente y fatal destino. Significaría esperanza. 

Galier había logrado penetrar en Copomar en un implacable avance, traspasando la frontera de Zermas y Lors por el norte, librando sólo pequeñas batallas. El imponente ejército se había reabastecido saqueando las granjas y pequeñas poblaciones que había encontrado a su paso. Pero lo que tenía delante ya no era la resistencia menor de unos pocos hombres que guardan su tierra ni el pequeño contingente del señor local, no iba a huir buscando refugio como los campesinos. Era el ejército del rey Aldrion al completo, con todos sus abanderados y soldados y el propio monarca a la cabeza con la espada Banaenn'a rugiendo en su mano.

El mismísimo Aldrion comandaba el grueso de las fuerzas en el lado sur del verde valle, mientras el conde de Orthen dirigía las recias tropas del Muro desde la parte alta del lado norte. En una colina, rodeado por los caballeros de la Flor Argéntea y sus más fieles vasallos, Aldrion aguardaba la llegada del cazador que tan desesperadamente ansiaba obtener su cabeza.

El choque del frente segó violentamente las vidas de muchos hijos, padres y esposos. El soldado de Orthen cargó contra el desprevenido flanco de la cuña junto al resto de sus amigos y hermanos. La pinza se apretaba un poco más con cada adversario abatido, expulsando el temor de sus corazones con golpes de furia y esperanza. Incidieron en el ejército enemigo de la misma manera que el asta de un toro salvaje desgarra la carne de un cazador descuidado. Pero el baño de sangre y el ensordecedor fragor de la batalla impidieron que el soldado y sus compañeros de línea escucharan los gritos que les alertaban de la llegada de la caballería por el flanco derecho. Un regimiento de caballería había avanzado desde la retaguardia de la cuña hostigando la ofensiva de Orthen. 

Aunque los recios guerreros del norte de Copomar eran los más duros en combate, su impotencia para defenderse de la adiestrada caballería se hizo patente mientras los jinetes arrollaban las líneas de Custodios. Estos ejecutores vestían tabardos negros sobre su armadura, y en ellos bordada la silueta de un dragón sobre una luna carmesí. El miedo regresó triunfante al corazón del soldado. Aunque el daño que habían hecho era más que considerable no había sido suficiente para cerrar la pinza sobre la formación de avance del príncipe. Aquellos hombres debían obtener la victoria a cualquier precio, pues tal y como les había dicho el propio conde al comienzo de la batalla, el destino de Copomar, los duques, el conde y el Rey dependía de su papel en la batalla que tan desesperadamente estaban librando. 

Obteniendo fuerzas de la nada, el soldado y sus hermanos avanzaron quebrando las líneas enemigas mientras trataban de ignorar la desgarradora masacre que ocurría a su alrededor y a sus espaldas. En su mente sólo estaba el conseguir atravesar al enemigo. El brazo del soldado era ya incapaz de sostener su propia lanza, aunque hizo caso omiso de las señales de dolor de su cuerpo, siendo inconsciente incluso de las profundas heridas de su torso. Su vista estaba nublada por la mezcla de su sangre con la de sus enemigos. La pierna izquierda se le dobló al tropezar en el avance con el cadáver de uno de sus amigos de la infancia. El soldado clavó sus rodillas en el embarrado terreno, aguardando tan sólo que la borrosa sombra del soldado que había frente a él acabase con su vida. Pero aquella sombra resultó ser una mano amiga que le ayudó a incorporarse. Aquella sombra vestía los colores de Copomar. El soldado  sonrió mientras le ayudaban a ponerse en pie. La pinza se había cerrado. Aún había esperanza para aquellos que luchaban por el Rey, aunque de haber victoria sería sin duda a costa de un elevadísimo precio.

Bañados ya por el dulce y amargo sabor de la luna, Aldrion y sus comandantes observaban el cercano frente desde el puesto de mando. La maniobra de pinza del ejército del conde de Orthen había tenido éxito, aunque había significado una ventaja mucho menor de lo que los comandantes habían rezado a Dios que fuera. Al converger los dos frentes, parte del grupo de vanguardia del príncipe se había quedado aislado a merced de los hostigadores y la caballería del Rey. Aquellos que habían encabezado la marcha de Galier estaban prácticamente condenados, pero al pie de la colina, el principal frente de batalla cedía en contra de Aldrion.

Varios mensajeros recorrían el valle informando al Rey y a sus comandantes del estado de la batalla. Cada jadeante mensajero portaba otra desesperanzadora noticia de la lucha, trayendo la amargura y la desesperación a muchos de los nobles y oficiales. Aunque había una noticia a lamentar especialmente entre todas. Según las nuevas, tanto el conde Dríothen de Orthen como su primogénito Zocor de Orthen, ambos al mando del ejército de su condado, habían caído en la batalla y sus cuerpos habían quedado tras la línea enemiga. El corazón de los presentes se estremeció. El Conde de Orthen había sido un bravo guerrero y bastión de las esperanzas de Copomar. Siempre fue un vasallo leal y sus hombres lo seguían casi con devoción. Su caída significaba una gran pérdida y lo mismo se notaría en la moral de las tropas.

Antes de tener tiempo para dedicar un rezo a la memoria del arrojado conde y su valiente hijo, se escuchó una alerta en la retaguardia de la colina de mando. Una columna de caballeros de la Orden del Dragón había atravesado las líneas del flanco norte y ascendían implacablemente por la ladera y abriéndose camino a través de las líneas de soldados defensores. El Príncipe Galier había enviado a su elite directamente contra el grupo de mando y contra el propio Rey, tratando seguramente de acortar su inexorable victoria. Había llegado la hora de que los caballeros de la Flor Argéntea se enfrentasen a sangre y fuego a los caballeros fieles al Príncipe.

Los defensores contaban con la ventaja de la colina, que impidió una verdadera carga de los Dragón, pero la sorpresa y la confusión los mantuvo estáticos en lo alto, limitándose a desenvainar sus armas. El choque de espadas, lanzas, escudos y caballos no se hizo esperar. La mágica espada del Rey bailaba una danza de muerte contra sus cazadores, coreado por sus fieles generales, mientras el resto del grupo de mando se retiraba para ponerse a salvo de la carnicería. No obstante, el mágico baile asesino de Banaenn'a fue incapaz de detener el certero golpe de una sutil y anónima lanza entre las placas de su armadura. 

Fue aquella primera herida la que desencadenó el furioso ensañamiento de los Caballeros del Dragón en contra del monarca. Durante eternos minutos, el Rey Aldrion de Kendoria luchó como otrora hiciera contra el Ancestro thalesiano en las montañas de Adorien,  llevándose consigo la vida de sus enemigos, resistiendo las punzadas de dolor de su torso y de las heridas y magulladuras que inevitablemente iban apareciendo por todo su cuerpo. Pero el dolor al fin hizo mella y Aldrion trastabilló y reculó hasta no poder evitar doblar una pierna. Una voz rugió de entre el caos:

-¡¡¡Defended a vuestro rey!!! -gritó Lord Marcus Melier, interponiéndose entre el soberano y sus atacantes y cayendo poco después ante la lluvia de espadas, con un horrible tajo en la garganta que su yelmo perdido ya no logró proteger-. 

Los caballeros de la Flor Argéntea se arremolinaron alrededor de Aldrion para librarlo de una segura muerte, rompiendo el frágil frente defensivo que habían creado en la colina. Muchos habían sido los caballeros que allí habían dejado su vida, aunque muchos más los que continuaban subiendo y rodeando al Rey y sus defensores. La última visión de los mandos que se alejaron de la colina en retirada fue la de una espada atravesando violentamente el pecho de su Rey, y los colores de la Orden del Dragón engullendo los penachos púrpura de los caballeros de la Flor Argéntea.

El Rey Aldrion de Kendoria había caído.

Los regimientos desbaratados del ejército del Rey estaban siendo aplastados. Habían sufrido demasiadas bajas, las órdenes se tornaron confusas y escasas, y al volver la vista hacia atrás sólo podían ver la colina tomada por los Caballeros Dragón. La derrota había llegado.

Un kilómetro hacia el este, tras la colina, alejados del frente de batalla, el soldado de Orthen y muchos otros guerreros de su condado y de Copomar habían acabado con la seccionada punta de la cuña de Galier, a costa de aún más vidas de ambos bandos. Cadáveres de fieles y arrojados kendorianos, portadores de diversos estandartes y variados colores de muchos señores yacían en el embarrado valle. La muerte les había vuelto a reunir en una unidad, ya fueran fieles a un rey, a un príncipe, a un pueblo, a una ciudad, a unos amigos, a una familia o a un amor. 

El soldado de Orthen, ya sin fuerzas para sujetar su arma, la dejó caer. Por fin pudo respirar y contemplar apesadumbrado sus manos, encallecidas y manchadas de sangre, tierra, sudor y lágrimas, bajo la brillante y prístina luz del amanecer. El eco del valle hizo resonar el profundo y lúgubre sonido de los cuernos del ejército del Rey. Aquel inequívoco sonido de fatalidad tenía un claro significado. Los restos del ejército de Aldrion se batía en retirada.

Habían perdido la guerra.
La Maldición de las Cenizas

El Regalo

- Como lo oís, mis queridos camaradas, tan cierto como que es cerveza lo que estamos bebiendo - siseaba el encapuchado a dos fornidos caballeros acorazados.

- Esta cerveza sabe a meados de vaca y sospecho que esa es su verdadera naturaleza - comentaba socarrón el guerrero más alto y delgado, que agitaba distraídamente la espuma aguada de su jarra con su sucio índice.

- Tu historia es tan poco probable como que tu nombre sea Rakish, ¿verdad? ¿Rakish? - gruñía su barbudo compañero como un perro rabioso.

- Tengo buenas fuentes, y eso es todo lo que necesitáis saber - alardeó el encapuchado mientras se mecía su fina y recortada barba.

- No te hagas el listo con nosotros. Conocemos bien las artimañas de todos los que salís de ese pozo de mentiras, Gran Magister, y eso que dices es demasiado grande como para hablar a la ligera - rugió el caballero de barba negra golpeando la mesa con su puño de acero volcando parte de la bebida.

- Oh venga, Grosh, no me sobra dinero para otra jarra, así que templa tus nervios. Pero no te lo voy a negar, ¿Sir Saulk postrado ante Zerika y jurándole lealtad al Imperio? El Señor Dragón no se arrodilla ante nadie - se mofó el más alto mientras lamía el líquido derramado por la mesa.

- No sé si fue ante la mismísima Emperatriz, pero el juramento si se ha pronunciado y le llevó un regalo: las cabezas de esos malnacidos nigromantes y la de la Reina Glaurg en dos cofres de plata con cierres de latón - aseguraba Rakish con la confianza del que lleva la razón.

- ¡Que me corten los tendones! Eso no va a gustar a los pieles verdes - ladró entre risas Sir Grosh dándose tal golpe en el pecho que hizo retumbar la coraza-, pero ellos me gustan menos a mí, así que bien hecho.

- Posiblemente, pero - esta vez el encapuchado bajó la voz hasta un tono casi inaudible-, si queréis que os sea sincero, yo creo que Glaurg está tan viva como vosotros dos y yo mismo.

- Eso es mucho decir en un lugar como éste, donde ni los muertos pueden descansar en sus tumbas... - bufó el rudo caballero masticando las palabras.

- Prosigue con tu historia Magister Rakish - instó al encapuchado el delgado y alto caballero que parecía haber recuperado el interés sobre el extraño hombrecillo.

- Como deseéis, Lord Hantak. Sea como sea, el Chambelán Imperial, que parecía bastante ofendido con nuestros presentes preguntó directamente al Señor Dragón que qué creía que debía hacer la Emperatriz con semejante regalo. Y Sir Saulk les respondíó… 

- Espera un momento, hay algo que no me cuadra en todo esto… ¿Sir Saulk en persona? ¿Me estás diciendo que aquella criatura que arrojaba bocanadas de fuego por sus fauces de medio-dragón y carbonizaba a los cadáveres de La Noche se personó en el Palacio de la Emperatriz y no intentaron acabar con él? – alzó la voz Sir Hantak que no cabía en sí de asombro.

- Mmm, eso es parte del misterio que tiene tan intrigados a los míos. Veréis, no sabemos cómo, pero Sir Saulk llegó a la Corte Imperial con su cuerpo humano, sin las deformidades de aquella maldición que le tuvo postrado durante aquel año negro, sin su majestuosa forma de medio-dragón que atemoriza tanto a nuestros enemigos – respondió confidente el Gran Magíster. 

