| Rumores de EFEYL |
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| La Maldición de las Cenizas |
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El Regalo |
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- Como lo oís, mis queridos camaradas, tan cierto como que es cerveza lo que estamos bebiendo - siseaba el encapuchado a dos fornidos caballeros acorazados. |
| Los Señores Oscuros |
| La oscuridad de aquella cripta bailaba al huir de las temblorosas llamas de las antorchas circundantes. Seis figuras cubiertas por raídas túnicas del color de la noche se reunían en torno a una gran mesa, cuyos cautivadores y siniestros dibujos no se podían percibir con claridad. El ceremonioso silencio fue roto por una noticia que casi todos habrían deseado no escuchar. - El Dragón ha jurado a los pies del Fénix. No hubo murmullos, aunque los corazones que aún latían se arrugaron de temor. Por fin uno de ellos se atrevió a responder. - En ese caso todo está perdido. Tierra Negra ya nos ha sido totalmente arrebatada. El Dragón ha vencido. Tan solo es cuestión de tiempo. - Pero aún dominamos el inmenso Bosque de la Vida, y con él más de la mitad de la extensión de Tierra Negra. Es tan nuestra como suya. – respondió el tercer encapuchado. - No obstante no podemos salir de él, al igual que las huestes del Dragón no pueden entrar. Hace meses se estableció un equilibrio, una frontera, delimitada por la linde del bosque. Pero la jugada del Dragón romperá ese equilibrio. –replicó el segundo encapuchado. – Nuestras líneas no resistirán el fuego del Fénix. Menos aún dentro del bosque, donde tenemos más enemigos que aliados. Los orcos han hecho de él su hogar, y los thalesianos nunca lo abandonaron completamente. La guerra llega a su fin, hermanos. El resignado asentimiento de los presentes vino en forma de silencio. Tras varios eternos segundos, uno de los Señores Oscuros se incorporó de su sillón de ébano plantando sonoramente sus manos sobre la mesa. - ¡Entonces, la única salida es negociar! Nadie respondió. - ¡Nuestro poder era capaz de mantener a raya a las huestes del Dragón, pero la furia del Fénix nos devorará entre sus llamas de color púrpura! –prosiguió el nigromante. –Aprovechemos nuestra posición para negociar mientras estemos a tiempo. Gracias a "él" hemos obtenido tierras, gloria y poder, y yo me niego a perderlo todo. - Quizás si se le pidiésemos de nuevo ayuda… – planteó otro de los Señores Oscuros. - Sería difícil, dada su posición. Todas las miradas se volverían hacia "él". Además, probablemente el Dragón ya trate de ir por su cabeza. - Estoy de acuerdo, hay que negociar. –intervino el portador de la noticia. - Mandemos pues las correspondientes misivas. Si la negociación se realiza al amparo del Imperio, jugando al mismo juego que el Dragón, podremos salir de esta. - Entonces, decidámoslo de manera firme. Tres de nosotros ya estamos de acuerdo. Hablad todos. Tras un breve silencio, los demás nigromantes expresaron su opinión. - No estoy del todo de acuerdo con vuestra visión fatalista de nuestra situación, aunque admito que parece ser la única salida a largo plazo. Voto pues a favor, aunque me duela en el orgullo. El siguiente de ellos habló también. - Yo opino que nuestras fuerzas no están por debajo de las del Dragón, sino todo lo contrario. Aunque el Fénix… - ¿Qué decides pues? - …voto a favor. - Bien, de acuerdo, eso hacen cinco a favor. –el nigromante encapuchado esperó la palabra del último de ellos, mientras todos dirigían su mirada hacia Kalak, quien ni siquiera había torcido el gesto durante la reunión y cuyos labios permanecían sellados. - Kalak, no guardes más silencio. Acepta ya y no perdamos más el tiempo. Los huesudos dedos del nigromante empezaron a tabalear de manera siniestra sobre el brazo del sillón de ébano. Acto seguido, y con gesto parsimonioso, sacó de entre sus ropas dos negros guantes de piel. Con suavidad y elegancia deslizó sus manos dentro de los guantes, primero el izquierdo, seguido del derecho. Tras la pausa, habló con voz de ultratumba. - Necios… Los cinco clavaron su mirada en los afilados rasgos del brujo. - Necios y cobardes… ¿Por qué lucháis contra el tiempo? Él es vuestro mayor aliado. El tiempo hace que los heridos se desangren, contraigan infecciones y mueran. El tiempo marchita a los vivos hasta que su aliento se extingue. El tiempo hace que hasta el más terrible de los incendios se sofoque. El tiempo traerá al ejército del Dragón y su nuevo señor el Fénix a nuestras impenetrables puertas. Allí lucharán, y aunque los nuestros caigan, de nuevo se alzarán. Con cada muerte del enemigo nuestra fuerza se hará mayor. Mirad por una vez a vuestro alrededor. Incluso dentro del bosque, donde los thalesianos y los orcos sobreviven, hay luchas. Agradezcamos al Dragón el haber exterminado a la Reina Bruja, pues de esta manera las rivalidades de los orcos nos entregan más cadáveres para la guerra. El tiempo es nuestro aliado, eterno e infinito. No habrá negociación. - Olvidas que algunos de nosotros aún estamos vivos, Kalak, no como tú. La perspectiva