- ¿Entonces Sir Saulk está curado? ¿El general vuelve a dirigir a su hueste? – rugió Sir Grosh levantándose de su silla de un salto.

- No lo sé. Supongo que podríamos decir que sí… - respondió inseguro Rakish, mientras pedía una nueva ronda al tabernero con una señal de la mano.

El viejo tabernero llenó las jarras de aquella espesa cerveza negra y se dispuso a llevar las consumiciones a la mesa del reservado donde aquellos tres clientes le habían pagado con un buen saco de reales.

- ¿Quiénes nos has dicho que iban en la comitiva de Sir Saulk? – solicitó Sir Hantak bajando la voz a medida que el tabernero se acercaba con la cerveza.

- Sir Gruy, el Caballero Negro, Sir Gonnar Mataogros, dos orcos… creo que se llamaban Amôg y Nograk, el nuevo Maestre de la Ley, El Caballero del Cuervo… – iba nombrando el Magíster de memoria cuando se vio interrumpido por la voz aguda del tabernero que parecía paralizado por el pánico.

- ¡Señores! ¡Les rogaría que no hablaran de un hombre como ése en mi local! ¡Es de mal agüero! ¡No sé si conocerán la mitad de historias que cuentan de él, pero para mi han sido suficientes como para no conciliar el sueño desde hace semanas! – vociferaba el tembloroso y ladino dueño del establecimiento mientras dejaba las jarras sobre la mesa con tal estrépito que vertió la mitad de su contenido.

El revés de Sir Grosh le hizo volar un par de metros antes de estrellarse contra la barra y dejarle casi noqueado. Una serie de cortes en la mejilla dejaban constancia de dónde se había clavado el metal del guantelete en la carne de aquel desgraciado.

- ¡Ni la mitad de lo que te puedo hacer yo si no aprendes a meterte donde no te llaman! Aunque pensándolo mejor, quizás podría comentarle a mi buen amigo el Caballero del Cuervo tu buena opinión sobre él, me han dicho que le gusta alimentar a sus pájaros con los ojos de los delincuentes de su región, pero puede que haga una excepción contigo… - rugía el barbudo caballero con la cara enrojecida de furia.

- ¡Siéntate, maldito maleducado! – ordenó Sir Hantak al peludo thalesiano mientras señalaba la silla que había quedado vacía – Y tú, tráenos otras tres cervezas y quizás con un par de reales más podamos olvidar este incidente sin vaciar ninguna de nuestras cuencas… - finalizó fríamente el alto caballero de armadura negra.

Rakish continuó con su recuento como si nada hubiera pasado, pero el último nombre lo dijo en apenas un susurro - … y Noctufer.

- ¿Cómo? ¿Ese niño también? Que los diablos se lo lleven a él y a la zorra de su madre, no hay quien vaya a misa sin que uno de los arcontes saque su nombre en el sermón – escupió Sir Grosh malhumorado – Hasta a mi me pone los pelos de punta. Apenas tiene un año de edad y ya aparenta doce, ¿es que sólo yo me doy cuenta de que es el hijo del mismísimo Diablo?

- Mide tus palabras, camarada – le espetó el Gran Magíster con su sonrisa de rata – nunca se sabe si algún día tendrás que jurarle lealtad. Tengo entendido que Sir Saulk ve en él un firme candidato para dirigir a su hueste cuando llegue el momento, y El Cuervo no le deja sólo ni a sol ni a sombra. Por algo será.

- No tengo toda la noche para discusiones filosóficas, termina tu historia cuanto antes, tenemos que volver a la fortaleza antes de la medianoche. – le apremió Sir Hantak mientras apuraba la cerveza que quedaba en su jarra.

- Cierto. Casi pierdo el hilo de todo esto. Pues como os decía, el Señor Dragón respondió al chambelán que deseaba el favor de la Emperatriz, que para él sería un honor proclamar Tierra Negra como parte de su glorioso Imperio. Rogó a Zerika que le otorgase su gracia y juró por la sangre que corría por sus venas que la paz reinaría en el norte de nuevo.

Sir Grosh emitió un breve bufido pero dejó a Rakish continuar con su relato.

- En ese momento el Duque Orrick levantó la voz por encima de todos los demás y preguntó a voz en grito que con qué derecho reclamaba el Señor Dragón las tierras más allá del muro de Orthen, al norte de Copomar. La respuesta de Blaugir fue rápida y tan afilada como el filo de una navaja: “Por derecho de sangre”, dijo, “Mi sangre lleva muchos años sirviendo al Imperio, pues no es otra que la del mismísimo Príncipe Galier”.

El silencio se propagó por toda la habitación y tan sólo se podía escuchar los ladridos de los perros del exterior. 

- ¿Es…? ¿Eso es cierto? – preguntó Sir Hantak sin dar crédito a lo que habían escuchado sus oídos.

- Es un hecho contrastado, interceptamos un mensaje en Naia, un mensaje de Galier a un destinatario que aún desconocemos, pero donde el Príncipe se lamentaba de que su hermano Saulk aún no hubiera caído como le había prometido el otro – siseaba el Gran Magíster, mientras miraba a un lado y otro de la sala - Es decir, que ese perro al que se dirigía el Príncipe de Kendoria es el responsable de lo que le ocurrió a Sir Saulk en Heigar.

- Al fin la comadreja sale de su escondite – dijo Sir Hantak lamiéndose los labios.

- Te puedes imaginar en qué estamos metidos hasta el cuello en estos días – les comunicó Rakish a los dos caballeros mientras esbozaba su afilada sonrisa – Los altos mandos del Imperio sólo nos han puesto una condición para que seamos aceptados: Tierra Negra debe poner fin a su guerra civil cuanto antes. Por lo visto un Emisario Imperial será movilizado a la zona para estudiar nuestra situación. 

- Espero que ese emisario sea tan longevo como la Emperatriz, porque tenemos lucha para siglos – gruñó el Sir Grosh con hosquedad. 

- Bueno, nuestro Imperio no sólo quiere la paz en Tierra Negra, también quiere un regalo – sentenció el Gran Magíster ampliando aún más su sonrisa.

- ¿Y se puede saber qué regalo es ese? – inquirió Sir Hantak, devolviéndole la sonrisa.

- La cabeza de la comadreja…

Los Señores Oscuros
La oscuridad de aquella cripta bailaba al huir de las temblorosas llamas de las antorchas circundantes. Seis figuras cubiertas por raídas túnicas del color de la noche se reunían en torno a una gran mesa, cuyos cautivadores y siniestros dibujos no se podían percibir 
con claridad. El ceremonioso silencio fue roto por una noticia que casi todos habrían deseado no escuchar.

- El Dragón ha jurado a los pies del Fénix.

No hubo murmullos, aunque los corazones que aún latían se arrugaron de temor. Por fin uno de ellos se atrevió a responder.

- En ese caso todo está perdido. Tierra Negra ya nos ha sido totalmente arrebatada. El Dragón ha vencido. Tan solo es cuestión de tiempo.

- Pero aún dominamos el inmenso Bosque de la Vida, y con él más de la mitad de la extensión de Tierra Negra. Es tan nuestra como suya. – respondió el tercer encapuchado.

- No obstante no podemos salir de él, al igual que las huestes del Dragón no pueden entrar. Hace meses se estableció un equilibrio, una frontera, delimitada por la linde del bosque. Pero la jugada del Dragón romperá ese equilibrio. –replicó el segundo encapuchado. – Nuestras líneas no resistirán el fuego del Fénix. Menos aún dentro del bosque, donde tenemos más enemigos que aliados. Los orcos han hecho de él su hogar, y los thalesianos nunca lo abandonaron completamente. La guerra llega a su fin, hermanos.

El resignado asentimiento de los presentes vino en forma de silencio. Tras varios eternos segundos, uno de los Señores Oscuros se incorporó de su sillón de ébano plantando sonoramente sus manos sobre la mesa.

- ¡Entonces, la única salida es negociar!

Nadie respondió.

- ¡Nuestro poder era capaz de mantener a raya a las huestes del Dragón, pero la furia del Fénix nos devorará entre sus llamas de color púrpura! –prosiguió el nigromante. –Aprovechemos nuestra posición para negociar mientras estemos a tiempo. Gracias a "él" 
hemos obtenido tierras, gloria y poder, y yo me niego a perderlo todo.

- Quizás si se le pidiésemos de nuevo ayuda… – planteó otro de los Señores 
Oscuros.

- Sería difícil, dada su posición. Todas las miradas se volverían hacia "él". Además, probablemente el Dragón ya trate de ir por su cabeza.

- Estoy de acuerdo, hay que negociar. –intervino el portador de la noticia.

- Mandemos pues las correspondientes misivas. Si la negociación se realiza al amparo del Imperio, jugando al mismo juego que el Dragón, podremos salir de esta.

- Entonces, decidámoslo de manera firme. Tres de nosotros ya estamos de acuerdo. Hablad todos.

Tras un breve silencio, los demás nigromantes expresaron su opinión.

- No estoy del todo de acuerdo con vuestra visión fatalista de nuestra situación, aunque admito que parece ser la única salida a largo plazo. Voto pues a favor, aunque me duela en el orgullo.

El siguiente de ellos habló también.

- Yo opino que nuestras fuerzas no están por debajo de las del Dragón, sino todo lo contrario. Aunque el Fénix…

- ¿Qué decides pues?

- …voto a favor.

- Bien, de acuerdo, eso hacen cinco a favor. –el nigromante encapuchado esperó la palabra del último de ellos, mientras todos dirigían su mirada hacia Kalak, quien ni siquiera había torcido el gesto durante la reunión y cuyos labios permanecían sellados.

- Kalak, no guardes más silencio. Acepta ya y no perdamos más el tiempo.

Los huesudos dedos del nigromante empezaron a tabalear de manera siniestra sobre el brazo del sillón de ébano. Acto seguido, y con gesto parsimonioso, sacó de entre sus ropas dos negros guantes de piel. Con suavidad y elegancia deslizó sus manos dentro de los guantes, primero el izquierdo, seguido del derecho. Tras la pausa, habló con voz de ultratumba.

- Necios…

Los cinco clavaron su mirada en los afilados rasgos del brujo.

- Necios y cobardes… ¿Por qué lucháis contra el tiempo? Él es vuestro mayor aliado. El tiempo hace que los heridos se desangren, contraigan infecciones y mueran. El tiempo marchita a los vivos hasta que su aliento se extingue. El tiempo hace que hasta el más terrible de los incendios se sofoque. El tiempo traerá al ejército del Dragón y su nuevo señor el Fénix a nuestras impenetrables puertas. Allí lucharán, y aunque los nuestros caigan, de nuevo se alzarán. Con cada muerte del enemigo nuestra fuerza se hará mayor. Mirad por una vez a vuestro alrededor. Incluso dentro del bosque, donde los thalesianos y los orcos sobreviven, hay luchas. Agradezcamos al Dragón el haber exterminado a la Reina Bruja, pues de esta manera las rivalidades de los orcos nos entregan más cadáveres para la guerra. El tiempo es nuestro aliado, eterno e infinito. No habrá 
negociación.

- Olvidas que algunos de nosotros aún estamos vivos, Kalak, no como tú. La perspectiva de la eternidad te aleja de la realidad y nubla tu juicio. Sin el apoyo del Fénix ni el de "él", no aguantaremos todo el tiempo que tú alabas. Caeremos sin remedio.

Kalak se levantó muy lentamente de su trono, incorporándose con la dificultad de un cuerpo roto y muerto.

- El tiempo que alabo me dará la razón, hermanos. "Él" nos entregó un Dragón enjaulado. Vuestro juicio, cegado por el caramelo prohibido que saboreabais en vuestra falsa gloria de carceleros, permitió que escapase y emprendiese el vuelo junto al Fénix. Teméis las llamas de su ira vengadora. Sobre vosotros descargará su furia, y después irá tras nuestro benefactor. –El nigromante encaminó sus pasos hacia la salida de la cripta, mientras el creciente eco de las estancias no hacía sino incrementar la contundencia de sus palabras.

- Pero cuanto mayor es el fuego, antes lo devora y consume todo, precipitándose su extinción. 

La figura de Kalak se perdió por fin en la oscuridad de los pasillos, escuchándose aún en el aire sus palabras, dagas que se clavaban en el corazón de sus cinco hermanos oscuros.

- Y después del fuego... tan solo quedarán las cenizas. Y es sobre ellas sobre las que tenéis verdadero poder. Pero estáis demasiado ciegos como para verlo. Aún así… os obligaré a entenderlo por vuestro bien… No contéis conmigo para vuestras necedades… No hay negociación posible. 

El eco se disipó al fin en la oscuridad, devolviendo la fría calma a la estancia de los Señores Oscuros.

- Se ha… marchado… -murmuró uno de ellos.

Los cinco nigromantes se miraron entre ellos.

- Tenemos que negociar.
En la Ardiente Oscuridad
El calor de los que acababan de morir se perdió en la oscuridad de la noche. El pequeño pueblo de Etherye que otrora prometía convertirse en una bulliciosa y gran ciudad parecía ahora poco más que un cementerio en ruinas. Cientos de cuerpos inertes yacían en el suelo, cuerpos de bandidos, delincuentes y condenados. Cuerpos de personas que habían huido del lugar donde habían nacido buscando una vida mejor. Cuerpos de aquellos que buscaban en Tierra Negra un lugar donde partir de cero. Y entre ellos, decenas de cuerpos de los bárbaros norteños, thalesianos que habían luchado durante años y habían dado su vida por recuperar una tierra antaño suya, una tierra que les había sido arrebatada. Etherye había quedado reducida a un recuerdo, y la verdad acerca de su final sería arrastrada por los vientos.

Tan sólo tres personas habían sobrevivido a la masacre. Sus cuerpos estaban cubiertos de sangre, tanto de sus víctimas como de aquellos amigos que les habían seguido a la lucha.

Una de ellas, una mujer cuyo rostro estaba cruzado por una terrible cicatriz, levantó la mirada hacia el valle, mientras el fuerte viento agitaba las pesadas pieles que vestía. Con un intenso gesto de fiereza y determinación, susurró unas palabras a sus compañeros de viaje:

“Esta es la primera de las muchas ciudades que caerán. Quienes hoy lucharon aquí habrán dado su vida por expulsar a la propia Muerte de estos valles, y se les recordará siempre como héroes. El fin del invasor ha comenzado, y su oscura Tierra Negra desaparecerá tal y como vino. Cuando nuestros vecinos pronuncien nuestro nombre, lo harán con temor en sus voces. Los dioses están con nosotros, y nuestro pueblo recuperará su honor con la sangre de los corruptores. Lo juro por Morrigan. Lo juro por Cern.”

“Tus dioses”, respondió uno de sus acompañantes con gesto gélido.

El silencio de la masacre de Etherye sólo era perturbado por el viento ensordecedor que silbaba entre sus ruinas. Cuando los tres caminantes comenzaron a alejarse de la ciudad, el sol comenzó a asomar por detrás de las montañas. Al contemplar la vigorosa luz del amanecer, la mujer que había hablado a sus compañeros detuvo el paso, agotada pero firme.

“Ahora debemos viajar hacia el sur, a la antigua ciudad de Yggenila. Reuniremos a nuestros hermanos. Que los siervos de la Muerte estén alerta, pues al igual que hoy, el viento de los bosques de Thalesia arrastrará las cenizas más allá del mar.”

A una milla al oeste de Etherye, un grupo de jinetes bien armados y pertrechados contemplaban atónitos el desolado paisaje de destrucción bañado por la luz del alba. El fuerte viento agitaba también el estandarte que portaban, un poderoso martillo de plata de pie sobre un gastado cráneo quebrado sobre fondo negro como la noche. El maestre de los Martillos de Herejes contuvo a su caballo cuando éste se alteró por el siniestro aroma de lo que ya no vive. Los rostros de todos los presentes, agotados por varios largos días de marcha, aguardaban a la expectativa de nuevas órdenes del líder de la expedición de guerra.

“Compañeros... ignoro lo que ha acabado con Etherye, pero por Dios el Guerrero que lo averiguaremos. Sir Damodar, Sir Sivarian, Sir Kromus y Sir Fargus, desplegad a vuestros hombres por las ruinas de Etherye. Buscad supervivientes y cualquier información que nos desvele lo que ha ocurrido aquí. Quiero saber… necesito saber… quién se nos ha adelantado.”

EFEYL 2007

Lección de Historia

-"Comencemos otra vez…"

El estratega y su aprendiz, un capitán con ciertas posibilidades, se reunían en una amplia sala. La mesa estaba cubierta de mapas desenrollados y piezas de metal descolocadas representaban acumulaciones de tropas.

-"Veamos, capitán, resúmeme otra vez los movimientos recientes acontecidos en la guerra kendoriana, después de la estrategia de la cabeza de lanza del príncipe".

El capitán miraba con cierta aprehensión a su mentor. La estrategia política-militar a gran escala era algo que su mente aun no llegaba a procesar del todo y a veces se perdía en los razonamientos del maestro. –"Bien. Veamos…la situación estaba así…"- moviendo con los
dedos las representaciones de ejércitos, miraba de vez en cuando dubitativo para avistar cualquier error. –"Las tropas de Galier habían avanzado a la desesperada en un ataque relámpago hacia Naia. Un fuerte contingente avanzaba hacia las cercanías de la ciudad intentando matar al Rey, ya que si lo conseguían, la rebelión perdería su sentido".

Ante el gesto de aprobación de su maestro, prosiguió con más confianza. –"En este momento surgieron algunos problemas para las tropas de Galier. La resistencia se vio recrudecida con la presencia kalendoriana, cuya superioridad táctica, que no numérica, desequilibró la balanza de los primeros ataques, causando la retirada del ejército del príncipe"- Concluyó con un gesto victorioso.

Su maestro torció el gesto, lo que le enfrió los ánimos como un cubo de agua. –"Sigues pensando en términos de soldado, y eso no puede permitirse a estas alturas. Tu familia ha presionado muy fuerte para que tengas la oportunidad de ascender a estratega imperial, pero si no progresas, no lo conseguirás. Vamos a pensar en términos más amplios. ¿Qué sucedió en Naia?"-

-"Eh…"- Sus ojos se alzaron mientras intentaba concentrarse –"El Rey desapareció, dejando como heredero al hijo de la duquesa, Helios Lyeras…"- Dijo indeciso.

-"¿Ah, sí? ¿Así de repente un hombre que desapareció hace 200 años tiene un heredero directo?"- Su reproche hizo subir los colores al rostro del soldado –

-"Mmmm, heredero designado. Realmente legó la corona a uno de los muchos descendientes de su propio linaje, pues era su potestad como señor de Kendoria"- El capitán se relajó un poco viendo cierto grado de aprobación en el rostro del estratega.

-"Mucho mejor, pero en realidad tu respuesta no es correcta del todo. Sí es cierto que la oposición kalendoriana recrudeció la lucha, pero ¿cuál fue el verdadero motivo de la decisión que tomaron?"

-"Lógicamente, tuvieron que retirarse, su posición era muy peligrosa- " la voz del capitán adquirió seguridad mientras entraba en un tema mucho más familiar para él. Al mismo tiempo, sus manos situaban las piezas sobre el mapa para ilustrar sus palabras- "Las tropas de Galier habían entrado demasiado profundamente en terreno hostil. Si los rebeldes se reorganizaban, podían cerrar la presa tras ellos, impidiéndoles regresar, cortando sus líneas de suministros y
rodeándolos por los cuatro costados. Aún así, la probabilidad de que Copomar se reorganizase justo después de perder al Rey, era mínima…"-

-"Entonces, si era tan difícil que los seguidores del Rey se reorganizaran, ¿por qué se retiraron? ¿No hubiera sido mejor entrar hasta el fondo y eliminar la oposición en ese momento?" – el instructor se cruzó de brazos y observó atentamente a su alumno. 
El capitán sonrió mientras colocaba una última pieza en el mapa, justo delante de las piezas del ejército de Galier "- En este punto, la aparición de los sarphilos fue crucial. Aunque el general, enviado por Galier para dirigir la operación sabía por sus espías que probablemente no había ninguna otra unidad kalendoriana en la zona, no sabía si el ataque sarphilo era una actuación puntual de esa unidad, o realmente Proceas había decidido traer a las legiones kalendorianas. De ser así, el ejército del Príncipe se hubiera tenido que enfrentar con las
legiones kalendorianas en territorio enemigo, en inferioridad numérica, sin posibilidad de refuerzos y con unas líneas de suministros inciertas. Más aun, de ser derrotados, la desaparición de su contingente habría dejado un enorme hueco en las líneas del
Príncipe, por el que los rebeldes hubiesen podido realizar incursiones, llevando el caos detrás de las líneas de Galier, y provocando que el frente se derrumbase hacia el oeste, quizá incluso
hasta Lloria. En pocas semanas, hubiesen perdido lo que ha costado meses conquistar"-

-"Correcto. El general de Galier, que es perro viejo en estas lides, decidió sabiamente retirarse tras la frontera de Copomar y reorganizar allí un punto desde el que continuar la ofensiva.
Aunque algunos cabezas huecas le han tachado de cobarde, la verdad es que no tenía sentido arriesgar el futuro de una guerra ganada. Además, fue la decisión correcta, en vista de que finalmente Kalendor ha enviado sus legiones a proteger Copomar."

-"Recuerdo algo de un regimiento perdido en esa retirada… ¿se ha sabido algo más de ellos?"

-"Aún poca cosa, pero no deberían ser un problema ahora mismo y lo más seguro es que se hayan retirado por su cuenta intentando llegar a sus hogares. Pero eso no es ya un obstáculo, pues el nombramiento de Helios Lyeras como heredero supuso otro golpe importante en la
guerra, que fue…".

-"¡Claro! ¡La disputa con Rhoden, y el retorno del ducado al bando del Príncipe! La Duquesa estaba ofendida, pues al ser de sangre real ella también hubiera esperado recibir los honores en su ducado…"

-"Es una buena posibilidad, aunque no es algo que sepamos por ahora. Sea como sea, poco tiempo después del nombramiento, comenzó una intensa actividad diplomática entre Rhoden y la Kendoria de Galier, permitiéndoles al final regresar sin aplicar represalias reseñables. Debes aprender que el orgullo de la nobleza es un arma peligrosa con la que debes lidiar. También hay que alabar el sentido de la oportunidad de la Duquesa, que aprovechó un momento de flaqueza para firmar la paz sin tener que entregar su posición o su vida. 

-"Muy bien, así es. Ahora pasemos de nuevo al otro lado, donde la situación aun se mueve. ¿Qué está sucediendo en Copomar?"

-"Bien. Las tropas kalendorianas aseguran las fronteras y protegen los caminos en el ducado…"-

-"¿No estaría entonces Kalendor infringiendo nuestras leyes, enviando tropas a otro país?"

-"Mmmmh…no. Al principio tras la boda de Proceas y la Duquesa son tropas de protección y tienen derecho a defender a las personalidades de Kalendor, incluyendo dentro de esa consideración a la mujer del augur…corrijo, ya entonces Imperator. 

-"Veo que se te va despertando la sesera. Así es."-

-"Hay algunas cosas que no termino de entender… los legionarios han estado protegiendo la frontera por orden de Proceas, pero...qué demonios piensan hacer ahora que el augur ha renunciado a su cargo como Imperator y ya no rige los destinos de Kalendor? ¿Qué significa
que la Duquesa fuera aclamada como Imperatrix? Aparte, ¿por qué, con semejante guerra civil, no ha intervenido el Imperio todavía?"

-"Buenas preguntas, capitán… Primero, nadie sabe qué es lo que tiene Proceas en mente, y pocos ajenos a Kalendor entienden del todo como funciona su sociedad y el poder real que tiene ahora el augur tras dejar su puesto. Hasta donde sé, y podría estar mal informado, el
puesto de Imperatrix es puramente ceremonial cuando se otorga por asociación marital… aunque no estoy seguro. Y el motivo de que el Imperio aun no haya intervenido, deberías ser capaz de deducirlo tú mismo".

-"Mmmm… La guerra en Thalesia tenía ocupadas gran parte de nuestras tropas del Ejército del Norte, y mandar un contingente insuficiente hubiera sido arriesgarse a una derrota… mucho peor que no intervenir. Aparte, tanto Aldrion como Galier apoyaban al Imperio, al contrario que en Thalesia, donde Ungerick tenía la expresa intención de separarse de nosotros una vez en el poder."