de la eternidad te aleja de la realidad y nubla tu juicio. Sin el apoyo del Fénix ni el de "él", no aguantaremos todo el tiempo que tú alabas. Caeremos sin remedio. Kalak se levantó muy lentamente de su trono, incorporándose con la dificultad de un cuerpo roto y muerto. - El tiempo que alabo me dará la razón, hermanos. "Él" nos entregó un Dragón enjaulado. Vuestro juicio, cegado por el caramelo prohibido que saboreabais en vuestra falsa gloria de carceleros, permitió que escapase y emprendiese el vuelo junto al Fénix. Teméis las llamas de su ira vengadora. Sobre vosotros descargará su furia, y después irá tras nuestro benefactor. –El nigromante encaminó sus pasos hacia la salida de la cripta, mientras el creciente eco de las estancias no hacía sino incrementar la contundencia de sus palabras. - Pero cuanto mayor es el fuego, antes lo devora y consume todo, precipitándose su extinción. La figura de Kalak se perdió por fin en la oscuridad de los pasillos, escuchándose aún en el aire sus palabras, dagas que se clavaban en el corazón de sus cinco hermanos oscuros. - Y después del fuego... tan solo quedarán las cenizas. Y es sobre ellas sobre las que tenéis verdadero poder. Pero estáis demasiado ciegos como para verlo. Aún así… os obligaré a entenderlo por vuestro bien… No contéis conmigo para vuestras necedades… No hay negociación posible. El eco se disipó al fin en la oscuridad, devolviendo la fría calma a la estancia de los Señores Oscuros. - Se ha… marchado… -murmuró uno de ellos. Los cinco nigromantes se miraron entre ellos. - Tenemos que negociar. |
| En la Ardiente Oscuridad |
| El calor de los que acababan de morir se perdió en la oscuridad de la noche. El pequeño pueblo de Etherye que otrora prometía convertirse en una bulliciosa y gran ciudad parecía ahora poco más que un cementerio en ruinas. Cientos de cuerpos inertes yacían en el suelo, cuerpos de bandidos, delincuentes y condenados. Cuerpos de personas que habían huido del lugar donde habían nacido buscando una vida mejor. Cuerpos de aquellos que buscaban en Tierra Negra un lugar donde partir de cero. Y entre ellos, decenas de cuerpos de los bárbaros norteños, thalesianos que habían luchado durante años y habían dado su vida por recuperar una tierra antaño suya, una tierra que les había sido arrebatada. Etherye había quedado reducida a un recuerdo, y la verdad acerca de su final sería arrastrada por los vientos. Tan sólo tres personas habían sobrevivido a la masacre. Sus cuerpos estaban cubiertos de sangre, tanto de sus víctimas como de aquellos amigos que les habían seguido a la lucha. Una de ellas, una mujer cuyo rostro estaba cruzado por una terrible cicatriz, levantó la mirada hacia el valle, mientras el fuerte viento agitaba las pesadas pieles que vestía. Con un intenso gesto de fiereza y determinación, susurró unas palabras a sus compañeros de viaje: “Esta es la primera de las muchas ciudades que caerán. Quienes hoy lucharon aquí habrán dado su vida por expulsar a la propia Muerte de estos valles, y se les recordará siempre como héroes. El fin del invasor ha comenzado, y su oscura Tierra Negra desaparecerá tal y como vino. Cuando nuestros vecinos pronuncien nuestro nombre, lo harán con temor en sus voces. Los dioses están con nosotros, y nuestro pueblo recuperará su honor con la sangre de los corruptores. Lo juro por Morrigan. Lo juro por Cern.” “Tus dioses”, respondió uno de sus acompañantes con gesto gélido. El silencio de la masacre de Etherye sólo era perturbado por el viento ensordecedor que silbaba entre sus ruinas. Cuando los tres caminantes comenzaron a alejarse de la ciudad, el sol comenzó a asomar por detrás de las montañas. Al contemplar la vigorosa luz del amanecer, la mujer que había hablado a sus compañeros detuvo el paso, agotada pero firme. “Ahora debemos viajar hacia el sur, a la antigua ciudad de Yggenila. Reuniremos a nuestros hermanos. Que los siervos de la Muerte estén alerta, pues al igual que hoy, el viento de los bosques de Thalesia arrastrará las cenizas más allá del mar.” A una milla al oeste de Etherye, un grupo de jinetes bien armados y pertrechados contemplaban atónitos el desolado paisaje de destrucción bañado por la luz del alba. El fuerte viento agitaba también el estandarte que portaban, un poderoso martillo de plata de pie sobre un gastado cráneo quebrado sobre fondo negro como la noche. El maestre de los Martillos de Herejes contuvo a su caballo cuando éste se alteró por el siniestro aroma de lo que ya no vive. Los rostros de todos los presentes, agotados por varios largos días de marcha, aguardaban a la expectativa de nuevas órdenes del líder de la expedición de guerra. “Compañeros... ignoro lo que ha acabado con Etherye, pero por Dios el Guerrero que lo averiguaremos. Sir Damodar, Sir Sivarian, Sir Kromus y Sir Fargus, desplegad a vuestros hombres por las ruinas de Etherye. Buscad supervivientes y cualquier información que nos desvele lo que ha ocurrido aquí. Quiero saber… necesito saber… quién se nos ha adelantado.” |
| FIN |
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