-"Perfecto. Parece que todas estas horas han servido de algo. Sin embargo, ahora que Liara, parte imperial de la antigua Thalesia, está en una situación de preponderancia sobre el territorio controlado por Ungerick, nuestras legiones se están reorganizando. Este absurdo enfrentamiento kendoriano se debe terminar de una vez, antes de que arrastre también a Kalendor a una guerra. Por tanto, si ellos no ponen punto final a este sinsentido, se lo tendremos que poner nosotros. Afortunadamente, estamos preparados para esta contingencia."- El estratega se giró y buscó en su escritorio hasta sacar un rollo de pergamino, cerrado con un sello imperial en lacre dorado. –"Ve a buscar a un correo, dile que tienes un mensaje urgente que entregar."

-"¿A quién debe entregar el mensaje el correo, maestro?"- Preguntó el capitán, curioso.

-"Ha llegado la hora de consultar al maestro del maestro, hijo. El destino de esa carta es la marca imperial de Krestanilah. Su destinatario, Tyer Vorage."

Su aprendiz palideció por un instante, y sin preguntar nada mas, salió de la sala de aprendizaje militar, mientras pensaba en el mensaje que llevaba en las manos. –"Tyer Vorage…" –Pensó…y entonces, solo pudo acelerar el paso.
El Dragón y el Fénix
DIARIO DEL MAGISTER MAGISTRORUM

Vigésimo primer día de la última luna del año 806 d. Z., Tierra Negra

La Falsa Paz de Köreth ha sido un éxito, como planeamos. Hemos sufrido muchas bajas y perdido la ciudad. Sin embargo el Señor de Tierra Negra se ha alzado con la victoria. Ahora contamos con la criatura que Lord Saulk dio caza en las estepas, ese dragón escupe fuego, y ya no habrá nigromante que se nos oponga. El Bosque de la Vida está siendo calcinado hasta sus raíces en estos momentos, mientras los Señores Oscuros se baten en retirada.

Vigésimo tercer día de la última luna del año 806 d. Z., Tierra Negra

No hay señales de lucha por parte del enemigo desde esta misma mañana, su presencia parece haberse esfumado, sin embargo Kalak, el Eterno, no ha cedido ni un ápice de su terreno y por muchas tropas que se envíen, la campaña resulta contraproducente. Los caballeros que lucharon contra él en Köreth dicen que el brujo ha aumentado sus poderes desde que se hizo con la Corona de los Muertos. La lucha en el Este está perdida, nadie entra en el Páramo del Liche y sale con vida. Por otro lado, el dragón monta guardia junto a su frontera tras la batalla, entre las ascuas y cenizas del gran bosque thalesiano.

Vigésimo quinto día de la última luna del año 806 d. Z., Baluarte del Señor Dragón

Confirmado, los Señores Oscuros han huido a lamerse sus heridas, mientras que Kalak, a pesar de seguir en Tierra Negra, no puede salir, atrapado como una alimaña en una ratonera. Es cuestión de tiempo que su bastión caiga y nos hagamos cargo de la destrucción de esa maldita corona… El enviado imperial se ha entrevistado con Lord Saulk y no nos ha ido nada bien. El Señor Dragón está furioso y ha jurado aplicar el correspondiente correctivo a los responsables de tal fracaso. El Caballero del Cuervo, el Caballero Negro y el Profeta de las Huestes han sido convocados en la sala para dar explicaciones de lo ocurrido. Debo admitir mi fracaso, el enfado de Lord Saulk está más que justificado; el Imperio pidió que le entregaran la cabeza del hombre que traicionó a nuestro señor y la paz con los Señores Oscuros a cualquier precio. Tan sólo se ha conseguido la mitad de lo acordado, y eso no es suficiente para los siervos de la Emperatriz. Estamos fuera del Imperio. Estamos solos…

Trigésimo día de la última luna del año 806 d. Z., a un día del `Fenix Stictum´, Aretus

Mis contactos en Orthen han dado sus frutos. Las legiones imperiales regresan del norte. Si no estamos posicionados con el Imperio para cuando crucen la frontera, nuestro pequeño reino desaparecerá tan pronto como se alzó. Si el plan resulta, puede que aún nos quede una última oportunidad. Lord Saulk me ha ordenado que busque a “la comadreja” donde quiera que se esconda. De momento seguimos sin un rumbo claro.

Segundo día de la primera luna del año 807, primer día tras el `Fenix Renascor´, Iscalan

El mensaje del cuervo enviado por el Maestro de la Ley confirma la voluntad del Señor Dragón. Lord Saulk hincará la rodilla ante la Regente Niowyn como su vasallo. Sabia elección, aunque no la mejor de las opciones, pero no nos queda otra alternativa. Formando parte de Copomar, reino de una de las provincias del Imperio, estaremos protegidos bajo el Orbe de Zerika. El Señor Dragón ha exigido una serie de privilegios por su lealtad y sus tropas, además de la anexión del Condado de Orthen. El territorio conformado será conocido como el Ducado de Tierra Negra. La “comadreja” sigue sin aparecer.

Décimo noveno día de la primera luna del año 807, Orthen

Lord Driothen finalmente ha jurado lealtad al Duque Saulk y las puertas del Muro han sido abiertas de par en par para dejar paso a las tropas, caballeros y Recios, que defenderán la frontera con el Reino de Galier. Mis agentes han movilizado al campesinado para que “por propia voluntad” desmantelen el Muro y lo reutilicen para reparar sus desvencijadas casas. Pronto será historia. Un encapuchado se ha entrevistado con una de mis Magistrae de mayor confianza, parece ser que tiene información sobre la identidad del traidor…

(más tarde)

Ni siquiera yo podría sospecharlo y, sin embargo, las piezas encajan a la perfección. No me atrevo a escribir nada más hasta que la información sea confirmada y contrastada. Pero si fuera cierto… 
La Luz de Naia (1ª parte)
Fue la noche más espantosa que recordaran los aldeanos de Naia.

El Rey Aldrion había partido, pero no solo. Muchos vieron a las doncellas que lo acompañaron hasta que desapareció, y otros tantos, haciéndose eco de la Iglesia, habían formado una expedición destinada a acabar con el mal que anidaba en el Bosque. Costó poco relacionar ambos sucesos, declarar al Rey hereje y dictaminar que sólo gracias a la fe podría Naia salvarse. Todo eso resultaba confuso para gentes que habían vivido durante dos siglos dominados por una tradición: no perturbar a los seres del Bosque, no traspasar sus dominios... Y quienes habían visto en persona al Rey de esas criaturas, que se denominaban a sí mismas "Hadas", no parecían muy dispuestos a desmentir las advertencias de los sacerdotes de los Cuatro Puntos Cardinales.

La tarde era, a pesar del continuo ir y venir de grupos armados, apacible. El cielo iba cobrando poco a poco tonos anaranjados, rojizos, violáceos... hasta que en el horizonte la noche hizo acto de presencia.

Nadie recuerda cómo pasó, pero cuando casi todos los aldeanos se disponían a acostarse, un aullido sobrenatural hizo que la sangre se les helara en las venas. La guardia se reunió en la puerta del granero, temiendo un ataque por sorpresa, y muchos campesinos se les unieron. Aguardaron unos minutos, pero al ver que nada ocurría, se
dispersaron. Mas, antes de que ninguno pudiera regresar a su cama o garita, el aullido volvió a escucharse.

-¡Por Dios, ayudadme!- se oyó a alguien gritar. 

Un grupo de campesinos y dos guardias corrieron hasta el lugar de donde procedía la llamada de auxilio. 

-¡No, Josufel, no! -se escuchó otra voz, cerca de donde se había oído la primera. 

Demasiado cerca, pero nadie veía nada raro, y eso hacía que un escalofrío recorriera sus espaldas. 

-¿Iset? ¡Iset! -dijo otra voz, cerca de la taberna de Naia.

-¡No puede ser, esa voz... es la de Dante!-exclamó, muerto de miedo, su primo Daeron Torcadan, de la Orden de San Liance.

-No digas estupideces. A Dante se lo llevaron los demonios -le reprendió el capitán Walder, y todos callaron, hasta que Alric Goralen, que iba con ellos, musitó:

-A mí también me lo ha parecido...

En la casa de los Goralen, Prístina intentaba mantener la calma. Tenía un presentimiento acerca de la causa de aquel suceso, lo cual ya era bastante más de lo que sabía cualquiera en la aldea, exceptuando quizás a la bruja Adraira. Su nieta Sorsha y Alana Hiliadan estaban junto a la lumbre, muy confundidas. 

-¿Qué han sido esos aullidos, abuela? -preguntó Sorsha. 

-No estoy segura, cariño. Puede ser un lobo, atraído por los cerdos de Villalurg.

Alana supo que Prístina no creía en esa posibilidad lo más mínimo, pero no dijo nada. Tenía miedo por Alric, su prometido, que había salido junto a su primo Dargolad a ver qué ocurría. Éste último apareció al poco, ojeroso, y apenas pudo aliviar la tensión de las mujeres: había oído voces, pero los alrededores estaban tranquilos.

-Si es algo malo, al menos no parece venir del Bosque.- declaró, mientras dejaba el arco y el carcaj apoyados en una esquina.-Ya sabéis lo que dice el padre Ratan: que acabaron con el poder cuando cortaron el árbol...

-Sólo porque lo diga Ratan no tiene por qué ser verdad -le interrumpió Alana.

-No. Pero sí que es cierto que desde entonces apenas hemos tenido noticia de Ellos. Y las sacerdotisas de la Triple Diosa tampoco parecen rebatir que ya no haya poder en la foresta -dijo Prístina.

Dargolad meditó sobre las palabras de la chica y de su abuela, pero se puso en estado de alerta cuando dieron dos golpes a la puerta y apretó la empuñadura de su cuchillo.

-Debe ser Alric -declaró Sorsha, y se levantó para abrir a su hermano, pero Dargolad la detuvo. 

-¿Quién es? -preguntó, colocándose al lado de la puerta. 

No hubo respuesta, y la menor de los Goralen sintió un repentino miedo. Dargolad volvió a preguntar.

-¿Quién es?

Y una voz joven respondió:

-Damyel.

Sorsha y Dargolad quedaron paralizados al escuchar el nombre de su abuelo, desaparecido hacía casi medio siglo, pero Prístina rompió a llorar, porque reconoció perfectamente, a pesar de todo el tiempo transcurrido, la voz de su esposo.

-¡Mirad, por la ventana! -exclamó Alana. Y todos pudieron ver unos ojos resplandecientes y una cabeza de algo parecido a un lobo durante unos breves segundos, pero en cuanto Dargolad reaccionó y abrió la puerta, ya no había allí nada, animal o persona.

Episodios similares se sucedieron durante una larga hora por toda la aldea, hasta que un grupo de aldeanos comandados por el padre Ratan y un cazador kalendoriano ideó un modo de atraer al presunto animal que andaba rondando y que parecía el causante de las misteriosas voces. 

Utilizaron a la que había sido la tonta del pueblo, Ushi Kaliesin, como cebo. La chica se resistió con buenas razones, pero al final tuvo que ceder y prestarse al plan. Cargando unos trozos de carne de cerdo fue desde el pozo hasta la cripta, mientras que varios cazadores, guardias y campesinos, armados de jabalinas, arcos y cuchillos, la vigilaban,
listos para dar caza al animal en cuanto la atacase. El resto del pueblo aguardaba en sus cabañas, con las puertas atrancadas, las estacas a mano e intentando ignorar las voces.

Ushi llegó al cementerio sin problemas, pero temblando de miedo. La carne se le escurría de entre las manos por la sangre y la obligaba a detenerse cada rato para volver a sujetarla. Pero haciéndolo, fue a tropezar con el borde de una lápida y se cayó. 

Gimoteó dolorida un rato, pero enseguida se echó a llorar: aquello era demasiado para ella. Desde unos matorrales cercanos el padre Ratan le susurraba que se levantara y cogiera la carne para seguir, pero de pronto se quedó mudo. Entre las tumbas había aparecido un enorme ser de pelaje plateado y ojos brillantes, más grande que un lobo, y en su mirada había mucha más astucia que en cualquier animal, incluso más que en un ser humano. Todos, al verlo, quedaron desconcertados, y no supieron reaccionar. Ushi no lo vio hasta que lo tuvo a su espalda; se dio la vuelta y al ver a aquel enorme ser se desmayó. 

El extraño lobo olió la carne y luego a Ushi, para enseguida fijar su mirada en los escondidos cazadores. De un salto se plantó delante de ellos y habló, con voz humana:

-Idiotas. Mis señores sólo exigían un tributo a cada generación. El que viene detrás de ellos no se conformará con menos que una generación entera como tributo.

Y aulló por tercera vez. Todos huyeron despavoridos, menos Ratan, que invocando el poder de Dios, resistió el influjo de la criatura, y aunque no pudo moverse del sitio durante casi media hora, pudo ver que el lobo desapareció en dirección al Bosque y los gritos dejaron de escucharse.
La Coronación
Las calles de la capital de Kendoria rebosaban de actividad. Los ciudadanos, felices, vitoreaban y festejaban por todo lo alto el acontecimiento que en esos mismos instantes tenía lugar en la catedral.

Tras tantos años, el Príncipe Galier, descendiente de los Duques de Taídra, ocupaba el lugar que era suyo por derecho. Por fin las dudas se despejaban, la Iglesia había escogido al Rey.

Por fin la guerra entre hermanos había terminado.

La catedral se encontraba a su vez repleta de caballeros, nobles y personalidades de todo el reino. Obispos, Arzobispos y Cardenales de Kendoria asistían al acto que oficiaba el querido y reputado Arzobispo Edelmann.

Galier se encontraba arrodillado ante el altar, ataviado con las más ricas vestiduras: el rojo y el dorado de los Reyes de Kendoria, con un estilizado adorno blanco sobre el pecho. Bajo la túnica, su cota de mallas brillaba tras recibir los más atentos cuidados, y su legendaria espada asomaba entre los dobleces de la inmensa capa que cubría sus hombros. El hasta ahora Príncipe de Kendoria realizaba los juramentos que llevaban tanto tiempo sin oírse: los juramentos de un Rey.

Entonces se hizo el silencio, el momento esperado por fin había llegado. El Arzobispo tomó entre sus manos la Corona de los Reyes, una corona nueva, más hermosa, fabricada en oro y engarzada con piedras preciosas magistralmente labradas.

- Así pues, Dios, mediante la Iglesia, su representante en la tierra, reconoce vuestro derecho sobre el trono de Kendoria. Que Aquel que Gobierna en los Cuatro Puntos Cardinales os ofrezca la sabiduría para gobernar a vuestro pueblo y el valor para protegerlo de nuestros enemigos – terminó Edelmann.

En ese instante, su Eminencia ciñó la corona sobre las sienes del hasta ahora Príncipe Galier de Kendoria.

- Levantáos Galier, como Señor de toda Kendoria.

El Rey Galier se levantó pausadamente. Los allí presentes observaban extasiados el acontecimiento: el nuevo monarca se alzaba poderoso ante ellos y, sin duda, Dios estaba a su lado.
Historia de un Emperador
En los últimos meses, la situación kalendoriana ha cambiado radicalmente, desde que Proceas asumió su puesto como Imperator.

Su primer y controvertido edicto, la Ley contra la Corrupción, convirtió el país en un hormiguero cuando decenas de magistrados fueron asignados a la meticulosa revisión de las cuentas y asignación de cargos durante los meses posteriores a la masacre del Consejo de los Augures. 

Tal y como se temía, la falta de una cabeza visible había disparado la corrupción y fueron encontradas y sancionadas docenas de infracciones, forzando una reselección del personal en numerosos puestos importantes.

Aunque en un principio algunos enemigos políticos del nuevo Imperator hicieron correr rumores de un golpe de estado encubierto, Proceas los acallo de un plumazo: puso a disposición de todo el mundo el resultado detallado de las investigaciones, accesible a cualquier ciudadano, manteniendo todos los procesos y diligencias en la más absoluta transparencia. El golpe final fue poner al frente de la investigación a uno de sus más antiguos y enconados adversarios políticos, para asegurar su total falta de interferencia en el asunto.

Aprovechando el apoyo popular que le dieron estas medidas, Proceas se embarcó en un proyecto mucho menos popular. Envió legiones a proteger el ducado de Copomar de las tropas del Rey Galier, apoyando a su esposa. En un principio, mucha gente quedó confusa con la resolución de Proceas, aparentemente contraria a su hasta ahora postura de emplear las legiones sólo en defensa de Kalendor. 

Sin embargo, Lord Auros arguyó que, puesto que ahora el era corregente de Copomar, bien se podía considerar el ducado una nación no sólo aliada, sino hermana de Kalendor, y era su deber ético defender a sus habitantes de las tropelías del antiguo Príncipe de Kendoria. 

Aunque hubiese podido imponer esta política con la autoridad de Imperator, convocó un debate con los demás augures supervivientes, con una posterior votación en la que su propuesta salió adelante por amplia mayoría.

Junto con las legiones, partieron hacia el oeste numerosos kalendorianos, con la esperanza de encontrar un nuevo lugar donde vivir, lejos de la superpoblación que aqueja las ciudades de Kalendor, pero todavía bajo la profesional protección de los feroces legionarios kalendorianos. 

Esta migración alivió muchos problemas sociales como el desempleo, la escasez de vivienda, la delincuencia y la mendicidad, haciendo la vida en las ciudades mucho más agradable. 

La tensa situación entre las diversas facciones político-religiosas también se serenó un poco, tanto por la pérdida de influencia debido a la Ley Anticorrupción, como porque muchos de los miembros más impacientes y beligerantes partieron a nuevas tierras a hacer proselitismo, antes de que una facción rival se les adelantase. 

Algunos partidarios de Proceas le atribuyeron el mérito por estas medidas, pero el Imperator negó que fuera nada intencionado. Lo negó con tanta insistencia, de hecho, que extraoficialmente todo el mundo acabó creyendo que había sido todo idea suya...

En tierras de Copomar, la presencia de los kalendorianos se hizo notar con rapidez: llegaban legionarios que limpiaban los caminos de bandidos (y de cualquiera que intentara desafiar su autoridad), comerciantes con productos básicos difíciles de obtener en Kendoria durante la guerra civil, emigrantes que ocupaban las casas de los muertos en la guerra y repoblaban las zonas arrasadas...

Desde luego, muchos kendorianos también creían que todo era idea de Proceas, aunque no lo veían con tan buenos ojos. Sin embargo, las legiones ayudaron a mantener a raya a las tropas del Rey en la frontera. Los comerciantes traían productos imprescindibles, y los nuevos granjeros y artesanos evitaban que los pueblos más pequeños quedasen vacíos y se asentaran los bandidos en ellos. Así que finalmente, la sangre no llego al río.

Los kalendorianos avanzaron infatigablemente en busca de un hogar por las tierras de Copomar, llevando a cuestas sus enseres, miedos y sueños. Y algunos llegaron hasta Naia, donde se asentaron buscando fortuna y prosperidad. Aunque también encontraron desconfianza y prejuicio.

Finalmente, tras seis meses de gobernar de una forma eficaz a juicio de muchos y ejemplar a decir de sus incondicionales, Proceas llegó a la encrucijada en que debía dejar la poderosa posición de Imperator y volver a las formas tradicionales de Kalendor. Hasta el último día, no se anunció nada en ningún sentido. El país entero contenía el aliento, con los ánimos divididos. 

Unos, sus más fervientes partidarios, clamaban por una legislatura vitalicia; otros, más moderados, planteaban la posibilidad de prorrogar seis meses más el cargo, ante los excelentes resultados. Una parte muy importante consideraba que ya había cumplido el tiempo estipulado, y que debía volver a sus funciones como mero Augur, aunque fuera una lástima prescindir de tan hábil dirigente; y finalmente, un grupo no tan grande pero aun así numeroso, temía que el Imperator tratase de aprovechar su poder y popularidad para asentarse en el cargo de por vida, cosa que querían evitar a toda costa, por la fuerza de las armas si fuera preciso. 

Mientras los días pasaban y se acercaba la fecha límite, los ánimos se fueron exaltando, apareciendo peleas multitudinarias y pequeñas revueltas originadas en la discusión de la cuestión.

Y finalmente, el último día, al atardecer, Proceas Auros dejó su cargo como insigne Imperator de Kalendor.

El país entero, que había estado conteniendo la respiración, se relajó. De la noche a la mañana, los tumultos desaparecieron de la capital, mientras la gente discutía y analizaba concienzudamente la actuación del augur. Sus incondicionales sacaban pecho poniendo a su ídolo como ejemplo a seguir en todos y cada uno de sus gestos. 

Sus detractores no se fiaban y señalaban todo tipo de teorías conspiratorias, algunas bastante creíbles, que inspiraban recelo. Sin embargo, en general, a la mayoría de los kalendorianos les supuso un alivio ver que el sistema seguía funcionando pese a la muerte de gran parte del Consejo de Augures, y que la situación volvía a la normalidad.

Proceas Auros, por su parte, al poco de dejar su posición como Imperator desapareció casi completamente de la escena política kalendoriana, anunciando que, tras un mandato completo dedicado en cuerpo y alma a Kalendor, necesitaba tiempo para poner sus asuntos personales en marcha, y organizar la protección de sus súbditos en Copomar. 

Esta maniobra dejó a sus partidarios un poco descolocados, pues ya empezaban a clamar por llevar a hombros a Proceas al Consejo para una reasignación del puesto de Imperator.

Pocas semanas después, se fue organizando, espontáneamente a decir de unos, un movimiento popular que exigía la vuelta de Proceas al timón de la nación. Pese a las posiciones políticamente encontradas, la situación no pasó de generar acalorados debates de taberna, y alguna que otra pelea ocasional entre borrachos.

En conjunto, la situación política se normaliza en Kalendor... aparentemente. No son pocos los que señalan que tras la mengua del Consejo de Augures, no hay suficientes para atender a todas las tareas que antes controlaban, y algunas cosas que quedan por hacer.

Además, el edicto anticorrupción ha eliminado de la administración a muchos burócratas y mandatarios de largo historial de servicio (y corrupción) al país. En resumen, Kalendor es, ahora más que nunca, una tierra de oportunidades para los audaces, de puestos por llenarse para quienes tengan la habilidad y los redaños para llegar a ellos. Los ciudadanos de todo estrato social van tomando conciencia de esto, y empiezan a moverse.

Por si todo esto fuera poco, una poderosa figura ha vuelto de las nieblas del olvido. Alguien a quien nadie había olvidado, pero la mayoría no sabía si volvería a ver de nuevo. Unos pocos deseaban que no apareciese jamás, y otros lo buscaron con todas sus fuerzas.

Ha vuelto Barag Baskhar...
La Luz de Naia (2ª parte)
Resulta... complicado explicar cómo sucedió. Dudo que nadie llegue a comprender el motivo último de la aparición de las Lámparas. Pero, al menos por mi parte, lo tengo claro.

Son un regalo.

Era el primer día de primavera; sin duda una fecha apropiada para las novedades y sorpresas. Pero en Naia la alegría que acompaña esta estación estaba eclipsada por el recuerdo aún reciente de la terrible noche en que se dejaron oír aquellas voces de ultratumba. 

Si bien apenas se hablaba de ello y todos, kalendorianos, naios, mecios, incluso los revoltosos goblins, se afanaban en sus quehaceres diarios, de cuando en cuando alguien hacía algún comentario al respecto de aquella jornada que hacía callar
durante largo rato a quienes estaban cerca, sumiéndolos en lúgubres cavilaciones.

Con la caída del sol la taberna se animó. La cerveza fría y la sopa caliente alternaban en las mesas mientras el aire se llenaba de voces ásperas y ocasionales canciones. Y en un rincón, el holgazán favorito de los mecios, Balky Baradakas, lanzaba al aire una moneda, pensando si gastarla aquel día o el siguiente. 

Se nos hizo un nudo en el estómago cuando, sin aviso de ninguna clase, se empezó a escuchar un suave zumbido. No era provocado por algo natural, y el miedo se apoderó de los presentes. ¿Sería aquello una nueva manifestación del poder del Bosque? Por si así fuera, nos armamos con cuchillos, estacas y antorchas, y salimos afuera.

El zumbido crecía en intensidad, y parecía tener varios lugares de origen. Al acercarme
a uno de ellos, tomando todas las precauciones posibles, me di cuenta de que era un chisporroteo, muy similar al sonido que hacen los rayos de los magos al salir disparados de sus palmas (bueno, al menos como yo lo imagino).

-¡Brujería!- clamó Balky, a mi lado, y corrió hasta ponerse a cubierto tras un árbol, heroico gesto que no tardamos en imitar los demás.

Expectantes, escuchábamos la creciente intensidad del ruido, y alguien fue a buscar a un sacerdote y al Barón Denon. No obstante, antes de que las autoridades llegasen, el sonido cesó. Más inquietos y asustados si cabe que antes, conteníamos la respiración y el vello se nos erizaba, presintiendo que algo iba a ocurrir. 

Así fue: hubo un destello muy leve y en el lugar de donde salía el zumbido emergió una esfera de luz que iluminó nuestros rostros asombrados. Sin duda aquello era obra de la magia, pero ¿de qué tipo de magia? Los minutos pasaron y la luz, cálida, cambiante, no se movió, sugiriendo que ya no habría más fenómenos. 

-¡Eh, eh! ¡Aquí hay otra!-escuchamos a alguien, y al girarnos vimos que unos cuantos aldeanos venían corriendo hacia donde estábamos. 

-¿Otra?-pregunté.

-Sí, hay más.-dijo Sunno Morgadan, que encabezaba aquel grupo.-La más brillante está junto al templo de la Triple Diosa.-

Corrimos hacia allí y nos quedamos mudos de asombro al contemplar otra esfera de luz, muy similar a la que acabábamos de ver, alumbrando por encima de las estancias consagradas al culto de la Madre.

-¿Qué demonios significa todo esto?-clamó el Barón, haciendo acto de presencia por fin.

-Es un milagro, Excelencia.- se apresuró a decir Aine, la suma sacerdotisa de la Triple Diosa.

-Blasfema, los milagros sólo pueden ser obra de Dios.-declaró Balky, aunque no parecía muy convencido de ello. 

-¿Has tenido algo que ver en esto?-preguntó Denon a la mujer, y ésta negó con la cabeza.

-No tengo ese poder, ninguna de nosotras lo tiene. Es la obra, la última, si no me equivoco, de unos seres que nos sobrepasan: las Hadas.-

Al escuchar tan claramente pronunciado ese nombre, enmudecimos todos, pero enseguida apareció el Arcediano Ratan, hecho una furia.

-¡Lo sabía, es cosa vuestra, brujas! -exclamó.- Pretendéis desordenar la naturaleza con vuestros encantamientos para burlaros del Creador, pero no lo consentiré, ¡ni hablar! Hermano Adrian, acaba con este sortilegio, ya.-

Se lo decía a un hombre enjuto que lo acompañaba, en el que algunos reconocimos al antiguo Prior Adrian de Lyr, y que había permanecido encerrado en la Iglesia de Naia desde que llegó hacía un mes. Se adelantó hasta colocarse frente a la suma sacerdotisa y alzó la cruz que llevaba colgando del cuello.

-No te atrevas. No sólo no tienes poder en nuestro templo, sino que además pretendes acabar con un poder cuya furia es incontenible si se le provoca. Te lo advierto.-dijo la mujer. Pero Adrian la ignoró y entonó un cántico que evidentemente tenía como objetivo acabar con la luz.

El Barón estaba asombrado de la audacia de ambos y de que lo ignoraran como autoridad civil de Naia, pero tampoco sabía a qué atenerse. Sus hombres estaban en la misma situación, y sólo podían mirar. Otros muchos curiosos se habían reunido allí, entre ellos la dulce Arielle Goralen y la bruja Adraira, que se habían abierto paso entre la multitud hasta reunirse con el Barón.

-Excelencia, ¿qué ocurre?-preguntó Arielle.

-Aún no lo sé, pero no creo que sea prudente precipitarse.- 

-La Iglesia nunca se equivoca, Denon. No es precipitación, es prudencia.-intervino Ratan, sin apartar la mirada de la luz y de Adrian, que seguía recitando versos para invocar el poder de Dios y acabar con aquel impío fenómeno. Pero de pronto paró.

-¿Qué sucede? ¿Por qué aún persiste la luz?-

-No lo sé, Reverendo Padre. Debería haber surtido efecto.-musitó Adrian, confuso.

-Quizás vuestro dios no quiera que las extingáis.-comentó Aine.

-¡Calla, perra del demonio!-gritó Adrian, y fue a abofetearla, pero antes de que diera un paso, una pequeña figura se interpuso y lo tumbó en el suelo de un puñetazo. Era Alariel Derian, la bribona de Mecia que había entrado como novicia al servicio de la Triple Diosa. Adrian se levantó y clavó una mirada de odio en la muchacha, mientras Ratan y
Aine vigilaban sus respectivos movimientos, dispuestos a intervenir.

-¡Basta, basta!-terminó por declarar Denon.-No voy a consentir este comportamiento en mi presencia. Arcediano, volved a la Iglesia con vuestro compañero. Aine, más vale que no salgáis del templo durante una buena temporada, sobre todo esa fiera, Alariel. A tu tío no le agradará saber lo que acabas de hacer. Golpear a un sacerdote... ¡dios
santo, qué tiempos me toca vivir!-

-Mi tío es un bastardo, y vosotros no sois...-

-¡Silencio, Alariel!-ordenó Aine.-Su Excelencia tiene razón. Pero que sepa que para mí y para todos los presentes, la Iglesia ha tenido su oportunidad y la ha desperdiciado.-

-Te arrepentirás de esas palabras, bruja. Y vos, Denon, os tenía como persona más cabal, pero ya veo que sois como los otros nobles.-contestó Ratan, antes de irse con el magullado Adrian. 

Denon no respondió a ninguno de los dos, sino que tras observar durante largo rato la esfera luminosa, se volvió hacia Adraira y le preguntó:

-¿Qué crees que significa todo esto?-

-Un mensaje.-musitó la anciana.

-¿Qué mensaje?-

-Adiós.-

Las luces seguían brillando, iluminando la noche de Naia, y aunque al amanecer se extinguieron, cuando se puso el sol el día siguiente volvieron a aparecer, provocando gran alboroto y escenas similares a las de la jornada anterior. 

Tuvieron que pasar muchos días, y muchas noches, hasta que nos acostumbramos a la presencia de las Lámparas. Así las llamábamos, y bajo su luz cálida empezamos a perder el miedo a la oscuridad del Bosque. 

Puede que hubiera aún monstruos acechando, pero también alguien, Dios, las Hadas o la Madre, eso nos daba igual, velaba y había hecho bajar las estrellas del cielo para disipar las sombras.
La Gratitud de un Rey
La corte del Rey Galier se había reunido en pleno en la Sala de Audiencias del castillo, acudiendo a la llamada de Su Majestad.

Lord Jazar, maestro de armas y hombre de confianza del monarca, se revolvía inquieto, de pie junto al trono, intentando mostrar un gesto estoico ante tantas miradas. El murmullo era generalizado, y el Rey de Kendoria observaba con ojos atentos a todos los presentes. Por fin, tras un susurro del Rey a Lord Jazar, éste alzó las manos y en la sala se hizo el silencio. 

Después, el Canciller Mayor Atkaláes, uno de los hombres más respetados y temidos del reino, se levantó de la decorada y robusta silla que le correspondía al pie del estrado. Su fuerte presencia, unida a su imponente físico algo entrado en carnes, causó la más absoluta expectación.

- Esta tarde habéis sido llamados aquí para comunicaros una buena nueva. Lores y Damas de Kendoria, caballeros y eclesiásticos… Todos sabéis que si hemos ganado esta guerra ha sido gracias a vuestra lealtad ante el legítimo monarca. Por ello, Su Majestad os ha honrado con las recompensas que habéis recibido: tierras, títulos y otros agasajos de acuerdo a vuestro apoyo y lealtad. Pero uno de vosotros, tal vez el más humilde de todos, pero a la vez decisivo para nuestra victoria, tan sólo ha pedido una cosa: el reconocimiento. Y ésa será su recompensa.

La concurrencia aguantaba el aliento ante el primer edicto oficial de su Majestad. El Canciller Mayor no se hizo de rogar.

- Hoy, ante todos vosotros, el Rey Galier de Kendoria se complace en reconocer al zergalismo como religión en Kendoria, y reclama a Nylod de Veroan, Sumo Sacerdote de Zergal, como Consejero Real. Asimismo se declara dicho culto como Protegido del Rey y se le conceden tierras en los ducados de Timbrac y Lloria.

Mientras Atkaláes hablaba, el monarca observaba la reacción de la corte. Algunos asentían con prudencia, muchos adoptaban gesto de sorpresa, pero la mayoría tan sólo mantenía el rostro serio, sabiendo que la decisión de Su Majestad era irrevocable. En particular, la mirada del Cardenal Nhiseres, que como el resto de los eclesiásticos presentes, ya había sido informado, podría haber hecho caer la cúpula del palacio en pedazos si en vez de mantenerla fija al frente, hubiera sido orientada hacia el cielo.

- Será responsabilidad de los señores – continuó el Canciller Mayor – que la palabra del Rey se cumpla en vuestras tierras. Así se ha dicho, y así se hará.

Atkaláes terminó su discurso y se retiró hasta su silla, junto al estrado, del trono del Rey Galier. 

Todos los presentes regresaron a sus territorios, dispuestos a cumplir el mandato de su Rey, y los mensajeros hicieron correr la noticia por toda Kendoria.

Zergal ocupaba un nuevo lugar para los kendorianos.
Malos Augurios
El jorobado había caminado durante varias semanas junto a los demás peregrinos. Allí, rodeado de heridos, lisiados, deformes y enfermos, nadie había tratado de ridiculizarle por su aspecto. Todos eran pobres criaturas marchitas y ansiosas de hallar el remedio
prometido, el agua sagrada de la catedral de Zermas. 

Gracias a la fuente milagrosa, la tierra del Conde y Obispo Aristeo se había convertido en el principal destino de peregrinación de la Iglesia de los Cuatro Puntos Cardinales de toda Kendoria. 

Desde hacía largo tiempo, el agua de aquella fuente bendecida por Dios había cicatrizado heridas que ninguna medicina hubiera podido sanar, había hecho remitir incurables enfermedades, e incluso había eliminado los estigmas de muchos bufones deformes.

Bajo un tímido sol parcialmente oculto por las nubes, por fin el jorobado pudo hundir sus brazos en el agua milagrosa, rodeado de sus compañeros de viaje. Como de costumbre, todo sonido de la plaza era engullido por el griterío lleno de dicha de las gentes que la abarrotaban. 

El jorobado siempre se había preguntado qué se sentiría al no ser un paria entre los hombres y una aberración entre las mujeres, y más aún qué sentiría al recibir la santa curación de la fuente. Impaciente, mojó insistentemente sus ropas, y al ver que aún no ocurría nada se zambulló torpemente en las aguas, permaneciendo sumergido en ellas durante varios segundos.

Cuando sus pulmones no le permitieron permanecer por más tiempo bajo el agua, emergió bruscamente en busca de aire. Ansioso por verse sano, volvió a buscarse la joroba entre los empapados ropajes, y allí la encontró, abultada y endurecida como siempre. Tratando en vano de encontrar una explicación a la negación del esperado
milagro, miró a los peregrinos que le rodeaban y que, como él, se impregnaban del manantial. 

Pero sus heridas no sanaban, las deformidades no se corregían, y las enfermedades no remitían. El griterío de dicha y felicidad poco a poco fue ahogándose en un angustioso silencio de sorpresa y miedo.

-¿Señor?- dijo el contrahecho peregrino con voz temblorosa, sin apartar la mirada del cielo ni del agua que de sus manos caía en cristalinas gotas. 

-¿Por qué?-

Las voces de desesperación no tardaron en declarar lo que en el fondo de sus corazones todos temían:

-¡Dios está ofendido con sus hijos! ¡Dios ya no nos ama!- exclamó un fraile tuerto.

-¡Avergonzaos y llorad! ¡El que es Uno en el Centro se ha cansado de nuestros pecados!-apostilló una hermana del dolor y las lágrimas que velaba por atender a los que ni siquiera podían acceder a la fuente por sus propios medios, y cayendo de rodillas, comenzó a rezar fervorosamente implorando el perdón divino. 

Enseguida todos los presentes, con los ojos llenos de lágrimas y golpeándose el pecho con los puños, la imitaron. Un clamor de profunda tristeza y desesperación sustituyó los ecos de felicidad y gratitud que habían llenado el lugar unos minutos antes. Y en las bocas de todos, el nombre de Dios no dejaba de repetirse, como si llamaran, en vano, a alguien que había dejado de escucharlos. 
La Puerta de los Orgullosos (1ª parte)
Fuera las calles estaban rebosantes de alegría; las primeras hermandades de la III Legión Imperial llegaban, y una buena parte de la población de la ciudad había salido a recibir a los que empezaban a llamar “héroes del norte”. 

Cuando la mitad de la legión había pasado bajo una de las puertas exteriores de la muralla, casi todo el regocijo se fue transformando en asombro, susurros y curiosidad. La gente se agolpaba en torno a un grupo de legionarios que, orgullosos, traían a un prisionero; muchos lo señalaban, algunos sonreían y no tardó en aparecer el primer pedazo de madera arrojado contra él. 

Pronto los murmullos se tornaron en gritos y abucheos, la plebe se empujaba para estar más cerca del reo. Los legionarios tuvieron que contener al gentío para que no se le echasen encima, hasta que finalmente un grupo de soldados formó en torno al preso para hacerlo desaparecer de la vista de los ciudadanos.

Varias hermandades continuaron su marcha hacia el interior, por las anchas calles, acercándose al imponente palacio de su Señora, mientras que el resto se desviaban a distintas fortificaciones y casas de la Legión situadas por toda la ciudad. La escolta se acercaba a la inmensa plaza donde se proyectaban las agujas del Palacio Imperial. Su legendaria magnificencia era sólo ensombrecida por la Tarocca, cuya punta se divisaba desde muchas lejanas montañas.

La hermandad que avanzaba en vanguardia formó en cuña, desalojando un gran pasillo a cuyos lados formaron las demás. El prisionero fue conducido a través del ordenado bosque de lanzas.

Los gritos de odio fueron aumentando conforme acercaban al reo al pie de las escaleras que conducían al Palacio Imperial. Se había instalado un pequeño palio cubierto adornado con los estandartes púrpura del Imperio bajo el que esperaban algunos notables, cómodamente sentados los de más alto rango y de pie el resto. 

A un lado de la columna cabalgaba un caballero un caballero. Descendió de la montura junto al primer peldaño, haciendo patente su gran estatura. Por fin, un anciano magistrado que permanecía bajo la arcada del palacio, se aproximó a la escalinata y los observó desde lo alto.

- ¡Zerika Impera! –dijo el caballero, alzando su voz sobre los sonidos de la plaza.– Prometimos acabar con la insurrección en el Norte del Imperio y así se ha hecho.-

- Bien, Sir Grimaldo de Sisiger. Su Alteza Imperial está orgullosa de la labor que sus Legiones han realizado en las frías tierras thalesianas. Y su deseo es ver de rodillas ante el poder del Imperio al rebelde que nos traéis.- Respondió el magistrado, disfrutando con cada palabra que salía de su boca.

Sir Grimaldo asintió y miró a los legionarios que lo acompañaban, quienes tardaron apenas un segundo en obligar al prisionero, a golpes, a arrodillarse. El Magistrado sonrió y bajó lentamente las escaleras hasta quedarse apenas a un par de metros de aquel hombre.

A sus pies se encontraba el otrora poderoso y orgulloso rey de Thalesia, el Elegido de los Ancestros, el descendiente del linaje de Um. Un hombre que había liderado las hordas Heingers, que había dirigido en la batalla a miles de fieros thalesianos. Pero ahora, nadie hubiera podido adivinar su ascendencia. Era sólo un prisionero, cubierto por apenas unos harapos; los largos cabellos sucios y enmarañados, con la mente y el cuerpo devastados por la derrota.

El anciano levantó la voz para que llegara a todo el pueblo, que miraba con asombro la escena:

- ¿Dónde está ahora vuestra osadía? – exclamó con altivez.- Habéis visto el poder del Imperio. Que vuestra muerte sirva de advertencia para los que os seguían. Que una caída como la vuestra sea lo único que pueda esperar cualquier insurgente. Morid lejos de vuestro hogar, de vuestro pueblo. Morid solo y sin esperanza. Morid ahora, Úngerick el Traidor.- Tras esto, el magistrado se dio la vuelta y comenzó a subir, lentamente, las escaleras hacia el Palacio.

Sir Grimaldo no dudó un instante en sacar su arma y mirar a Úngerick. 

-Pedid clemencia a Su Alteza Imperial y moriréis aquí, de forma rápida y sin más humillación.- El que fue el Rey de Thalesia no se movió ni un ápice. El caballero esperó unos instantes hasta que enfundó su espada.– Llevadle a las puertas y colgadle de la muralla. Que el mundo vea cómo el Imperio recompensa a los traidores.-

Los últimos rayos del sol tocaban las poderosas almenas de las torres de la Puerta del Ocaso, a la que solían llamar “La Puerta de los Orgullosos”. Dos niños jugaban a pasar bajo los rastrillos ante la mirada de una decena de guardias firmes cuando, uno de los dos se quedó paralizado mirando un hombre que pendía de una soga atada a su cuello. No le pareció raro, ya que habitualmente colgaba más de uno en el muro que unía las dos torres exteriores. Pero éste tenía algo especial. Aquel hombre de largos cabellos, aún muerto y con la carne amoratada, parecía haber tenido una gran fuerza. El niño no pudo menos que imaginar sobre aquella cabeza una corona; tal vez de hierro, o tal vez de hielo.
La Puerta de los Orgullosos (2ª parte)
El ujier se encontraba de pie, impecablemente vestido y erguido en la postura reglamentaria. A su lado colgaban, brillantes y bien cuidados, los pendones púrpura con el Fénix sobre el Orbe Imperial. Había varias salas abovedadas como aquella en el palacio y no era extraño que recibiesen la visita de personalidades de lo más pintoresco. 

En esta ocasión, por lo que pudo deducir, se trataba de señores de los Reinos del Norte. En la sala se encontraban ellos y parte de su séquito, así como dos ujieres más, cuatro guardias de palacio, tres sirvientes, un escriba, dos asistentes del Magistrado y el propio Magistrado Imperial. 

Un hombre de cabello rubio oscuro y corto, igual que su estrecha barba, vestido con armadura de gala, escuchaba con gesto de aparente desagrado las palabras del Magistrado:

- Su Alteza Imperial recibirá a los Duques de Copomar como estaba previsto. Se les reconocerán sus títulos en Copomar y Kalendor y a su hijo Helios Lyeras como heredero.

El Magistrado hizo una pausa e imbuyó su voz de ceremoniosidad.- Mas… ningún pueblo ha de tener dos gobernantes tan legítimos uno como otro, dos reyes, y vivir en una guerra que rompe la tierra, la tierra de Su Alteza Imperial. Y aunque son tristes y enigmáticas las noticias que sus excelencias traen sobre el Rey Aldrion, reconocido y fiel vasallo del Orbe Imperial, la Emperatriz instará a las partes a terminar la guerra bajo el auspicio de una delegación que será enviada con la entrada de la primavera, para celebrar en el lugar llamado Naia las negociaciones de paz, en los últimos días de la cuarta luna del año.-

Hizo una nueva pausa para tomar aire y, girándose hacia el que debía ser el Duque Proceas Auros, añadió: “Esperamos que el nuevo Triunvirato de Kalendor sea convenientemente informado e invitado, pues su presencia es... imperativa”.

Se notaba que aquel hombre adoraba su trabajo. Los Reinos del Norte llevaban ya varios años dando mucho que hablar. Se inició una campaña militar para pacificar Thalesia, el más lejano de ellos. La guerra había concluido con la caída de Krestanilah y de Úngerik. La ciudad de hielo resistió al asedio imperial casi un año en manos de los Heingers, una de las Grandes Casas de bárbaros que apoyaron la insurgencia, antes de sucumbir. Ahora, los Heingers habían perdido para siempre su amada ciudad. El Ejército tomó la región circundante para hacer de ella una nueva Marca Imperial, dejando un destacamento permanente y expulsando de allí a los que quedaron.

Definitivamente, el Magistrado adoraba su trabajo. Y más desde que trajeron al destronado rey Úngerik cargado de cadenas y lo condenaron a muerte. El ujier estaba seguro de que el Magistrado paseaba junto a la Puerta de los Orgullosos sólo para ver los restos.

No en vano, los magos de la Orden Imperial llevaban meses revoloteando a su alrededor desde que se le había asignado a esa cuestión.

Cuando la comitiva pasó junto a él, el ujier pudo escuchar la voz queda de la joven duquesa, que repetía para sí las palabras del Magistrado: “...el Rey Aldrion, reconocido y fiel vasallo...”

EFEYL 2009

Las montañas de Arkásh

El viento invernal golpeaba con fuerza las ventanas del estudio del venerable Obispo de Belmosia. Éste, reclinado sobre su mesa, repasaba los pergaminos que con temblorosa mano había ido redactando a lo largo de los últimos años. Durante mucho tiempo el horror había pasado factura en la antaño fuerte voluntad del Obispo, impidiéndole recordar todo aquello que había acaecido en el penoso viaje a través de las devastadas tierras de Kendoria y el, más si cabe, terrorífico paso a través de las montañas de Arkásh, cruzando la frontera.

Los nudosos dedos pasaban lentamente sobre la lista de aquellos que fueron quedando en el camino, y el cansado Obispo se estremecía recordándolos; venidos de muchos pueblos... desplazados por la guerra... La Marca de Belmosia, en el extremo suroeste del reino, se convirtió en un forzoso punto de peregrinaje para todos aquellos que huían del horror de la contienda.

Los rumores procedentes de la antaño próspera ciudad de Mecia y las últimas noticias de su abandono, acrecentaban la angustia de la temerosa población. Los frentes avanzaban inexorablemente y ya no quedaban lugares donde huir en toda Kendoria. El paso por la frontera, tan cercana, se tornaba cada vez más una obligación que una posibilidad. Sólo las yermas tierras de Atildra podrían librar a los desplazados de un terrible final. Los capaces serían reclutados para los ejércitos enfrentados, o bien caerían bajo las espadas de los desertores, o quizás serían bandidos como los que la guerra hacía brotar por todos los rincones del reino.

El Obispo de Belmosia se frotó lentamente los ojos para tratar de borrar de su cabeza aquellos rostros de ojos hundidos, enfermos y en muchas ocasiones vacíos de vida alguna. Nunca se arrepintió de acompañar al pueblo que le necesitaba, pero no hay día que no se pregunte si mereció la pena abandonar sus hogares y sus lealtades. Pero aquellas montañas, recortadas contra el cielo, aquellas que los separan de sus viejos hogares, aún hacen rechinar los dientes a los supervivientes del viaje. Cada uno de ellos sabe que son muchos los huesos que blanquean sus ocultos pasos y traicioneros claros de sus densos bosques.

La entrada del leal caballero al servicio del Marqués Garon sacó de sus pensamientos al cansado Obispo.

-Su Ilustrísima, el señor Marqués os espera.

Irguiéndose ligeramente, miró a los ojos del valeroso guerrero en los que no observó sentimiento alguno.

-Si... Decidle al Marqués que estaré con él enseguida.

Inmediatamente, el caballero se marchó dejando tras de sí el frío que bajaba de las montañas. Y el Obispo se dispuso a terminar por fin las crónicas del exilio que marcó por siempre las vidas de sus feligreses.

"... Y fue entonces, tras el encuentro con los cazadores de la frontera, que llegó a nosotros la noticia. Los puestos fronterizos al Este se encontraban abandonados por sus guarniciones, que habían sido desplazadas hacia el interior, sin duda a morir por su Rey, quien quiera que fuera. Morirían por sus lealtades como otros tantos.

Mas aquello, que nos pareció un signo de buena fortuna tras tantos días de magro destino, no sería sino el comienzo del terror. Un cazador nos prestó sus servicios, tras vencer sus notables reticencias a mostrar un paso por donde abandonar Kendoria. Muchos eran sus argumentos y excusas, pues por todos era conocido que aquellas montañas eran pocos los insensatos que se atrevían a atravesarlas. ¡Ah! cuánto mal hicimos al ignorar el saber popular y las viejas leyendas que de aquellos oscuros parajes habían surgido. Arkásh... un nombre que se pronunciaba cuando aún Kendoria no había conquistado esas tierras a sus ya extintos moradores, un nombre que provoca un escalofrío.

Tras tres jornadas de difícil avance por bosques vírgenes, comenzaron las desapariciones. Primero fue el viejo Maredin, que tenía por costumbre poner trampas por los alrededores del campamento para, antes de partir, recoger posibles presas en la mañana..."

El Obispo detuvo su lectura recordando al viejo Maredin y su familia que se perdió por completo en aquellas montañas en su busca. Ni tan siquiera el joven Nider, el más pequeño de la familia, les sobrevivió. De él sólo se encontraron jirones de su ropa esparcida y ensangrentada.

Prosiguió entonces la lectura de la crónica, saltando algunos párrafos que relataban el horrible descubrimientos de partes de cuerpos y de inequívocas señales que tan solo una terrible muerte podría dejar.

"...Los hombre iracundos y aterrados pensaban que Kendoria no permitiría que el pueblo se marchara sin pagar un terrible tributo. Se hablaba de mercenarios contratados para acabar con todos aquellos que se atrevieran a abandonar el dominio de su Majestad y traicionar su lealtad. Algunos, aquellos cuyo origen los había situado en terrenos más agrestres de Kendoria, afirmaban que algunas heridas parecían causadas por un oso de gran tamaño, el más grande que hubieran visto nunca. Pero ninguna huella fue hallada, ningún rastro más que despojos, la sangre y los inhumanos ojos petrificados que se encontraron en los rostros de aquellos que tuvieron la suerte de no perder la cabeza... Esos ojos vacíos, en cuyo fondo podía intuirse el horror más primigenio. Sólo el miedo podía dejar tal sello. Las gentes decidieron dividirse en dos grupos esperando así despistar al desconocido enemigo, humano o no..."

Las lágrimas acudieron a los ojos del Obispo. Lagrimas rápidamente atrapadas por las profundas arrugas que surcaban su rostro. Pero retomó con decisión su lectura para acabar con aquel pesado trabajo con que él mismo había decidido cargar, como una losa de frío granito.

"... Al amanecer ambos grupos se separaron deseándose las mejores de las suertes, mi bendición y la del Señor de los Cuatro Puntos Cardinales y armas dispuestas para cualquier encuentro. Desde nuestra llegada a Atildra nada más se ha sabido de aquellos que marcharon siguiendo otra senda hacia el sur. Ruego a Dios que los proteja con su luz..."

Sin pensarlo, como la costumbre adquirida por los años de la repetición hasta la saciedad, el buen Obispo miró hacia el techo como esperando alguna señal.

"... y así fue como esa mañana, tres jornadas tras dejar la encrucijada y a los otros, pude ver el horror que nos seguía. No digo bien al decir ver, ya que mis ojos tan sólo captaron sus efectos, sus terribles efectos. Aquella presencia invisible que descuartizó a Edelgas, el más fornido de los hombres que iba abriendo camino. Pude ver cómo su rostro se congeló en un momento que me pareció una eternidad. Pude ver en su rostro aquellos ojos, los de aquel que sabe que la muerte o algo peor le está mirando. En sólo un momento, su cuerpo se elevó, se levantó por los aires, como empujado por un viento imperceptible. Edelgas sólo podía gritar horrorizado, pues parecía aprisionado. Algunos hombres y yo mirábamos congelados tal portento, estremecidos ante aquel horror si forma.

Sólo tuve fuerzas para tapar mis oídos ante el rugido agudo e inhumano que brotó de la garganta de aquel pobre desgraciado. Un terrible crujido terminó al instante con su voz y con su vida. Como una rama seca se rompió su espalda. Su rostro amoratado y camisa se tiñeron de rastros de sangre, y trozos de hueso asomaban por todas partes astillados como cañas. Fue entonces cuando todos, como uno solo, huímos a sabiendas de que nada había que hacer, excepto sobrevivir a aquel horror..."

Nuevamente la puerta se abrió tras el Obispo, quien apenas sí podía continuar derrumbado sobre su asiento.

-Dejadlo para otro momento amigo mío. Aún debéis descansar.- Decía el Marqués, esperando dar así consuelo al Obispo.

-Ha pasado ya tiempo y todos nos hemos recuperado de las heridas. Ya hemos retomado nuestras fuerzas.- Respondió con voz grave y pausada, sin tan siquiera girarse para ver cómo el Marqués negaba lentamente. Con premura recogió los pergaminos esperando quizás otro día acabar la crónica que debía servir de recordatorio y de advertencia a todos aquello que estuvieran por llegar.

-No todas las heridas abiertas fueron hechas en nuestros cuerpos, buen Obispo. Vayamos a cenar y matemos este frío con ese licor de Atildra. No es un buen vino de Primion pero reconforta el alma.- Sentenció el Marqués.

 
El caballero y su Señor

-Una a la izquierda, luego dos a la derecha y... habrá que poner ballesteros en todas las azoteas. O un mago con buena puntería.-

El caballero dragón iba apuntando mentalmente todos los datos necesarios para realizar la misión que le habían encomendado: asegurar que el recorrido de la expedición hacia Atildra no hallaría inconvenientes a su salida de la capital del reino. Su imponente caballo se detenía antes de doblar cada recodo a una pequeña señal de las espuelas, y el caballero aprovechaba ese instante para repasar todo el recorrido hasta ese punto. Podría parecer una tarea banal, casi servil, pero al caballero le recordaba bastante a sus tiempos, no demasiado lejanos, de escudero, y a como solían hacerse las incursiones en tierras enemigas: planificándolas con absoluta minuciosidad táctica.

Apenas faltaban dos calles para llegar a la puerta de la muralla y por ende al final del recorrido, cuando se encontró con un obstáculo. En medio de la calle un carro había perdido una rueda y su contenido, varias tinajas de aceite, se había desparramado. El empedrado estaba impracticable y unos peones se afanaban en echar paja sobre el estropicio para permitir que pudieran quitar el carro averiado de en medio cuanto antes. Varios carros y carretas, además de curiosos y algún ladrón, rondaban por la escena, carcajeándose con el mismo sonido de las olas al estrellarse en la costa cada vez que alguno de los peones resbalaba sobre el aceite y caía al empedrado. Hacía mucho que no se oían risas en aquellas casas, por culpa de la guerra, y el sonido era realmente reconfortante.

El caballero hizo que su montura se acercara lentamente a la escena y se situó al lado de un mulero que vociferaba con voz ronca, animando a los peones que trataban de levantar el carro.

-¡Eso es, chicos! ¡Hincad bien los pies, haced fuerza, empujad... y no os cagueis!-

Todos alrededor se partían de risa al escuchar sus chanzas, y enseguida esperaban la respuesta de uno de los peones, el más alto y fornido de todos, un joven de buen aspecto con jubón y mallas rojas.

-No es mala la conseja, pero piensa que, con todo este estropicio, a tu compadre mulero quizás le vendría bien llenar el carro otra vez... aunque fuera con abono.-

La gente reía y parecía animada, y al caballero dragón le costó decidirse a intervenir para poner orden.

-¡Paso a la Real Orden del Dragón! Despejen la calzada o al menos echen una mano a esos peones.-

La multitud se dispersó, algo fastidiada por la presencia de la Ley, y allí quedaron sólo los muleros, los peones y el caballero. Éste desmontó y dictó algunas órdenes a los peones, que le hicieron caso, pero no consiguieron moverel carro lo suficiente.

-Voy a atar el carro a mi caballo para tirar del carro. Vosotros mientras empujad.-

-¿Más?-dijo el joven de las chanzas-¡Casi preferiría estar en una batalla!-

El comentario ensombreció el semblante del caballero, pero sólo dijo:

-No hables de lo que no conoces, muchacho.-y acto seguido ató con una soga las cinchas de su corcel al maltrecho carro.-Ya está, ¡empujad con todas vuestras fuerzas!-

Los mozos no se hicieron de rogar y entre todos pudieron levantar el carro, pero empezó a ceder.

-¡Rápido, rápido, sostenedlo aquí!-gritó el joven, y con él los otros peones se esforzaban en hacer avanzar el armatoste. Y ya creían que se les echaba otra vez encima, esta vez ocn peligro de que alguno quedara atrapado debajo, cuando notaron que el carro se hacía más ligero por un momento. El joven miró a su izquierda y sonrió, sorprendido al ver que el caballero había desmontado y también empujaba con ellos mientras su caballo seguía tirando por el otro lado.

-¡Venga, chicos, la Real Orden del Dragón está con nosotros!-

Y con un soberano esfuerzo final, lograron sacar el carro de la calzada.

-Puff... creí que nos partiría por la mitad. Muchas gracias, sire.-

-No hay de qué. Es mi deber despejar estas calles para el desfile de la expedición a Atildra.-

-Ah, cierto, cierto. ¿Vos también partiréis en ella?-

-No. No he sido requerido para ese empeño.-

-Vaya, pues vuestra fuerza vendría muy bien, sire. Si trepais esos peñascos igual que levantais carros, ya podríamos dar Atildra por conquistada.-

-Su Excelencia el Condestable Liam no va a conquistar Atildra. No creo que quiera otra guerra para KEndoria.-

-Quizás no. Pero al pueblo le hace falta saber que sigue siendo un gran pueblo. Y hay que castigar a algunos criminales.-

-Vuelves a hablar de cosas que no conoces, muchacho. Es una mala costumbre.-

-Aún soy joven, sire. Pero aprenderé. En cuanto a nuestro Condestable... ¿qué opinión os merece?-

-No lo sé, no lo conozco, ni siquiera de vista. Pero la fama lo precede. Y parece que nuestro pueblo lo quiere. Eso es bueno: Su Majestad necesita nuevos héroes.-

-Sí, Galier necesita buenos hombres.-respondió el muchacho, y al ver el ceño fruncido de su interlocutor, probablemente por la familiaridad conque hablaba del rey, se apresuró a añadir:-Por eso me extraña que no cuente con vos. Es un insensato. Su Excelencia Liam, quiero decir...-

-Cuidado, hijo. Tienes la lengua muy larga.-repuso el caballero, echando la mano pausadamente a la empuñadura de su espada. Había algo en aquel mozo que lo inquietaba. No parecía asustado. Pero sin duda, se estaba pasando de la raya y sería mejor detenerlo ahora antes que tener que arrestarlo por lesa majestad.

-Venga, sire. Entre nosotros. ¿No os parece un poco... irresponsable, un tipo que, según los rumores, ha faltado a la ceremonia de nombramiento como Condestable esta misma mañana, irritando innecesariamente a nuestro buen canciller, Atkaláes?-

-¿Quién eres tú para juzgar los asuntos de Su Excelencia, patán?-exclamó el caballero, harto, e iba a sacar la espada, cuando se le ocurrió una posibilidad, descabellada, pero algo de lo que había dicho le rondaba la cabeza, esperando
tomar cuerpo.

-Pareces conocer muy bien al Condestable... ello me obliga a insistir, ¿cómo te llamas?-

-Oh, conozco muy bien a Su Excelencia. Es... como mirarse a un espejo.-

Todo sucedió tan rápido que al caballero apenas le dio tiempo a reaccionar. Lo primero, llegó un paje corriendo trayendo de una lavandería cercana una rica capa en la que aún se apreciaban manchas de aceite. Inmediatamente, a su espalda, el trote de unos caballos repicó sobre el empedrado, y entró en la calleja una impresionante Dama Dragón seguida de dos escuderos y otro caballo sin jinete, que se pararon junto al joven.

-Gracias, Percey. ¡Hola, hola! Tranquilos, no pasa nada. Sólo estaba hablando con este buen caballero, sir...-

-Vargas, Ex... Excelencia. Sir Vargas Cord, de la Real Orden del Dragón.-

-Sir Vargas Cord. ¿Qué te parece? Justo cuando necesitaba a alguien para sentirme tranquilo por ti, aparece este bravo caballero.-

La Dama Dragón no respondió nada, aunque parecía algo avergonzada. El muchacho subió al caballo vacío ayudado por su paje y concluyó:

-Creo que podéis consideraros requerido para esta misión, sire. Insisto en que el Condestable sería un botarate si no contara con vuestra espada. Ahora, si me disculpáis.-

Hincó las espuelas y seguido de la Dama y los Escuderos Dragón, se alejó al trote. Sir Vargas se quedó boquiabierto, sin poder dar crédito a lo que acaba de ocurrir, hasta que se echó a reír, cuando entendió que efectivamente, el único que podría saber que el Condestable no había aparecido esa mañana, siendo que ahora era mediodía y el palacio de la Cancillería estaba en el otro extremo de la ciudad, no podía ser otro que el propio Condestable.

-Conque éste es nuestro nuevo Condestable...-murmuró, y meneó la cabeza. La sonrisa se le había borrado y volvía a crecer la preocupación en su rostro, alentada por el recuerdo de las pasadas batallas y el dolor de Kendoria.

Podría ser un caballero de la Real Orden del Dragón, pero antes que eso era kendoriano, y pocos de los que así se llamaban a si mismos con orgullo podrían haber evitado el sentir cierta congoja al mirar al horizonte, hacia el Ocaso, hacia Atildra, y hacia los planes de Galier.

 
 
FIN
Arriba

EFEYL ¡Sueña!